Mi hijo está escribiendo un libro, niños poeta, niño escritor

Mi hijo está escribiendo un libro, Ángel Gustavo Rivas


Teodoro ayer empezó a escribir su primer libro (dice que a las 3 de la tarde)

Teodoro, mi hijo de siete años, ayer empezó a escribir su primer libro, es una novela infantil que relata un viaje desde Baja California hasta Acapulco, y en el transcurso, desde luego, hay situaciones entre los personajes y aventuras de viaje que son lo que constituye, básicamente, el asunto del relato.

Teodoro tiene pocos libros infantiles, me tendré que esforzar por comprarle más en esta crisis que nos trajo la pandemia. Tiene pocos, pero todos los ha leído muchas veces, algunos probablemente diez veces, el que menos ha leído, de los más breves, lo ha leído cuatro veces como mínimo, y creo que es Nana María, de Ethel Krauze; y el que menos ha leído, de los más largos, lo ha leído dos veces, que es El Principito, de Antoine de Saint Exupery.

Ha leído montones de veces Los asustadores del ruido, de Claudia Islas Coronel; Una bicicleta para el cocodrilo de David Martín del Campo, libro que le regaló la maestra Laura Cázares Hernández, (ahora me acaba de informar que le ha puesto ya un nombre al conductor, se llama Emilio, hace ratito me dijo que había agregado un nuevo personaje, un constructor que viaja a Acapulco para construir un departamento; mientras escribo este artículo en la computadora de la sala, Teodoro avanza en su novela en la mesa del cuarto); ha leído varias veces una versión de El gato con botas que le compré en el súper; tiene un libro que se llama Costras, de Georgina Martínez, que le compró directamente a la autora en el Festival Navachiste, de 2019 creo, esa fue la primera vez que mi hijo me pidió dinero, me pidió cien pesos para comprar el libro. 

El libro de Los asustadores del ruido se lo regaló la autora, también en Navachiste, es un libro ilustrado, igual que el de Costras, y además, Claudia Islas le regaló también una antología de literatura infantil sinaloense, donde Teodoro ha leído a un montón de escritores sinaloenses, mis paisanos, como Ernestina Yépiz, Aleyda Rojo, Rubén Rivera, Glafira Rocha, Juan José Rodríguez, Enrique Corral, etc., poetas y narradores, además de, claro está, a la propia Claudia Islas, a mi querida amiga la doctora Dina Grijalva y allí mismo viene también, pero sin ilustraciones, el cuento de “Costras”, de Georgina Martínez. Este es quizás el único libro que tiene de literatura infantil sin ilustraciones, todos los demás las tienen, algunos muchas, como Una bicicleta parta el cocodrilo y Los asustadores del ruido, algunos bastante menos, como Nana María.

Hace una semana o semana y media, Teodoro terminó de leer el libro más largo que ha leído hasta ahora, la novela infantil Autopista Sanguijuela, escrita por Juan Villoro e ilustrada por El Fisgón, una novela de ciento setenta y nueve páginas -según el mismo Teodoro me ha informado-, y es de esa lectura de la que hay mayores rastros en su escritura. Ahora Teodoro escribe con toda naturalidad intervenciones del lenguaje directo de los personajes acotadas con frases como “preguntó el papá”, “dijo Renata”, etcétera; frases que pronuncia el narrador para señalar, precisamente, esas intervenciones. Eso lo da la lectura, por supuesto.

Hace apenas unos días, en una tarea escolar apareció la pregunta de si se entendía con suficiente claridad cuando hablaba el narrador y cuándo hablaban los personajes, Teodoro no sabía que era el narrador, se lo expliqué lo mejor que pude y creo que lo entendió muy bien porque ayer, luego de que había escrito su primer capítulo, me dijo “Casi toda mi novela la dice la voz del narrador, pero también hablan a veces los personajes”.

*

Ayer mismo, lunes siete de junio de 2021, Teodoro se planteó que podría ser escritor, un rato más tarde se decidió y empezó a serlo. Yo estaba en la computadora escribiendo un artículo que publiqué en Altavoz México, artículo que inicié como un post en Facebook pero se me hizo largo y lo llevé a Altavoz; mientras lo escribía, Teodoro vino muchas veces a mí, me comentaba cosas, me preguntaba cosas, yo le ponía poca atención, porque estaba escribiendo, pero  le contestaba siempre, le pedía que me esperara, le decía que enseguida iría.

