Día del niño: del amor y la memoria. Sobre el padre que soy, el hijo que tengo y el niño que fui… (Prosa y versos)

Día del niño: del amor y la memoria. Sobre el padre que soy, el hijo que tengo y el niño que fui… (Prosa y versos)


Miércoles 30 de abril de 2025 

Hoy es Día del Niño, y no había pensado en el niño que fui yo porque soy padre ahora, y estoy casi siempre ocupado pensando en el niño que es mi hijo. Y digo esto porque he visto que mis contactos de Facebook -algunos de ellos- han compartido fotos de sí mismos cuando niños, y esto fue lo que me hizo ver que, a diferencia de ellos, con motivo del día del niño yo he pensado sólo en mi hijo niño, y no en mí mismo de niño.

Vi hace unos minutos una foto de mi hijo con dos primitos suyos culichis, son todos de la misma edad, y la foto es justamente en el patio donde yo fui niño; la vi en una “historia” de Facebook, y entonces me puse a pensar. Quería escribir un poema, pero me puse a escribir esta prosa, tal vez intente un poema más tarde. 

El caso es que tengo un niño ahora, un niño hermoso que vive conmigo y que está a mi cargo, depende de mí; su bienestar depende de mí, su educación y desarrollo dependen en gran medida de mí, y lo mejor que he podido, cada día de su vida, he procurado que él esté bien y que sea feliz. 

Tal vez porque no tiene hermanos, me surgió hace poco una nueva inquietud: su capacidad para ser independiente, vivir solo y ser feliz desde sí mismo, por sí mismo y para sí mismo; sé que tiene la voluntad, pero la vida suele ponerle pruebas muy duras a todas nuestras voluntades. En parte porque no tiene hermanos y en parte porque yo mismo he propiciado más el apego que la independencia, esta idea surgió hace poco, pues, como una inquietud. 

Pensando ahora mientras escribo, creo que la inquietud está uno o dos puntos antes que la preocupación, y echando mano de una frase que ya es cliché, he tratado de ocuparme antes que preocuparme, y he intentado empezar a hacer cambios al respecto, cambios con acciones, actitudes, frases, tareas y otras cosas; cambios pequeñísimos que he procurado venir aumentando paulatina y progresivamente; cosas pequeñas que pretenden involucrarlo cada vez más en la constitución y el soporte del bienestar propio. Básicamente he procurado empezar a delegarle en cantidades pequeñas, fragmentarias, la realización de acciones que antes hacía yo completa y exclusivamente: cargar por ratos su mochila, recoger sus trastes sucios, lavarlos a veces, estudiar un poco más y jugar un poco menos (aunque de todos modos juega mucho y ve -y a veces vemos- muchas series animadas, películas y videos). Próximamente empezará a poner a lavar su propia ropa y lo inscribiré en una escuela de futbol o algo así, los niños exploradores, quizás.

Hoy ya es 28 de mayo, se me ha pasado ya casi un mes completo; he vuelto y escribo este párrafo, y hago ediciones múltiples a todo este texto en prosa (la escritura es un proceso, no cabe duda); pero casi todo el texto, y el poema que sigue adelante, fueron escritos el mero día del niño. Lo comparto ahora, y estoy atento a cualquier comentario. 

No había pensado -como dije al principio de este texto- en el niño que yo fui, pero luego lo hice y a partir de esa memoria, (y de este presente, desde luego) escribí los siguientes versos, que constituyen, de cierto modo, una visita desde mi yo adulto a mi yo pequeño, con la sonrisa en el rostro y la alegría en el corazón, de que me ha proveído el amor de mi hijo y el amor mío por mi hijo. Una visita no sé si a escondidas, porque supongo que mi yo niño no me verá, sino con la mirada y desde la conciencia de mi yo adulto. Pero, de hecho, no tengo ninguna certeza de estas cosas que digo, intentos de conjeturas surgidos desde una voraginosa mezcla de la emoción, la nostalgia, el amor, la distancia temporal, el dolor acaso y la voluntad del bienestar. Pero, sea lo que fuere, los versos que escribí son los siguientes.

