Mi hijo está escribiendo un libro, niños poeta, niño escritor

Mi hijo está escribiendo un libro, Ángel Gustavo Rivas


Teodoro ayer empezó a escribir su primer libro (dice que a las 3 de la tarde)

Teodoro, mi hijo de siete años, ayer empezó a escribir su primer libro, es una novela infantil que relata un viaje desde Baja California hasta Acapulco, y en el transcurso, desde luego, hay situaciones entre los personajes y aventuras de viaje que son lo que constituye, básicamente, el asunto del relato.

Teodoro tiene pocos libros infantiles, me tendré que esforzar por comprarle más en esta crisis que nos trajo la pandemia. Tiene pocos, pero todos los ha leído muchas veces, algunos probablemente diez veces, el que menos ha leído, de los más breves, lo ha leído cuatro veces como mínimo, y creo que es Nana María, de Ethel Krauze; y el que menos ha leído, de los más largos, lo ha leído dos veces, que es El Principito, de Antoine de Saint Exupery.

Ha leído montones de veces Los asustadores del ruido, de Claudia Islas Coronel; Una bicicleta para el cocodrilo de David Martín del Campo, libro que le regaló la maestra Laura Cázares Hernández, (ahora me acaba de informar que le ha puesto ya un nombre al conductor, se llama Emilio, hace ratito me dijo que había agregado un nuevo personaje, un constructor que viaja a Acapulco para construir un departamento; mientras escribo este artículo en la computadora de la sala, Teodoro avanza en su novela en la mesa del cuarto); ha leído varias veces una versión de El gato con botas que le compré en el súper; tiene un libro que se llama Costras, de Georgina Martínez, que le compró directamente a la autora en el Festival Navachiste, de 2019 creo, esa fue la primera vez que mi hijo me pidió dinero, me pidió cien pesos para comprar el libro. 

El libro de Los asustadores del ruido se lo regaló la autora, también en Navachiste, es un libro ilustrado, igual que el de Costras, y además, Claudia Islas le regaló también una antología de literatura infantil sinaloense, donde Teodoro ha leído a un montón de escritores sinaloenses, mis paisanos, como Ernestina Yépiz, Aleyda Rojo, Rubén Rivera, Glafira Rocha, Juan José Rodríguez, Enrique Corral, etc., poetas y narradores, además de, claro está, a la propia Claudia Islas, a mi querida amiga la doctora Dina Grijalva y allí mismo viene también, pero sin ilustraciones, el cuento de “Costras”, de Georgina Martínez. Este es quizás el único libro que tiene de literatura infantil sin ilustraciones, todos los demás las tienen, algunos muchas, como Una bicicleta parta el cocodrilo y Los asustadores del ruido, algunos bastante menos, como Nana María.

Hace una semana o semana y media, Teodoro terminó de leer el libro más largo que ha leído hasta ahora, la novela infantil Autopista Sanguijuela, escrita por Juan Villoro e ilustrada por El Fisgón, una novela de ciento setenta y nueve páginas -según el mismo Teodoro me ha informado-, y es de esa lectura de la que hay mayores rastros en su escritura. Ahora Teodoro escribe con toda naturalidad intervenciones del lenguaje directo de los personajes acotadas con frases como “preguntó el papá”, “dijo Renata”, etcétera; frases que pronuncia el narrador para señalar, precisamente, esas intervenciones. Eso lo da la lectura, por supuesto.

Hace apenas unos días, en una tarea escolar apareció la pregunta de si se entendía con suficiente claridad cuando hablaba el narrador y cuándo hablaban los personajes, Teodoro no sabía que era el narrador, se lo expliqué lo mejor que pude y creo que lo entendió muy bien porque ayer, luego de que había escrito su primer capítulo, me dijo “Casi toda mi novela la dice la voz del narrador, pero también hablan a veces los personajes”.

*

Ayer mismo, lunes siete de junio de 2021, Teodoro se planteó que podría ser escritor, un rato más tarde se decidió y empezó a serlo. Yo estaba en la computadora escribiendo un artículo que publiqué en Altavoz México, artículo que inicié como un post en Facebook pero se me hizo largo y lo llevé a Altavoz; mientras lo escribía, Teodoro vino muchas veces a mí, me comentaba cosas, me preguntaba cosas, yo le ponía poca atención, porque estaba escribiendo, pero  le contestaba siempre, le pedía que me esperara, le decía que enseguida iría.