Teodoro siempre se acerca cuando me ve escribiendo, hace unos diez días lo hizo mientras yo escribía algo que no deseaba que leyera, así que le pedí que no lo leyera, pero no me obedecía, de modo que tuve que poner la letra en tamaño dos y seguir escribiendo así, la escritura avanzaba pero era imposible leer; me pareció que no era justo para el chiquitín, él quería estar cerca, acompañarme, compartir, así que intenté darle alguna explicación y pedirle disculpas, le dije que se lo enseñaría cuando fuera más avanzado, que quería escribir un libro de sesenta páginas –aunque nunca he escrito un relato tan largo, mi cuento más largo tiene 13 o 15 páginas–. A Teodoro le satisfizo la explicación y se fue contento a hacer otras cosas; más tarde, cuando estaba con su mamá, le dijo “Mi papá está escribiendo un libro de sesenta páginas”; y después, todos los días me ha preguntado que si cómo voy con mi libro. Vaya lío en el que me metí, desde aquel día no he vuelto a escribir una sola línea de eso.

Ayer, Teodoro me hizo preguntas nuevas sobre ese libro de sesenta páginas, primero me preguntó que si cuantas páginas llevaba, luego me preguntó que si cual sería el título, y no me acuerdo qué más sobre los capítulos; le contesté que no tenía título todavía, que lo vería después, que primero intentaría escribirlo. Muy serio, él me dijo, “si yo escribiría un libro, primero le pondría el título”; luego, con no sé qué libro en la mano y el librero del cuarto medio echado en la cama y en la mesa, me preguntó: “Papá, qué es prólogo”, intenté contestarle, o más bien le contesté intentando explicar: es un texto, le dije, que se pone en los libros, al principio, y que habla un poco sobre el libro, puede hablar sobre el contenido o sobre el autor, o sobre las circunstancias de escritura, o sobre el tema y otros libros de ese tema, etcétera.

 Uno o dos días antes, Teodoro, mientras empezaba la relectura de Autopista sanguijuela, me había dicho: «papá, soy un lector, y después a lo mejor voy a ser un escritor»; y ayer, mientras yo escribía ese articulillo y él me visitaba y me preguntaba y me daba explicaciones y reflexionaba, se decidió; en una de sus intervenciones en que le puse un poco más de atención o en que me agarró menos clavado, lo escuché decir, con emoción verdadera “No sé por qué me emociona mucho que estoy escribiendo mi primer libro”, me di cuenta que debía poner más atención, fui allá con él y me leyó lo que llevaba. Me sorprendió, lo que lleva realmente me parece bueno, incluyo en este post un video donde lo lee. Noté por supuesto que ha tomado como referente para su creación la novela que acaba de leer, Autopista sanguijuela, pero, la verdad, ha construido un buen discurso, está imaginando su propia historia y ahí la lleva.

Anoche, después de que me leyó varias veces su primer capítulo, lo escuché por allá leyendo una parte nueva, que no estaba en las veces que me leyó, y escuché que mencionó un “coordinador de actividades”, ese personaje sin nombre está en la novela de Villoro, pero no le dije nada. Antes de eso, –y también después de eso– me estuvo diciendo que tal vez después yo podía ayudarle a seguir con su libro, –a veces dice mi libro y a veces dice mi novela– le dije que sí pero no lo hice; le dije que yo podía ayudarle a platicar sobre lo que quiere escribir, pero que deberá escribirlo él, me dijo que sí; lo que él quiere, me parece, es que estemos juntos, aunque él escriba solo. Ahora mismo está escribiendo en el cuarto, me acaba de preguntar cómo se llama el lugar en el que le echan gasolina a los carros –gasolinera o estación de gasolina, le dije– recordé el debate sobre si gasolinera o gasolinería, casi cometo el error de citarlo, pero me contuve.

Hoy lo llamé, hace rato, y le comenté que escuché que anoche leía una parte nueva donde apareció un coordinador de actividades, le sugerí que lo llamáramos ayudante del chofer o segundo chofer –que hubiera dos choferes– para que no se llamara igual que el de Villoro, pero él me dijo que prefería que se quedara así; y agregó que esa novela (la de Villoro) también le sirve mucho para saber qué puede escribir porque es una novela que se parece un montón. No dije más, lo he dejado y ahora mismo él sigue escribiendo.

