Elegía por la muerte de mi primo el Rey

Elegía por la muerte de mi primo el Rey, Ángel Gustavo Rivas

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A la memoria de mi primo Juan Manuel Núñez Vega, el Rey (1986-2025)

La muerte,
cuando yo niño,
jugaba entre nosotros.

No teníamos 
ningún cuidado de ella. 
Sabíamos que existía 
pero nos quedaba lejos 
del entendimiento 
lo cerca que estaba siempre, 
lo lista que estaba siempre,
y aún lo activa que estaba siempre 
no estaba claro en la experiencia nuestra. 

No se nos había muerto nadie 
realmente cercano,
ni a mis primos ni a mí.
La muerte de mi abuelo
vino años después,
cuando todos éramos ya casi adultos.

La vida sabe a vida
y a vida se siente
cuando no hay otra cosa
sino vida a la vista
y vida al alcance
de la propia sensibilidad.

Jugábamos, imaginábamos,
soñábamos.
Pensábamos también,
desde luego,
notábamos cosas
y reflexionábamos.
Pero nunca nos llevó la reflexión
a pensamientos del tipo
un día morirá mi madre
un día morirá mi padre
podrían morir mis primos
o mis hermanos en cualquier momento.
Podría morir yo.

Asumíamos la muerte
como el final de la vida
después de que la vida se vivía.
No tomábamos conciencia
de que también pueden morir
los niños.

Siempre que dirigíamos al futuro la imaginación 
mirábamos en el futuro
a todas las personas
de nuestro presente,
aquel presente.

No mirábamos el futuro
sin abuelos o sin padres
o sin alguno de los primos
o hermanos.

Todavía hace poco
-porque es costumbre cotidiana
del humano descuidarse-
actuaba otra vez
como si no pudiera en cualquier momento
faltar una persona
de repente y para siempre ya.

Pero un mensaje repentino de mi hermana
me avisó hace poco: 
ha muerto el Rey,
nuestro primo el Rey.

Y recibí de esa manera 
la noticia triste:
ya me falta otra persona para siempre.

Actuaba con respecto a él
como si fuera eterno.
Ya platicaré con él, decía.
Seguramente lo veré después, pensaba.

Y ahora sé perfectamente
que no habré de volver a verlo
nunca más sobre la tierra.

Ya su cuerpo es orgánica materia inanimada,
ya su rostro no tendrá más gestos,
ya sus ojos no tienen miradas.

Y yo que tengo abrazos en mis brazos para todos,
no podré ya darle los abrazos suyos.

El rostro del niño de los nueve años
me viene a la memoria,
el de los once y los doce también.
Su rostro era entonces tan lleno de sonrisas.

Hay un recuerdo perdurable
donde nos bañábamos en un canal.
Hay un recuerdo más abstracto
                            más borroso
                            general
de tantas veces que anduvimos caminando el monte.

El Rey era nuestro primo del rancho
por el lado de mi madre,
el Rey era el primo de mi edad exactamente.

*

Con el tiempo las sonrisas se le fueron yendo
y nos fuimos alejando irremediablemente.

Las voces y los rostros de nosotros niños,
las vivencias y las cercanías,
todo se llenó de niebla.

Yo me daba cuenta y padecía,
siempre me entristece
el crecimiento así de la distancia.
Pero nunca he sabido hacer nada al respecto.

*

Con el Rey yo aprendí a jugar con piedras.
Con piedras jugábamos a las vacas.
De piedra era el corral
y era una piedra también cada vaca;
un caballo era una piedra;
el auto, si había, era una piedra.
Entre el índice y el pulgar
se colocaba a la vaca para que avanzara.
Pastoreábamos las vacas de un lugar a otro,
nos encontrábamos en el camino
y amablemente nos dirigíamos saludos
para continuar con la faena luego.
Pastores de piedras fuimos.
Bendita sea siempre la infancia.

*

Y la muerte en cada instante
se encontraba entre nosotros
sin dañarnos.
Hasta estos días pasados
en que finalmente
le ha quitado al Rey la corona de la vida,
le ha marcado el fin del juego
y nos ha dejado a todos
con un primo menos,
un hermano menos para sus hermanos,
para sus hermanas,
un sobrino menos para tantas tías
y, terrible cosa, un hijo menos para su mamá.
Una gente menos entre nuestras gentes.