Teodoro siempre se acerca cuando me ve escribiendo, hace unos diez días lo hizo mientras yo escribía algo que no deseaba que leyera, así que le pedí que no lo leyera, pero no me obedecía, de modo que tuve que poner la letra en tamaño dos y seguir escribiendo así, la escritura avanzaba pero era imposible leer; me pareció que no era justo para el chiquitín, él quería estar cerca, acompañarme, compartir, así que intenté darle alguna explicación y pedirle disculpas, le dije que se lo enseñaría cuando fuera más avanzado, que quería escribir un libro de sesenta páginas –aunque nunca he escrito un relato tan largo, mi cuento más largo tiene 13 o 15 páginas–. A Teodoro le satisfizo la explicación y se fue contento a hacer otras cosas; más tarde, cuando estaba con su mamá, le dijo “Mi papá está escribiendo un libro de sesenta páginas”; y después, todos los días me ha preguntado que si cómo voy con mi libro. Vaya lío en el que me metí, desde aquel día no he vuelto a escribir una sola línea de eso.

Ayer, Teodoro me hizo preguntas nuevas sobre ese libro de sesenta páginas, primero me preguntó que si cuantas páginas llevaba, luego me preguntó que si cual sería el título, y no me acuerdo qué más sobre los capítulos; le contesté que no tenía título todavía, que lo vería después, que primero intentaría escribirlo. Muy serio, él me dijo, “si yo escribiría un libro, primero le pondría el título”; luego, con no sé qué libro en la mano y el librero del cuarto medio echado en la cama y en la mesa, me preguntó: “Papá, qué es prólogo”, intenté contestarle, o más bien le contesté intentando explicar: es un texto, le dije, que se pone en los libros, al principio, y que habla un poco sobre el libro, puede hablar sobre el contenido o sobre el autor, o sobre las circunstancias de escritura, o sobre el tema y otros libros de ese tema, etcétera.

 Uno o dos días antes, Teodoro, mientras empezaba la relectura de Autopista sanguijuela, me había dicho: «papá, soy un lector, y después a lo mejor voy a ser un escritor»; y ayer, mientras yo escribía ese articulillo y él me visitaba y me preguntaba y me daba explicaciones y reflexionaba, se decidió; en una de sus intervenciones en que le puse un poco más de atención o en que me agarró menos clavado, lo escuché decir, con emoción verdadera “No sé por qué me emociona mucho que estoy escribiendo mi primer libro”, me di cuenta que debía poner más atención, fui allá con él y me leyó lo que llevaba. Me sorprendió, lo que lleva realmente me parece bueno, incluyo en este post un video donde lo lee. Noté por supuesto que ha tomado como referente para su creación la novela que acaba de leer, Autopista sanguijuela, pero, la verdad, ha construido un buen discurso, está imaginando su propia historia y ahí la lleva.

Anoche, después de que me leyó varias veces su primer capítulo, lo escuché por allá leyendo una parte nueva, que no estaba en las veces que me leyó, y escuché que mencionó un “coordinador de actividades”, ese personaje sin nombre está en la novela de Villoro, pero no le dije nada. Antes de eso, –y también después de eso– me estuvo diciendo que tal vez después yo podía ayudarle a seguir con su libro, –a veces dice mi libro y a veces dice mi novela– le dije que sí pero no lo hice; le dije que yo podía ayudarle a platicar sobre lo que quiere escribir, pero que deberá escribirlo él, me dijo que sí; lo que él quiere, me parece, es que estemos juntos, aunque él escriba solo. Ahora mismo está escribiendo en el cuarto, me acaba de preguntar cómo se llama el lugar en el que le echan gasolina a los carros –gasolinera o estación de gasolina, le dije– recordé el debate sobre si gasolinera o gasolinería, casi cometo el error de citarlo, pero me contuve.

Hoy lo llamé, hace rato, y le comenté que escuché que anoche leía una parte nueva donde apareció un coordinador de actividades, le sugerí que lo llamáramos ayudante del chofer o segundo chofer –que hubiera dos choferes– para que no se llamara igual que el de Villoro, pero él me dijo que prefería que se quedara así; y agregó que esa novela (la de Villoro) también le sirve mucho para saber qué puede escribir porque es una novela que se parece un montón. No dije más, lo he dejado y ahora mismo él sigue escribiendo.