Cuando su mamá escuchó el capítulo uno, me preguntó si no lo había copiado de alguna parte, le dije que no –aunque lo ignoro, es lo que creo– es la influencia de la lectura, le dije, así uno se va apropiando sin darse cuenta de nuevas formas de usar el lenguaje, descubre y empieza  usar estructuras, palabras, fórmulas. (Pero si alguien que lea esto identifica en su novela algo de notar, dígamelo, por favor).

Bueno, ahora debo irme a guisar nuestra comida, los escritores necesitamos comer también; con hambre se escribe bien, pero sin hambre se vive mejor.

Antes de esto, Teodoro había escrito un par de cuentos, ambos como tareas escolares, se los comparto en próximas publicaciones.

Les dejó acá, por supuesto, a mi hijo leyendo el primer capítulo de su novela recién escrito:

Ángel Gustavo Rivas

Martes 08.06.2021

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Mi tercer Navachiste con hijo… Ángel Gustavo Rivas

Mi tercer Navachiste con hijo

Ángel Gustavo Rivas

Visité Navachiste por primera vez en 2008, fue una experiencia maravillosa, fui realmente un hombre feliz durante toda esa semana. Quise volver, desde luego, y he vuelto, en esta Semana Santa que acaba de pasar he tenido mi Navachiste número seis, hubiera sido el doce si nunca hubiera faltado, pero he faltado. He escrito sobre el Festival esta nota descriptiva, esta Invitación a Navachiste y esta como crónica nostálgica.

A veces, cuando se ha escrito tres veces sobre un asunto, uno se plantea realmente si debe escribir una cuarta vez, y a esta pregunta yo me he respondido que sí. Cada experiencia es diferente, cada festival es diferente, siempre hay nuevas personas, nuevos libros, nuevos talleres, nuevas lecturas, nuevas experiencias y nuevos aprendizajes. El Festival Navachiste es anual, y por lo tanto uno siempre vuelve otro, el mismo, pero otro, porque en un año algo cambia en uno necesariamente, aunque uno siga siendo el mismo.

Este es mi tercer Navachiste con hijo, un hijo pequeño. Navachiste en adelante siempre será, creo, un Navachiste con hijo, menos pequeño cada vez, como han venido siendo los últimos tres. Teodoro asistió por primera vez al Festival en la Isla de los Poetas en la semana santa del 2017; fue, según todo parece indicar y él mismo declara, inmensamente feliz.

Se quemó el pecho con café caliente desde el lunes, el primer día en el calendario oficial de Navachiste, el segundo día de nuestra estancia; se le despellejó y sufrió mucho dolor. Se durmió temprano ese lunes, con el pecho herido, con dolor, tranquilito, triste y feliz a un mismo tiempo. Tenía tres años de edad recién cumplidos el último día de enero.

En ese momento no había médico en el campamento del Festival, pero Javier Palacios Neri y su esposa nos proporcionaron un ungüento de sábila con lidocaína y eso le pusimos en un primer momento. Al día siguiente salimos en una panga a El Aparecido, y desde ahí en una camioneta al pueblo de Corerepe primero y a la ciudad de Guasave después, compramos sulfadiazina de plata y paracetamol o ibuprofeno. 