*

Descansa en paz, Rey, primo,
si la frase cabe,
si hacerlo es posible.
Aquí en mi memoria te recuerdo niño,
con una sonrisa honesta y pura,
jugando juntos tantos primos,
yéndonos a dormir a la casa de mi tía Susana,
tu casa,
mientras estamos
de vacaciones familiares
en El Tigre. 

Ángel Gustavo Rivas


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Miércoles 30 de abril de 2025 

Hoy es Día del Niño, y no había pensado en el niño que fui yo porque soy padre ahora, y estoy casi siempre ocupado pensando en el niño que es mi hijo. Y digo esto porque he visto que mis contactos de Facebook -algunos de ellos- han compartido fotos de sí mismos cuando niños, y esto fue lo que me hizo ver que, a diferencia de ellos, con motivo del día del niño yo he pensado sólo en mi hijo niño, y no en mí mismo de niño.

Vi hace unos minutos una foto de mi hijo con dos primitos suyos culichis, son todos de la misma edad, y la foto es justamente en el patio donde yo fui niño; la vi en una “historia” de Facebook, y entonces me puse a pensar. Quería escribir un poema, pero me puse a escribir esta prosa, tal vez intente un poema más tarde. 

El caso es que tengo un niño ahora, un niño hermoso que vive conmigo y que está a mi cargo, depende de mí; su bienestar depende de mí, su educación y desarrollo dependen en gran medida de mí, y lo mejor que he podido, cada día de su vida, he procurado que él esté bien y que sea feliz. 

Tal vez porque no tiene hermanos, me surgió hace poco una nueva inquietud: su capacidad para ser independiente, vivir solo y ser feliz desde sí mismo, por sí mismo y para sí mismo; sé que tiene la voluntad, pero la vida suele ponerle pruebas muy duras a todas nuestras voluntades. En parte porque no tiene hermanos y en parte porque yo mismo he propiciado más el apego que la independencia, esta idea surgió hace poco, pues, como una inquietud. 

Pensando ahora mientras escribo, creo que la inquietud está uno o dos puntos antes que la preocupación, y echando mano de una frase que ya es cliché, he tratado de ocuparme antes que preocuparme, y he intentado empezar a hacer cambios al respecto, cambios con acciones, actitudes, frases, tareas y otras cosas; cambios pequeñísimos que he procurado venir aumentando paulatina y progresivamente; cosas pequeñas que pretenden involucrarlo cada vez más en la constitución y el soporte del bienestar propio. Básicamente he procurado empezar a delegarle en cantidades pequeñas, fragmentarias, la realización de acciones que antes hacía yo completa y exclusivamente: cargar por ratos su mochila, recoger sus trastes sucios, lavarlos a veces, estudiar un poco más y jugar un poco menos (aunque de todos modos juega mucho y ve -y a veces vemos- muchas series animadas, películas y videos). Próximamente empezará a poner a lavar su propia ropa y lo inscribiré en una escuela de futbol o algo así, los niños exploradores, quizás.

Hoy ya es 28 de mayo, se me ha pasado ya casi un mes completo; he vuelto y escribo este párrafo, y hago ediciones múltiples a todo este texto en prosa (la escritura es un proceso, no cabe duda); pero casi todo el texto, y el poema que sigue adelante, fueron escritos el mero día del niño. Lo comparto ahora, y estoy atento a cualquier comentario. 

No había pensado -como dije al principio de este texto- en el niño que yo fui, pero luego lo hice y a partir de esa memoria, (y de este presente, desde luego) escribí los siguientes versos, que constituyen, de cierto modo, una visita desde mi yo adulto a mi yo pequeño, con la sonrisa en el rostro y la alegría en el corazón, de que me ha proveído el amor de mi hijo y el amor mío por mi hijo. Una visita no sé si a escondidas, porque supongo que mi yo niño no me verá, sino con la mirada y desde la conciencia de mi yo adulto. Pero, de hecho, no tengo ninguna certeza de estas cosas que digo, intentos de conjeturas surgidos desde una voraginosa mezcla de la emoción, la nostalgia, el amor, la distancia temporal, el dolor acaso y la voluntad del bienestar. Pero, sea lo que fuere, los versos que escribí son los siguientes.

Poema del Día del Niño de 2025, para el niño que yo fui…

Hoy es Día del Niño.
Soy adulto, soy padre.
Pero en este adulto confluyen
el niño que fui
y el hombre
que soy.