Cuando su mamá escuchó el capítulo uno, me preguntó si no lo había copiado de alguna parte, le dije que no –aunque lo ignoro, es lo que creo– es la influencia de la lectura, le dije, así uno se va apropiando sin darse cuenta de nuevas formas de usar el lenguaje, descubre y empieza  usar estructuras, palabras, fórmulas. (Pero si alguien que lea esto identifica en su novela algo de notar, dígamelo, por favor).

Bueno, ahora debo irme a guisar nuestra comida, los escritores necesitamos comer también; con hambre se escribe bien, pero sin hambre se vive mejor.

Antes de esto, Teodoro había escrito un par de cuentos, ambos como tareas escolares, se los comparto en próximas publicaciones.

Les dejó acá, por supuesto, a mi hijo leyendo el primer capítulo de su novela recién escrito:

Ángel Gustavo Rivas

Martes 08.06.2021

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Un poema para mi hijo y breve reflexión sobre el trabajo de escribir, Ángel Gustavo Rivas


Poema que improvisé con Teodoro una vez que no quería hacer una planita que le encargué:

Hijo mío bonito, no quiero que llores,
yo quiero que aprendas a vivir feliz;
si duele la espina, perfuman las flores;
si el trabajo cansa, permite vivir. 

Rompe tus barreras para ver mejor.
Recuerda aquel salto de las escaleras:
por ir adelante, el miedo se fue.
No querías saltar, pero al fin saltaste
y cuando saltaste lo hiciste muy bien.
Parecían muy grandes los tres escalones,
como si imposibles de poder saltar,
pero con tus plantas, puntas y talones
bien aterrizaste después de brincar.

Te quitaste el miedo, que era la barrera,
y ya al destruirla pudiste saltar,
porque aquella barda que tanto estorbaba
no te permitía la verdad mirar.

Deja la flojera, no digas “no puedo”,
deja la flojera y ponte a escribir,
porque de que puedes, sabemos que puedes,
todo es empezar y después seguir. 

Ángel Gustavo Rivas

 


Breve reflexión tipo ensayo que sobre la escritura me aventé con el pretexto de los versos precedentes 

Al releer estos versos encuentro que algunos de ellos quizás no sean muy aptos para ser dirigidos a un niño, no por nada malo, sino simplemente por el registro del lenguaje y por el significado. Desde la primera estrofa, los versos 2 y 4 ya no parecen versos para un niño, que lo son, escribí este poema para mi hijo, con él a mi lado, y le leí estrofa por estrofa conforme las iba escribiendo. Sin embargo, y es por esto que he decidido escribir esta reflexión, creo que también los escribí para mí. No es la primera vez que siento esto, aunque ahora el ejercicio reflexivo, el ejercicio de análisis lo inicié realmente en la relectura, no ahora que transcribo esto a documento digital, sino desde antes, cuando releí el poema en el mismo texto manuscrito original, ese que escribí con pluma y sobre el reverso de la misma hoja en que Teodoro escribía aquella planita inconclusa y cuya fotografía acompaña esta publicación.

Todos los consejos o las aseveraciones en esos versos contenidas van, desde luego, realmente sinceras de mí para mi hijo, pero mi hijo es pequeño y en estos momentos muchas de ellas nada le dirán; a esta situación he decidido responderme que de este modo el poema más le dura: seguirá teniendo versos nuevos para etapas posteriores de la vida, no nuevos, sino de nueva comprensión acaso, de utilidad futura, utilidad que entrará en vigor más adelante, aunque los versos estén escritos ya, desde ahora.

Luego he observado también los versos de la última estrofa, toda, habla de la escritura y, al menos por ahora, el que de eso se ocupa principalmente -aunque mucho menos de lo que quisiera- soy yo, y digo principalmente porque justo esta semana Teodoro escribió su primer cuento, se llama “Caperucita con el conejo” (lo publicaré, junto a video donde lo lee, en este mismo Jacalito), lo escribió por encargo de su maestra, pero igual vale porque es de todos modos su primer cuento y fue él con sus manos, su lápiz y su imaginación quien lo ha creado. También yo, de hecho, escribí mi primer cuento, como tal, por encargo de una maestra, bastante más grande ya, de la edad de 14 años, en primero de prepa. 