En el Centro de Guasave, Teodoro se nos perdió por unos cuantos minutos; estábamos en un ciber y yo me quedé a esperar unas impresiones, su mamá salió a buscar una tienda para comprar ni me acuerdo qué; ella entendió que yo me quedaba con el niño y de hecho entendió bien, eso es lo que, digamos, decidimos, pero yo me distraje, me descuidé y no sé qué dios malévolo me puso por algunos momentos nubes oscuras en el pensamiento. De pronto no miré a mi hijo por ninguna parte, pensé que quizás se había ido con ella pero recordaba oscuramente que ella se había ido sin él; lo busqué por todo el lugar, no lo hallé, salí a la calle y el mundo afuera era inmenso; no lo miraba ni por aquí ni por allá y no sabía muy bien qué hacer con esa inmensidad enfrente. Lo que hice fue simplemente caminar hacia una esquina, mirando para todas partes todo lo mejor y más atento que podía; ya ni me acuerdo, la verdad, si encargué en el ciber algo por si reaparecía allí; salí a buscarlo. Lo busqué y lo busqué: le di vueltas a la manzana por uno y por otro lado. Al dar vuelta en una esquina alcancé a verlo a lo lejos, una señora lo llevaba de la mano, eran para mí inconfundibles su figura y su ropa, traía puesta además todavía su gorra roja del Rayo McQueen. Alcancé a verlos apenitas, porque casi al instante de que los vi doblaron a la izquierda más o menos a mitad de la cuadra, lo que significaba que estaban entrando a algún domicilio. Corrí veloz y entré detrás de ellos, el lugar era una clínica de no sé qué, la señora estaba anunciando en la recepción al niño perdido que se encontró en la calle —había un policía municipal y personal de la clínica escuchándola y viéndola— yo entré antes de que ella terminara de contar lo que contaba. Entré con la boca abierta tomando aire, sin decir palabra apunté al niño «¿Es suyo?» preguntó alguien, asentí y me lo dieron, lo tomé y salí con él. Así de simple, nadie se encargó de verificar que en verdad yo fuera el padre o si quiera familiar del niño, nadie cuestionó ni indagó nada; si en lugar de encontrarlo yo algún robaniños hubiera entrado a fingir ser su padre, lo habría robado sin batallar.

Tomé a mi hijo en los brazos y empecé a consolarlo de su llanto, íbamos caminando, ya había dado la vuelta en la esquina de la que antes salí, al pasar por una tienda grande estilo súper mercado, salió su mamá de allí y se nos unió, yo no sabía dónde estaba ella, nuestro encuentro fue una coincidencia, «Aquí estoy», dijo, y seguimos caminando juntos. No se había enterado de nada, uno o dos minutos adelante le conté. Sólo Teodoro y yo padecimos la angustia de no vernos y no encontrarnos, a su mamá la historia le llegó en forma de relato, en mi voz, ya con el niño a salvo.

Llegamos al estacionamiento donde el Chiquillo había estacionado la camioneta, ya todos estaban allí, nos esperaban, pedimos disculpas por nuestro retardo y emprendimos el camino de regreso. En ese camino de regreso, parado en la caja de la pickup, con el viento dándome en el pecho y en la cara, me tomé la primera cerveza de la semana.

En esa edición del Festival yo participé en las Cápsulas Literarias leyendo una crónica y luego unas minificciones y hasta unos poemas breves. Teodoro participó en talleres: el de pintura de Anel Ávila, en el de instrumentos musicales de Flor Chavarría, en el de arte con reciclaje del señor Marco Canizales y en no sé cuántos más, y estuvo muchas horas jugando en la arena gruesa del Carrizo Colorado.

Ya no recuerdo si en esa primera ocasión lo metimos al agua del mar; en la segunda, en 2018, lo metimos, y lloró cuando yo lo zambullí completo para que se mojara la cabeza (ideas locas, ahora pienso, que heredé de la generación anterior; no volveré a hacerlo nunca más, ni con él ni con otro niño, si no quieren, no y ya). En este 2019, ya con cinco años de edad, se metió por propia voluntad al mar, primero con su mamá y luego conmigo y luego otra vez con su mamá. No sólo se metió al mar de buen grado esta vez, sino que él mismo lo propuso. Nuevamente lo zambullí, en esta ocasión no se negó y no lloró, lo hice como tres veces, le explicaba cómo tomar y retener aire, pero no pude evitar que las tres veces le entrara agua, no sé si tragó pero creo que sí. A la tercera vez me contestó «es que yo no sé hacer eso» y fue la última zambullida.

Hubo muchos picados de mantarraya este año, dos o tres en la parte del Festival y otros cinco o seis al otro extremo de la playita. Teodoro era consciente de que las mantarrayas andaban por allí y cuando nos metimos juntos al agua decía «ojalá que la mantarraya no venga», pero no se negó a entrar pese a la posibilidad de que una mantarraya pudiera aparecer, ya es un niño grande mi hijo, y es valiente.

Nos costó entrar, el agua estaba algo fría al principio, entramos bastante adentro, el agua tranquila de la bahía, sin olas, permite mojarse con bastante paz. Lo cargaba en los brazos cuando estábamos en lo más hondo, y trataba siempre de que el agua le diera al cuello, para que no le diera frío; poco a poco fue perdiendo los restos de miedo que le quedaban, entendió que yo lo estaba cuidando y confió en ello, así me pareció a mí.

