Elegía por la muerte de mi primo el Rey

Elegía por la muerte de mi primo el Rey, Ángel Gustavo Rivas

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A la memoria de mi primo Juan Manuel Núñez Vega, el Rey (1986-2025)

La muerte,
cuando yo niño,
jugaba entre nosotros.

No teníamos 
ningún cuidado de ella. 
Sabíamos que existía 
pero nos quedaba lejos 
del entendimiento 
lo cerca que estaba siempre, 
lo lista que estaba siempre,
y aún lo activa que estaba siempre 
no estaba claro en la experiencia nuestra. 

No se nos había muerto nadie 
realmente cercano,
ni a mis primos ni a mí.
La muerte de mi abuelo
vino años después,
cuando todos éramos ya casi adultos.

La vida sabe a vida
y a vida se siente
cuando no hay otra cosa
sino vida a la vista
y vida al alcance
de la propia sensibilidad.

Jugábamos, imaginábamos,
soñábamos.
Pensábamos también,
desde luego,
notábamos cosas
y reflexionábamos.
Pero nunca nos llevó la reflexión
a pensamientos del tipo
un día morirá mi madre
un día morirá mi padre
podrían morir mis primos
o mis hermanos en cualquier momento.
Podría morir yo.

Asumíamos la muerte
como el final de la vida
después de que la vida se vivía.
No tomábamos conciencia
de que también pueden morir
los niños.

Siempre que dirigíamos al futuro la imaginación 
mirábamos en el futuro
a todas las personas
de nuestro presente,
aquel presente.

No mirábamos el futuro
sin abuelos o sin padres
o sin alguno de los primos
o hermanos.

Todavía hace poco
-porque es costumbre cotidiana
del humano descuidarse-
actuaba otra vez
como si no pudiera en cualquier momento
faltar una persona
de repente y para siempre ya.

Pero un mensaje repentino de mi hermana
me avisó hace poco: 
ha muerto el Rey,
nuestro primo el Rey.

Y recibí de esa manera 
la noticia triste:
ya me falta otra persona para siempre.

Actuaba con respecto a él
como si fuera eterno.
Ya platicaré con él, decía.
Seguramente lo veré después, pensaba.

Y ahora sé perfectamente
que no habré de volver a verlo
nunca más sobre la tierra.

Ya su cuerpo es orgánica materia inanimada,
ya su rostro no tendrá más gestos,
ya sus ojos no tienen miradas.

Y yo que tengo abrazos en mis brazos para todos,
no podré ya darle los abrazos suyos.

El rostro del niño de los nueve años
me viene a la memoria,
el de los once y los doce también.
Su rostro era entonces tan lleno de sonrisas.

Hay un recuerdo perdurable
donde nos bañábamos en un canal.
Hay un recuerdo más abstracto
                            más borroso
                            general
de tantas veces que anduvimos caminando el monte.

El Rey era nuestro primo del rancho
por el lado de mi madre,
el Rey era el primo de mi edad exactamente.

*

Con el tiempo las sonrisas se le fueron yendo
y nos fuimos alejando irremediablemente.

Las voces y los rostros de nosotros niños,
las vivencias y las cercanías,
todo se llenó de niebla.

Yo me daba cuenta y padecía,
siempre me entristece
el crecimiento así de la distancia.
Pero nunca he sabido hacer nada al respecto.

*

Con el Rey yo aprendí a jugar con piedras.
Con piedras jugábamos a las vacas.
De piedra era el corral
y era una piedra también cada vaca;
un caballo era una piedra;
el auto, si había, era una piedra.
Entre el índice y el pulgar
se colocaba a la vaca para que avanzara.
Pastoreábamos las vacas de un lugar a otro,
nos encontrábamos en el camino
y amablemente nos dirigíamos saludos
para continuar con la faena luego.
Pastores de piedras fuimos.
Bendita sea siempre la infancia.

*

Y la muerte en cada instante
se encontraba entre nosotros
sin dañarnos.
Hasta estos días pasados
en que finalmente
le ha quitado al Rey la corona de la vida,
le ha marcado el fin del juego
y nos ha dejado a todos
con un primo menos,
un hermano menos para sus hermanos,
para sus hermanas,
un sobrino menos para tantas tías
y, terrible cosa, un hijo menos para su mamá.
Una gente menos entre nuestras gentes.

*

Descansa en paz, Rey, primo,
si la frase cabe,
si hacerlo es posible.
Aquí en mi memoria te recuerdo niño,
con una sonrisa honesta y pura,
jugando juntos tantos primos,
yéndonos a dormir a la casa de mi tía Susana,
tu casa,
mientras estamos
de vacaciones familiares
en El Tigre. 

