Sismo de 7.1°, 19 de septiembre de 2017. Minicrónica personal | Ángel Gustavo Rivas
Así vivimos el sismo de septiembre de 2017
Aquí estamos Teodoro y yo el día 19 de septiembre de 2017, a las 15:13 horas, poco menos de dos horas después del tremendo sismo de 7.1° que movió la Ciudad de México y que tantos edificios tiró a las 13:40 horas.
En el momento del sismo yo me tomaba un café en Coffee Depot, en avenida Chapultepec 490; mientras llevaba la taza a mi boca, sentado en un cómodo sillón, el suelo empezó a moverse sin previo aviso, luego de seguir como si nada por un segundo o un segundo y medio, terminé por notarlo y «está temblando», dije, entonces nos paramos y salmios a la calle. Ya desde el camellón de avenida Chapultepec, pude ver cómo tronaban y se hacían trizas los cristales de la pieza donde unos segundos antes sostenía la taza; pude ver también cómo se movía el edificio de al lado del Coffe Depot y me pareció que inevitablemente caería, vi separarse por las juntas los bloques de las paredes, «se va a caer el edificio», dije yo; y luego, del lado derecho, donde en otro edificio algo cayó en la planta baja, vi salir de entre el polvo a una mujer de rostro oriental -quizás coreana, quizás japonesa- con dos niños de la mano, corriendo torpemente y llorando. Justo en ese momento, empecé a correr hacia la guardería donde estaba mi hijo, la cual se encontraba ubicada sobre la calle Río Guadalquivir en la colonia Cuahutémoc. Todo esto pasó en brevísimos, poquísimos segundos. La alerta sísmica se activó después del desastre, no antes como suele suceder.
El camino fue un poco complicado, ya las calles estaban llenas de gente y de los edificios más altos seguían aún bajando personas, sobre avenida Paseo de la Reforma había numerosos casos ya de gente con crisis nerviosa y un olor bastante fuerte a gas. Alguien por allá gritaba «¡No prendas el cigarro! ¡No prnedas el cigarro!», alguien por acá recomendaba y pedía «¡No prendas tu moto, por favor!»; por la calle ya no era posible la circulación de autos, todo estaba lleno de gente, las más desorientadas, algunas temblorosas, otros aún nos manteníamos en calma; pero ante las escenas del desastre yo empecé a preocuparme más por llegar pronto a recoger a mi hijo, no había dejado de correr y ya sentía no sé qué cosa en la garganta porque no estaba en buena forma física para correr de una tirada tantísima distancia, pero hice el esfuerzo lo mejor que pude para llegar lo más pronto posible.
Al llegar a la guardería me sorprendió la calma y el control, me sorprendió gratamente, desde luego. Las maestras hicieron un trabajo excelente, no había ningún niño asustado. Me entregaron a mi hijo, lo tomé en brazos y volví hacia Reforma. Estuvimos un rato por el Ángel, pero el olor a gas ahora era más fuerte, así que me moví de nuevo hacia Chapultepec, tomé la calle de Varsovia y justo por la mitad de la primera cuadra, donde está le IPAB, el olor a gas estaba mucho más fuerte aún, los policías de la PBI que custodian el lugar permanecían ahí, y dijeron algo -no sé qué cosa- sobre las fugas de gas en el propio edificio, yo apuré el paso y llegué hasta Quill Idiomas, escuelita donde trabajaba como maesto de Español para Extranjeros, había dos profes extranjeros ahí, un holandés llamado Ralph y un inglés llamado Alex, estaban los dos bien tranquilitos como si no hubiera pasado nada y como si no apestara a gas tremendamente, por un momento intenté imitarlos, pero el olor a gas me hizo pensarlo de nuevo y mejor salí y los dejé a ellos con su vida normal allí.
Caminé con Teodoro hasta el punto de la foto, que es la misma avenida Chapultepec pero ya frente al metro Sevilla, cuyo edificio se ve a nuestras espaldas. Habíamos pasado al as tiendas Oxxo y las del Seven, pero todas habían suspendido sus servicios, en la esquina de Chapultepec y Toledo, sin embargo, una tienda de abarrotes hacía su agosto y allí compré agua y las galletas cuyo chocolate puede verse en las comisuras de los labios de mi hijo en la foto.
Desde ese punto pudimos ver también cómo salía un tremendísimo chorro de gas, que parecía de agua, de un tanque estacionario enorme en la azotea de un edificio, el más alto, ubicado en la cuadra de Londres entre Praga y Varsovia, más tarde vimos la pequeña figura d eun bombero rodeando el tanque, sin que la salida de gas se detuviera ni se disminuyera.
Después, ya no recuerdo bien qué cosas hice, pero yo creo que debo haberme ido caminando a la casa, porque los transportes públicos dejaron de funcionar.
Yo vivía por aquel entonces en un cuarto piso den la colonia Daniuel Garza, relativamente cerca. Cuando llegué a la casa, vi que como máximo daño había unas cosas en el suelo, que se cayeron de su lugar, ni grietas tuvo el edificio ese.
Al día siguiente, Teodoro jugando sobre un sillón cama en la sala, repetía inocentemente, «Alerta símica, alerta símica», «así que ahí vienen los simios», pensé, y le di una bola de besos al marrillo juguetón y simpaticón y hermoso 🙂
Después supe por una maestra que en el edificio mismo de la guardería, que era una casa de dos plantas nada más, la cosa no había sido tan intensa, pero que del edificio de al lado, que sí tiene como unos diez o doce pisos al menos, ella vio que caían cosas, bloques o ladrillos o sepa qué, y que sintó miedo, se asustó, pero logró mantenerse bajo control y seguir con su protocolo para el caso. La verdad, repito, creo que hicieron un gran trabajo.
Luego de eso nos cambiaron a los niños de la guardería a un domicilio por la calle Río Grijalva, en la misma colonia Cuauhtémoc, donde ellas, las dueñas, tenían también al parecer un kinder.
El resto de la historia, en lo general, la vismo por las noticias, en periódicos y noticieros, y por las redes sociales, los daños y el número de persons que perdieron la vida fueron grandes.
El edificio de junto al Coffee Depot sigue en pie, deshabitado desde entonces. Ojalá lo derriben pronto, porque es un peligro latente.
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