Teodoro logró encontrar un huevo de pascua en 2018, era el niño más pequeño 😊

Por ser este su tercer Navachiste, ya mucha gente conoce a Teodoro, lo conocen en la cocina, Pilar —quien atiende el bar— y muchos visitantes reincidentes de distintas partes del país; en 2018 alguien me preguntó allí  «¿él es el niño que se quemó el año pasado?».

Pese a la quemada en 2017, Teodoro toda la semana anduvo sonriente y feliz. El médico del Festival, Gerardo Alvarado, le preparó una mezcla de cremas y toda la semana se la estuvimos poniendo. Yo siempre he dicho que se quemó el lunes, pero ahora que escribo he llegado a dudar si no habrá sido el domingo, porque el médico siempre suele llegar desde el lunes. En fin.

Ya luego, al parecer sin dolor, Teodoro de vez en cuando le mostraba a la gente, como curiosidad, su herida. Así, con la herida abierta, anduvo jugando en la arena, corriendo por allá y por acá, buscando huevos de pascua, actividad que dirigió, si recuerdo bien, Beatriz Camacho, de la sala de lectura La Vagabunda, cuyo esposo, el fotógrafo Victor Hugo Castro, se llevó a mi Teodoro unos minutos hacia su casa de campaña, junto con su hija Azalea, para darle una lechita de chocolate, minutos en que anduve por todo el paraje del Carrizo Colorado buscándolo. Luego Víctor se disculpó, pero bueno.

Ese año, 2017, estando en Ciudad México, nos decidimos a irnos un par de horas antes de que saliera el camión de Cabeza de Juárez, la Caravana a Navachiste que desde Ciudad de México organiza Anastacia Huautla, con ellos nos fuimos directamente hasta Navachiste, sin pasar por Culiacán; Anastacia nos prestó una casita de campaña en la que, con algunas dificultades, vivimos esa semana.

En 2018 Teodoro y yo nos fuimos en avión un par de días antes, llegamos a Culiacán y llevamos nuestra propia casa de campaña, en Guasave nos encontramos con la caravana, donde venía Paola, su mamá, y nos unimos a ella allí, llegamos juntos al Festival. Y en 2019 los tres volamos juntos  a Culiacán, descansamos allí tres días, nos fuimos en camión a Guasave, un Norte de Sinaloa, pero llegamos un poco tarde y no alcanzamos al camión del Festival hacia la playa; por suerte nos encontramos allí con Alina Zapata, artista sinaloense de la danza, y con Adalberto Denis, otro amante de las artes y navachistero desde hace varios años. Todos nos fuimos de nuevo a la Central Regional de Guasave, subimos las maletas al camión del Cerro Cabezón —por sugerencia del mismo chofer—; faltaba más de una hora para que el camión saliera, así que nos fuimos a comer pollo asado y a tomar cerveza.

En el camión encontramos a dos corerepenses, sólo recuerdo el nombre de uno, el del más platicador, Eliseo Vega, quien nos contó algunos cuentos y nos hizo más ameno el camino. También encontramos a un par de viajeros culichis que iban al Festival por primera vez. En el Cerro conseguimos una lancha y así llegamos, finalmente, a El Carrizo Colordo, ya con el ánimo navachistero iniciado desde Guasave, con el ecnuentro de Alina y Denis.

Lamentablemente la edición del 2020 ha sido cancelada debido a la contingencia sanitaria por Covid-19, la cuarentena en el país nos tiene a todos en casa, habrá que esperar a 2021 —y esperaremos amorosamente— para estar de nuevo en la Bahía de Navachiste leyendo poesía, tomando cerveza, mirando el mar, subiendo montañas, viendo a Teodoro pintar, dibujar y participar en diversas actividades que lo hacen feliz.

En 2018, el viernes, unas horas antes de que saliera nuestro vuelo (llegamos en la mañanita a Culiacán, volamos de madrugada) preparé algunos textos, escribí algunos nuevos y armé un conjunto que ya desde antes traía en mente, participé en el Premio, imprimí en Culiacán el archivo: felizmente, obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachsite con el poemario Loca esperanza de la vida mía. En este 2019 presentamos el libro, y de esa experiencia libresca les voy a contar otro día. Gracias por llegar hasta aquí, yo acá sigo escribiendo, nos vemos, pues, pronto.