Soy adulto, soy padre,
y sé que mi hijo ha entrevisto
más de alguna vez,
de más de algún modo,
ese niño que fui yo,
y ha querido abrazarlo
cuando me abraza,
y ha querido decirle
te quiero,
yo sé que eres bueno.
Y ese niño que yo fui
sólo puede ahora
mediante el adulto
que soy
recibir ese abrazo
y ese amor.
Yo lo recibo
por el adulto que soy
y por el niño que fui
en este corazón
que aún es el mismo.
Y por la memoria
se lo entrego
a ese pequeño
para que el amor,
para que el calor
nunca le falten.

Ángel Gustavo Rivas


Gracias por leer estas palabras, mezcla de recuerdos, nostalgia, preocupaciones y amor. Si este texto te hizo pensar en el niño o la niña que fuiste, o en los hijos que acaso hoy acompañas, me encantará leerte en los comentarios.

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Poema El Flaco, al perro flaco de Ángel Gustavo Rivas

El Flaco, Ángel Gustavo Rivas

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EL FLACO 

Era el Flaco un perro
que habitó mi casa
cuando yo habitaba mi casa todavía.

Era un perro que sabía ser perro
pero hubiera querido ser humano.
Le gustaba levantarse tarde
aunque siempre fue madrugador como buen perro.
Le gustaba hacer su voluntad (de perro).

El Flaco sufrió mil accidentes.
Era un hombre descuidado. Era un perro, aclaro.
Le gustaba caminar desenfadado.

Yo no tengo un preferido entre los perros que tuvimos siempre
pero el Flaco podría bien ser mi perro preferido.
(Ahora, cuando escribo, el lápiz finge su jadeo de perro
al caminar sobre el papel)

Le gustaba caminar desenfadado.
Le gustaba meterse a la cocina.

Yo aprendí sólo de verlo a tratar bien a los perros.

Era flaco, de ahí su nombre.
Era humano, aunque perro, ya lo dije.

Una vez lo atropelló un trailero con su tráiler
pero el Flaco se paró y entró a la casa.

Una vez un hueso se atoró en su paladar.
Le dio tos y le compré sus medicinas.

En la casa había tres perros
era el patio compartido por el Flaco
con la Gorda y con el Pikis
pero el Flaco nunca tuvo competencia.

No recuerdo ya de qué murió.
Tenía cáncer y tiraba sangre ya al final.
Pudo ser eso.

Echado en la calle
tenían los carros que darle la vuelta
pudo ser que muriera atropellado.

No recuerdo ya de qué murió.
Pero el Flaco es de los perros
que lo enseñan a vivir a uno. 

Ángel Gustavo Rivas


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Textos de Ángel Gustavo Rivas en otros sitios:
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Poema «El miedo», de Ángel Teodoro Rivas

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El poema de “El miedo”, de mi hijo Ángel Teodoro Rivas

Ayer grabamos este poema de “El miedo”. Teodoro, como siempre, escribía sobre la mesa en su cuarto y yo escribía en el vejestorio de computadora de la sala, cuando de pronto escucho su voz que me llama: “Papá, ya escribí otro poema, se llama “El miedo”; acto seguido, yo me levanto de mi silla y voy hacia donde está él, para que me lo lea.

Le dije que lo grabaría y estuvo de acuerdo, quise esta vez grabarlo desde su primera lectura, porque siempre me encanta, aunque se equivoque más, aunque titubee más, aunque lo que sea, siempre la primera lectura que hace en voz alta es única, más espontánea, desde luego, que todas las posteriores.

Pero bueno, no sé qué tanto habrán influido mis comentarios, que no todos fueron precisamente sobre su poema o la creación literaria, sino que hablamos también de insectos y de su presencia en las casas, el hecho es que después de que hicimos la grabación Teodoro escribió un poco más y, por lo tanto, el poema que en este video se muestra no está completo, lo completó más tarde. Quise de todos modos compartirlo para que vayan viendo un poquito más o menos como lee mi hijo sus propios textos. Lo que escribe mi hijo cuando escribe poesía es muy variado, este es un texto con cierta tendencia narrativa, pero a veces el nivel de abstracción en sus poemas es realmente admirable, para que lo vean ustedes mismos, visiten el enlace de su primera lectura pública, que al momento en que esto escribo no ha tenido lugar aún, pero ya habrá sucedido probablemente ahora que tú lo lees. El video se habrá de encontrar aquí.