Ángel Gustavo Rivas


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Día del niño: del amor y la memoria. Sobre el padre que soy, el hijo que tengo y el niño que fui… (Prosa y versos)

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Miércoles 30 de abril de 2025 

Hoy es Día del Niño, y no había pensado en el niño que fui yo porque soy padre ahora, y estoy casi siempre ocupado pensando en el niño que es mi hijo. Y digo esto porque he visto que mis contactos de Facebook -algunos de ellos- han compartido fotos de sí mismos cuando niños, y esto fue lo que me hizo ver que, a diferencia de ellos, con motivo del día del niño yo he pensado sólo en mi hijo niño, y no en mí mismo de niño.

Vi hace unos minutos una foto de mi hijo con dos primitos suyos culichis, son todos de la misma edad, y la foto es justamente en el patio donde yo fui niño; la vi en una “historia” de Facebook, y entonces me puse a pensar. Quería escribir un poema, pero me puse a escribir esta prosa, tal vez intente un poema más tarde. 

El caso es que tengo un niño ahora, un niño hermoso que vive conmigo y que está a mi cargo, depende de mí; su bienestar depende de mí, su educación y desarrollo dependen en gran medida de mí, y lo mejor que he podido, cada día de su vida, he procurado que él esté bien y que sea feliz. 

Tal vez porque no tiene hermanos, me surgió hace poco una nueva inquietud: su capacidad para ser independiente, vivir solo y ser feliz desde sí mismo, por sí mismo y para sí mismo; sé que tiene la voluntad, pero la vida suele ponerle pruebas muy duras a todas nuestras voluntades. En parte porque no tiene hermanos y en parte porque yo mismo he propiciado más el apego que la independencia, esta idea surgió hace poco, pues, como una inquietud. 

Pensando ahora mientras escribo, creo que la inquietud está uno o dos puntos antes que la preocupación, y echando mano de una frase que ya es cliché, he tratado de ocuparme antes que preocuparme, y he intentado empezar a hacer cambios al respecto, cambios con acciones, actitudes, frases, tareas y otras cosas; cambios pequeñísimos que he procurado venir aumentando paulatina y progresivamente; cosas pequeñas que pretenden involucrarlo cada vez más en la constitución y el soporte del bienestar propio. Básicamente he procurado empezar a delegarle en cantidades pequeñas, fragmentarias, la realización de acciones que antes hacía yo completa y exclusivamente: cargar por ratos su mochila, recoger sus trastes sucios, lavarlos a veces, estudiar un poco más y jugar un poco menos (aunque de todos modos juega mucho y ve -y a veces vemos- muchas series animadas, películas y videos). Próximamente empezará a poner a lavar su propia ropa y lo inscribiré en una escuela de futbol o algo así, los niños exploradores, quizás.

Hoy ya es 28 de mayo, se me ha pasado ya casi un mes completo; he vuelto y escribo este párrafo, y hago ediciones múltiples a todo este texto en prosa (la escritura es un proceso, no cabe duda); pero casi todo el texto, y el poema que sigue adelante, fueron escritos el mero día del niño. Lo comparto ahora, y estoy atento a cualquier comentario. 

No había pensado -como dije al principio de este texto- en el niño que yo fui, pero luego lo hice y a partir de esa memoria, (y de este presente, desde luego) escribí los siguientes versos, que constituyen, de cierto modo, una visita desde mi yo adulto a mi yo pequeño, con la sonrisa en el rostro y la alegría en el corazón, de que me ha proveído el amor de mi hijo y el amor mío por mi hijo. Una visita no sé si a escondidas, porque supongo que mi yo niño no me verá, sino con la mirada y desde la conciencia de mi yo adulto. Pero, de hecho, no tengo ninguna certeza de estas cosas que digo, intentos de conjeturas surgidos desde una voraginosa mezcla de la emoción, la nostalgia, el amor, la distancia temporal, el dolor acaso y la voluntad del bienestar. Pero, sea lo que fuere, los versos que escribí son los siguientes.

Poema del Día del Niño de 2025, para el niño que yo fui…

Hoy es Día del Niño.
Soy adulto, soy padre.
Pero en este adulto confluyen
el niño que fui
y el hombre
que soy.

Soy adulto, soy padre,
y sé que mi hijo ha entrevisto
más de alguna vez,
de más de algún modo,
ese niño que fui yo,
y ha querido abrazarlo
cuando me abraza,
y ha querido decirle
te quiero,
yo sé que eres bueno.
Y ese niño que yo fui
sólo puede ahora
mediante el adulto
que soy
recibir ese abrazo
y ese amor.
Yo lo recibo
por el adulto que soy
y por el niño que fui
en este corazón
que aún es el mismo.
Y por la memoria
se lo entrego
a ese pequeño
para que el amor,
para que el calor
nunca le falten.

Ángel Gustavo Rivas


Gracias por leer estas palabras, mezcla de recuerdos, nostalgia, preocupaciones y amor. Si este texto te hizo pensar en el niño o la niña que fuiste, o en los hijos que acaso hoy acompañas, me encantará leerte en los comentarios.

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