Bueno, retomando la estrofa, es un llamado a escribir, a dejar la flojera, a vencer las barreras mentales que nos dicen que no podemos; Teodoro no quería escribir, es cierto, pero en ese caso la escritura era un encargo que tenía el fin de practicar el ejercicio mecánico de la escritura, no era escritura creativa, tenía que copiar lo que ya antes yo había escrito, por lo tanto, quizás esa estrofa resulte, aún más que los dos versos primero citados, una estrofa en la que me hablo, en la que intento quizás comunicarme conmigo. Podría parecer una locura, pero los recursos del espíritu nos pueden sorprender, las salidas del subconsciente son diversas. 

Es un hecho, y no es nuevo desde luego, que quienes escribimos escribimos para nosotros, pero también para los otros, y en poemas como éste, que son exprofeso, según la intención de uno, escritos para un otro, quizás valga la pena, en general, ponerle atención a estos detalles. Lo digo, ahora sí, también para los otros, para quienes me leen, para quienes escriben, para quienes quieren escribir.

La reflexión sobre la escritura propia es, en mi opinión, la primera y la más importante herramienta para mejorar como escritores, y, de hecho, la única imprescindible (la lectura es requisito previo y permanente). Yo siempre he pensado que el taller más importante al que puede asistir un escritor o alguien que desea serlo, es el taller con uno mismo, el autotaller, el trabajo propio con el trabajo propio, es decir, el trabajo propio sobre la escritura propia. La postproducción escritural, podríamos llamarle, aunque en realidad la postproducción escritural sería sólo una parte de este trabajo del que hablo, que tendría -tiene- muchas más áreas de acción, por ejemplo la sola reflexión, más allá del llamado “pulimiento” de los textos, pulimiento que consiste en actividades como revisar la pertinencia de algunas palabras y decidir si se quedan, se cambian o se van, revisar si conviene algún cambio en la estructura de tal o cual frase u oración, detectar palabras que acaso se repitan más de lo conveniente o rimas involuntarias que quizás convenga eliminar u otra cantidad de cosas por el mismo estilo.

La reflexión sobre la escritura, por otra parte, puede ejercitarse largamente y con mucho provecho incluso sobre textos que hayan ya sido descartados después de mucho trabajo en el intento de su pulimiento. Yo tengo, literalmente, miles de páginas en documentos de word y en libretas de textos que he descartado y que lo más probable es que nunca publicaré, pero con todos ellos he aprendido, incluso  a eso, a descartar, porque no se trata de publicar absolutamente todo lo que a uno le sale al escribir.

Hay textos también que, a pesar de ser ya textos descartados, de repente me encuentro hojeando alguna vieja libreta o explorando documentos digitales y, pese a que no serán nunca publicados, en la relectura les hago cambios ocasionalmente, es decir, los sigo trabajando, tallereando, editando, aún tratándose ya irrevocablemente de textos fallidos. El texto no saldrá, pero el trabajo que sobre él se haga beneficia al escritor, abona a su oficio, agranda su experiencia, aguza su capacidad de observación, refuerza su capacidad crítica, aumenta sus posibilidades de escribir mejores versos a futuro.

Si un texto de tanto tallerear desaparece, está bien, no se pierde con ello, se gana; la eliminación de ese texto mediante el trabajo, la reflexión, la crítica y la honestidad, será parte en la escritura en el futuro de mejores textos, ese texto vivirá en otros, quizás no el texto en sí mismo, pero sí el trabajo, el aprendizaje, el mejoramiento del autor con ese texto. 

Nota: aunque lo publico apenas, de la escritura de este poema improvisado han pasado más de un año y medio y cerca de dos; Teodoro en aquel entonces no escribía, es decir, no escribía literatura, sólo yo; ahora Teodoro es también un creador, tiene siete años y está a punto de terminar su primero en la primaria -desde casa por la pandemia- y escribe, desde hace una semana, una historia de ficción a la que él mismo se refiere como su novela y que será, que es, sin duda, su primer libro, como él mismo dice también. De esa novela publicaré aquí, muy pronto, el primer capítulo.

Ángel Gustavo Rivas


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