La versión completa de este poema seguramente la leerá en directo en la transmisión del próximo domingo 01 de agosto, allí los esperamos, ojalá puedan acompañarnos.

Si no pudieren asistir a la lectura en vivo, o si llegan a este texto en el futuro, cuando esta lectura sea ya parte del pasado y no del porvenir, pues vayan de todos modos al enlace de la lectura “Ángel y Ángel: lectura de poemas”, que el video quedará grabado y disponible allí. El enlace es éste.

Esto otro ya no se lo dije a mi hijo, porque no quiero meterle ideas estorbosas en la cabeza, pero el riesgo de compartir este video es que la gente va a pensar que tenemos cucarachas en la casa, jajajaja, y peor los que ya conozcan mi propio poema sobre las cucarachas, pero en fin, qué más da, ése es un riesgo que corremos permanentemente los escritores: que haya gente que piense que todo lo que decimos en nuestros textos es algo que nos pasa y que nos sigue pasando, jajaja.

La verdad es que hemos luchado contra la plaga de las cucarachas en diversos domicilios, y siempre que se aparezcan estaremos listos para la batalla, con miedo o sin miedo, estaremos listos, jeje.

Y ahora, la lectura del poema por el mismo Teodoro:

Había escrito un párrafo o dos más sobre el final que luego de esta grabación agregó Teodoro a su poema, pero no he dado con ellos, si aparecen, los traeré.

Por ahora es todo, muchas gracias por pasar.

Ángel Gustavo Rivas
Ángel Teodoro Rivas


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Poema que improvisé con Teodoro una vez que no quería hacer una planita que le encargué:

Hijo mío bonito, no quiero que llores,
yo quiero que aprendas a vivir feliz;
si duele la espina, perfuman las flores;
si el trabajo cansa, permite vivir. 

Rompe tus barreras para ver mejor.
Recuerda aquel salto de las escaleras:
por ir adelante, el miedo se fue.
No querías saltar, pero al fin saltaste
y cuando saltaste lo hiciste muy bien.
Parecían muy grandes los tres escalones,
como si imposibles de poder saltar,
pero con tus plantas, puntas y talones
bien aterrizaste después de brincar.

Te quitaste el miedo, que era la barrera,
y ya al destruirla pudiste saltar,
porque aquella barda que tanto estorbaba
no te permitía la verdad mirar.

Deja la flojera, no digas “no puedo”,
deja la flojera y ponte a escribir,
porque de que puedes, sabemos que puedes,
todo es empezar y después seguir. 

Ángel Gustavo Rivas

 


Breve reflexión tipo ensayo que sobre la escritura me aventé con el pretexto de los versos precedentes 

Al releer estos versos encuentro que algunos de ellos quizás no sean muy aptos para ser dirigidos a un niño, no por nada malo, sino simplemente por el registro del lenguaje y por el significado. Desde la primera estrofa, los versos 2 y 4 ya no parecen versos para un niño, que lo son, escribí este poema para mi hijo, con él a mi lado, y le leí estrofa por estrofa conforme las iba escribiendo. Sin embargo, y es por esto que he decidido escribir esta reflexión, creo que también los escribí para mí. No es la primera vez que siento esto, aunque ahora el ejercicio reflexivo, el ejercicio de análisis lo inicié realmente en la relectura, no ahora que transcribo esto a documento digital, sino desde antes, cuando releí el poema en el mismo texto manuscrito original, ese que escribí con pluma y sobre el reverso de la misma hoja en que Teodoro escribía aquella planita inconclusa y cuya fotografía acompaña esta publicación.

Todos los consejos o las aseveraciones en esos versos contenidas van, desde luego, realmente sinceras de mí para mi hijo, pero mi hijo es pequeño y en estos momentos muchas de ellas nada le dirán; a esta situación he decidido responderme que de este modo el poema más le dura: seguirá teniendo versos nuevos para etapas posteriores de la vida, no nuevos, sino de nueva comprensión acaso, de utilidad futura, utilidad que entrará en vigor más adelante, aunque los versos estén escritos ya, desde ahora.