Ángel Gustavo Rivas

Otros textos:
Veinte poemas de amor… O leer poesía para entendernos mejor
Poemas completos de Constantino Cavafis (reseña)
La sangre de Antígona, de José Bergamín (comentario)

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Mi último Navachiste, o cuando a la nostalgia le sobran los motivos, Ángel Gustavo Rivas

Visité el Festival internacional de las Artes Navachiste por primera vez en  la Semana Santa del 2008; en aquel tiempo tenía yo varios meses trabajando como peón de albañil desde que me despertaba hasta que era de noche, como ayudante de mi padre; en realidad, mi padre era algo explotador, y eso de ayudante estaba convertido en un puro decir, en una cortesía de forma. Antes de estos meses de trabajo intenso y con jornadas largas, había cursado algo así como 1.2 ciclos escolares en la escuela de Letras de la UAS, y durante ese tiempo que fui universitario trabajé de otras cosas.
El caso es que cuando llegó el Festival de Navachiste, bastante harto ya de esa especie de esclavismo, de esa saturación de sólo aislamiento y trabajo, me lancé para la Isla de los Poetas por primera vez, junto con el Cota, que por ese entonces vivía en la hoy desaparecida casa de estudiantes Julio Antonio Mella de las UAS, mejor conocida por el apellido, “La Mella», le decían. Al Cota lo había conocido en la escuela de Letras y nos frecuentábamos  por esos días; él era un veterano de Navachiste, yo iba por primera vez.
Esa semana fui muy feliz, ni cruda tuve ningún día pese a todos los días tomar todo el día. No me bañé en los siete que duró el festival, estuve en la fogata oyendo música, leyendo y escuchando poesía, asistía al taller del maestro Ricardo Yáñez -a quien allí mismo conocí y con quien desde entonces tengo una amistad; conocí allí también a muchos amigos, a la poeta y dramaturga Zaría Abreu, al cantautor Franco Narro, al escultor y narrador Paulo Gregorio Martínez, “Gollito”, al poeta y dramaturgo Carlos Nóhpal, al poeta organizador, Antonio Coronado, a su pareja y compañera, Celia Cortés, o otros muchos amigos de varias partes de la República, incluida mi propia ciudad de Culiacán.
Navachiste resultó ser todo lo que necesitaba en ese momento, había lecturas de poesía todo el día, tanto en la palapa, que hacía las veces de auditorio, como en cualquier rincón de la playa; estaba el mar, me bañé en agua salada; estaba el mangle, la montaña, el monte; estaban los amigos pescadores, los amigos poetas, los amigos en general. En esta ocasión yo fui como trabajador, es decir, no pagué mi cuota por la semana con dinero, sino con trabajo, y eso me quitaba de vez en cuando de algo para ayudar con la descarga de una panga que traía hielo, o agua, o alguna otra mercancía.
El primer domingo, cuando llegamos, trasladamos muchas cosas: tomates, carrizos, papas, la gran hielera y muchos artículos más; la primera noche, la del domingo, dormí en esa hielera, en la costa, sobre las arenas de El Aparecido; a la mañana siguiente llevamos todo al punto exacto del festival, la pequeña playa de El Carrizo Colorado. La segunda noche, dormí tras la cocina, junto con otros chavos de los que estaban allí como trabajadores, nuestra casa era la lona que del techo de la cocina sobraba, yo llevaba sólo una o quizás dos cobijas, pero no casa de campaña; para la tercera noche, unos chilangos me brindaron casa y entonces dormí en casa de campaña. Conocí a una chica, estuvimos juntos esa semana y después nos vimos fuera de Navachiste, pero esa es otra historia.
Al terminarse el Festival, deseé volver siempre; y volví al año siguiente; no fue tan maravilloso como la primera vez, porque ahora ya sabía lo que era y porque ya no era nuevo, y porque… no sé por qué, pero de todos modos fue una experiencia muy buena, y nuevamente Navachiste fue bueno, y deseé de nuevo volver; el tercer año, 2010, la ida se dificultó, llegué el miércoles por la noche, medio festival transcurrido ya. En esta ocasión, después de que al llegar coloqué mi casa de campaña, amanecí tirado en el suelo, sobre la arena, bajo la palapa, desperté como a las seis de la mañana, y me fui a mi casita  a descansar un poco, casi todo el campamento dormía aún. De un Navachiste a otro había habido, en mis experiencias, una cierta decadencia. Esa fue la última vez que fui, o ha sido la última hasta ahora.