Luego he observado también los versos de la última estrofa, toda, habla de la escritura y, al menos por ahora, el que de eso se ocupa principalmente -aunque mucho menos de lo que quisiera- soy yo, y digo principalmente porque justo esta semana Teodoro escribió su primer cuento, se llama “Caperucita con el conejo” (lo publicaré, junto a video donde lo lee, en este mismo Jacalito), lo escribió por encargo de su maestra, pero igual vale porque es de todos modos su primer cuento y fue él con sus manos, su lápiz y su imaginación quien lo ha creado. También yo, de hecho, escribí mi primer cuento, como tal, por encargo de una maestra, bastante más grande ya, de la edad de 14 años, en primero de prepa. 

Bueno, retomando la estrofa, es un llamado a escribir, a dejar la flojera, a vencer las barreras mentales que nos dicen que no podemos; Teodoro no quería escribir, es cierto, pero en ese caso la escritura era un encargo que tenía el fin de practicar el ejercicio mecánico de la escritura, no era escritura creativa, tenía que copiar lo que ya antes yo había escrito, por lo tanto, quizás esa estrofa resulte, aún más que los dos versos primero citados, una estrofa en la que me hablo, en la que intento quizás comunicarme conmigo. Podría parecer una locura, pero los recursos del espíritu nos pueden sorprender, las salidas del subconsciente son diversas. 

Es un hecho, y no es nuevo desde luego, que quienes escribimos escribimos para nosotros, pero también para los otros, y en poemas como éste, que son exprofeso, según la intención de uno, escritos para un otro, quizás valga la pena, en general, ponerle atención a estos detalles. Lo digo, ahora sí, también para los otros, para quienes me leen, para quienes escriben, para quienes quieren escribir.

La reflexión sobre la escritura propia es, en mi opinión, la primera y la más importante herramienta para mejorar como escritores, y, de hecho, la única imprescindible (la lectura es requisito previo y permanente). Yo siempre he pensado que el taller más importante al que puede asistir un escritor o alguien que desea serlo, es el taller con uno mismo, el autotaller, el trabajo propio con el trabajo propio, es decir, el trabajo propio sobre la escritura propia. La postproducción escritural, podríamos llamarle, aunque en realidad la postproducción escritural sería sólo una parte de este trabajo del que hablo, que tendría -tiene- muchas más áreas de acción, por ejemplo la sola reflexión, más allá del llamado “pulimiento” de los textos, pulimiento que consiste en actividades como revisar la pertinencia de algunas palabras y decidir si se quedan, se cambian o se van, revisar si conviene algún cambio en la estructura de tal o cual frase u oración, detectar palabras que acaso se repitan más de lo conveniente o rimas involuntarias que quizás convenga eliminar u otra cantidad de cosas por el mismo estilo.

La reflexión sobre la escritura, por otra parte, puede ejercitarse largamente y con mucho provecho incluso sobre textos que hayan ya sido descartados después de mucho trabajo en el intento de su pulimiento. Yo tengo, literalmente, miles de páginas en documentos de word y en libretas de textos que he descartado y que lo más probable es que nunca publicaré, pero con todos ellos he aprendido, incluso  a eso, a descartar, porque no se trata de publicar absolutamente todo lo que a uno le sale al escribir.

Hay textos también que, a pesar de ser ya textos descartados, de repente me encuentro hojeando alguna vieja libreta o explorando documentos digitales y, pese a que no serán nunca publicados, en la relectura les hago cambios ocasionalmente, es decir, los sigo trabajando, tallereando, editando, aún tratándose ya irrevocablemente de textos fallidos. El texto no saldrá, pero el trabajo que sobre él se haga beneficia al escritor, abona a su oficio, agranda su experiencia, aguza su capacidad de observación, refuerza su capacidad crítica, aumenta sus posibilidades de escribir mejores versos a futuro.

Si un texto de tanto tallerear desaparece, está bien, no se pierde con ello, se gana; la eliminación de ese texto mediante el trabajo, la reflexión, la crítica y la honestidad, será parte en la escritura en el futuro de mejores textos, ese texto vivirá en otros, quizás no el texto en sí mismo, pero sí el trabajo, el aprendizaje, el mejoramiento del autor con ese texto. 

Nota: aunque lo publico apenas, de la escritura de este poema improvisado han pasado más de un año y medio y cerca de dos; Teodoro en aquel entonces no escribía, es decir, no escribía literatura, sólo yo; ahora Teodoro es también un creador, tiene siete años y está a punto de terminar su primero en la primaria -desde casa por la pandemia- y escribe, desde hace una semana, una historia de ficción a la que él mismo se refiere como su novela y que será, que es, sin duda, su primer libro, como él mismo dice también. De esa novela publicaré aquí, muy pronto, el primer capítulo.

Ángel Gustavo Rivas


Poemas | Narrativa | Ensayo y otras prosas | Loca esperanza de la vida mía

Hay un ojo en el papel, Ángel Gustavo Rivas

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Este poema, que carece de título y por lo cual se identifica con su primer verso, es parte de Loca esperanza de la vida mía, libro con que obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachiste 2018.

Hay un ojo en el papel,

un ojo dibujado en el papel,

un ojo con pluma azul trazado.

Se entiende desde luego que no ve

porque es un ojo de tinta

                            dibujado en un papel.

.

Alguien lo ha dibujado y allí lo dejó.

No le hizo ni siquiera un ojo hermano,

no una frente sobre él le puso,

no una ceja que lo cubra en arco.

Es un ojo solitario, sin un rostro.

No hay pestañas ni siquiera

ni un párpado con que pueda descansar.

Es un ojo solitario y triste.

.

No es de tristeza su gesto

pero es un ojo solitario

que no tiene ceja ni pestaña

ni párpado, ni frente, ni rostro.

Sólo tiene, si acaso, su mirada.

.

Pero si mira el ojo,

hacia enfrente según fue dibujado,

no sabrá quizás la soledad en torno,

no sabrá quizás sino que hay ojos,

otros ojos que miran,

si es que mira el ojo,

porque es de tinta azul

sobre papel trazado.

Ángel Gustavo Rivas


El libro está de venta en Amazon:

Loca esperanza de la vida mía, libro de poemas
Loca esperanza de la vida mía

Y por acá puedes conocer un poco más de él:
Loca esperanza de la vida mía, libro de poemas


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Ladrillos poema memoria de ángel gustavo rivas

Memoria, Ángel Gustavo Rivas

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MEMORIA

Ángel Gustavo Rivas


Recuerdo una infancia con ladrillos
enteros y mitades inexactas
partidos a golpe de cuchara.

La mezcla mal batida
que afanosamente me empeñaba en batir bien,
baldes de agua, de concreto,
de grava y arena.
“Hay que batir bote y medio”
“Prepara dos botes más” “una carretilla”.
Escuchaba la voz paternal en el trabajo.
Mezcla de padre y patrón.
Construimos casas.
Las manos pequeñas de un niño
destinado, parecía, a ser albañil.
Pero los libros llegaron y poco a poco
desplazaron de mis manos los ladrillos.
Tercamente me aferré a los pocos libros
tercamente los leí.
Tomé la pluma un día, hice garabatos
escribía en desorden mi propio desorden
y aislado me vi grande.
“Seré escritor”, me dije un día.

Y entonces llegaron los golpes del martillo
como cuando clavaba yo la cimbra.
Del mismo modo
la sociedad golpea.

Pero tenía yo cuerpo para absorber los golpes
salí resistente porque vengo de estirpe golpeada.

Golpe tras golpe avanzaba lento
mas no dejé de asistir otra vez al día siguiente
por mi golpe nuevo.

Ilusiones rotas que tercamente remendaba
ilusiones muchas para seguir el consejo
de Lupita Amor.

Recuerdo esa infancia de ropa sucia
y de manos pizcadas.
Bonitos me parecen los dibujos
de la cal en la piel de mis manos,
bonito el olor de la madera aceitada.

El lonche entre sacos de cemento.
“Saca al sol las bandejas pa que se vayan calentando”.
“Ve por las cocas”. “Pon la mesa”.
Dos cubetas y una tabla ancha:
un andamio, una mesa, una cama.

Qué poco se ocupa para ser feliz.
Recuerdo la infancia entre construcciones.
Artífice de ciudades mi padre albañil.

Juntos ampliamos Culiacán,
hicimos casas y hospitales,
hicimos la ciudad.

Nadie sabe bien lo que hemos hecho,
no seremos parte de la historia,
pero nosotros hicimos Culiacán más grande.

Ángel Gustavo Rivas

«Memoria» es el primer poema del libro Loca esperanza de la vida mía, con el que obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachiste 2018, y el cual está de venta en Amazon, tanto en formato eBook cono impreso en papel. Puedes conocer más del libro y el Premio aquí.

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