En esa ocasión, justamente la primera vez que no vivo el festival completo, sino de la mitad pa delante, Celia Cortés, quien por entonces se encargaba de la sección cultural de Río Doce, me pidió que escribiera una nota sobre el Festival, cosa que  yo hice con mucho gusto: pregunté, me enteré y redacté; la nota salió publicada en el semanario con el título “Navachiste, festival sui generis”, una de las cosas que en ella dije del Festival y que seguramente se habrá dicho y se seguirá diciendo muchas veces; cada vez que haya un visitante que llega por primera vez deberá sin duda darse cuenta de ello, y lo diga o no, lo entenderá así.
Seis años han pasado desde entonces, seis festivales, seis semanas santas en que no he vuelto a pisar la arena gruesa de Navachiste, en que no he vuelto a comer pescado frito sacado del mar un ratito antes, en que no saludo a muchos amigos navachisteros que sólo en Navachiste solía ver, seis años de no estrechar sus manos ni abrazarlos. A uno de esos amigos, a una amiga navachistera, ya no podré estrecharle nunca más la mano ni podré abrazarla nunca, Celia Cortés murió y yo me enteré a la distancia, por internet, creo. La tristeza que sentí, ni qué decirlo, fue profunda. Pensé inmediatamente en los amigos Juan David, hijo de Celia, y Antonio, esposo. Fue difícil para mí -siempre lo ha sido- dirigirme a ellos para decirles que lo siento mucho, que también yo lo siento mucho y que me conduelo con ellos. Lo hice, sin embargo; otro trago triste.
Esta es la clase de cosas tristísimas que no pueden dejar de pasar, la muerte de los amigos, un día seremos el amigo muerto y otros sentirán tristeza. Lo que me pesa sobremanera son esos seis años sin Navachiste, esos seis años en que tantas veces no vi a los amigos.  Sin embargo, la ausencia también permite a veces componer las cosas, y éste es el caso, mi ausencia fue larga pero me sirvió para recuperar una experiencia navachistera feliz, rompí la racha de decadencia progresiva y ahora estoy mejor. Hasta el párrafo anterior este texto lo escribí en el sexto año de ausencia, en el año 2016, lo he retomado y he decidido terminarlo porque he vuelto a Navachiste, volví el año pasado, en 2017, y volví otra vez en este 2018, y espero poder volver cada año, espero no volver a tener esas ausencias, no tan prolongadas al menos.
En 2018 obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachiste, ese Premio que es piedra angular del Festival; me siento sumamente feliz de ello; el libro estará publicado entrando el año 2019, lo presentaremos por primera vez en el propio Festival, en la próxima Semana Santa; y quiero agradecerle a Celia la confianza que siempre tuvo en mí, las invitaciones que siempre me hizo para ser parte del devenir cultural en ese Sinaloa nuestro que vivimos a pie, en que creamos arte y en que compartimos arte, en que el sol nos forjó fuertes las almas y también los cuerpos, para seguir andando, para hacer festivales, cuadros, libros. Por invitación de Celia participé las primeras veces presentando revistas, leyendo; ahora no hace falta que nadie me invite, como Navachiste es parte de mi vida de cierto modo, yo llevo siempre mis lecturas listas, yo me apunto, yo participo. Y de alguna forma Celia participa también, pues si es parte de nuestros pensamientos navachisteros, es entonces parte de nuestra actividad navachsitera, de nuestro Festival Navachiste.
Mi último Navachiste, ahora, es siempre el Navachiste próximo, el que está adelante.
Ángel Gustavo Rivas

Conoce la poesía de los poetas que han obtenido el Premio Interamericano de Poesía Navachiste desde 1992 hasta 2017, todos están incluidos en esta Antología poética de Navachiste, disponible para su compra -baratísima- en Amazon.
Antología de poesía de los poetas que han obtenido el Premio de Poesía Navachiste hasta 2017


Para que entiendas un poco más de lo que se trata, lee esta invitación y reseña del Festival Internacional de las Artes Navachiste.

En tiempos más recientes también escribí esta nota con amplia información sobre el Festival Navachiste.

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Nota: así como el texto de este artículo, la imagen de la bahía también es mía, y la tomé durante la semana del Festival Internacional de las Artes Navachiste 2018.
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