Poema del Día del Niño de 2025, para el niño que yo fui…

Hoy es Día del Niño.
Soy adulto, soy padre.
Pero en este adulto confluyen
el niño que fui
y el hombre
que soy.

Soy adulto, soy padre,
y sé que mi hijo ha entrevisto
más de alguna vez,
de más de algún modo,
ese niño que fui yo,
y ha querido abrazarlo
cuando me abraza,
y ha querido decirle
te quiero,
yo sé que eres bueno.
Y ese niño que yo fui
sólo puede ahora
mediante el adulto
que soy
recibir ese abrazo
y ese amor.
Yo lo recibo
por el adulto que soy
y por el niño que fui
en este corazón
que aún es el mismo.
Y por la memoria
se lo entrego
a ese pequeño
para que el amor,
para que el calor
nunca le falten.

Ángel Gustavo Rivas


Gracias por leer estas palabras, mezcla de recuerdos, nostalgia, preocupaciones y amor. Si este texto te hizo pensar en el niño o la niña que fuiste, o en los hijos que acaso hoy acompañas, me encantará leerte en los comentarios.

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Los hijos pequeños y el celular, Ángel Gustavo Rivas


Los hijos pequeños y el celular 

No sé cuántas puedan ser infundadas, pero a mí la paternidad me ha generado y me sigue generando desde luego un montón de preocupaciones, hoy voy a hablar de algunas de ellas, algunas que tienen que ver con el uso del celular en los niños, con el uso del celular por parte de mi hijo.

Algunas de estas preocupaciones quizás algo tengan de romántico y sean propias de una generación de transición, como considero que es la mía, pero otras sí son definitivamente objetivas y tienen que ver, de hecho, con posibles daños a la salud y a la atención o capacidad de atención de mi hijo.

Muy bien, empiezo. La primera, una en relación con afectaciones a la salud y que podría además dejar secuelas para toda la vida, es la posibilidad de que por el exceso de exposición pueda estársele generando algún grado de estrabismo. Ahora ya no tanto (o acaso me he fijado menos o me haya acostumbrado), pero hace algún tiempo me parecía ver eso.

Lo que decidí fue permitir que usara menos tiempo y por periodos más cortos el celular, lo que hice fue hablar con él y explicarle, expresarle mi preocupación y decirle lo que haríamos. Por supuesto su carita fue de tristeza, no discutió -acaso era muy chico todavía- ni lloró, pero se puso triste.

Lo ideal sería, desde luego, no haber permitido nunca que llegara a haber jornadas prolongadas de uso del celular, pero el caso es que eso sucedió. Luego he intentado ir variándole las pantallas, es decir, le permito usar más tiempo la computadora o la televisión y le pido que se mantenga a una cierta distancia, en lugar del celular. Pienso que el celular podría generarle o estimular el avance de un posible estrabismo por ser una pantalla mucho más chica, que además mantiene demasiado cerca de la cara, puesto que suele cargarlo en sus manos.

También probé a prestarle el celular pero manteniéndolo sobre una mesa, con una base porta celulares, para que no tuviera que traerlo en las manos y se mantuviera un poquito más distante, pero en definitiva la mejor opción para el caso es una pantalla más grande y una distancia igualmente mayor.

Es difícil o impracticable y muy probablemente inconveniente privarlos por completo de dispositivos móviles, como el celular o la tableta, pero es indispensable, así mismo, estar siempre al pendiente del tiempo de uso y la manera en que lo usan.

Nuestros niños, lo sabemos bien, no pueden cuidarse por sí solos, no tienen la conciencia necesaria aún de las cosas, y sólo desean pasársela bien. Sin duda en la mayoría de los casos no es fácil, pero debemos esforzarnos por buscar el equilibro en las actividades y las mejores maneras de comunicarles nuestras decisiones.

Yo, por mi parte, siento desde luego con frecuencia algún poco de inquietud en la consciencia porque tiendo a pensar -y no creo equivocarme- que si pasara más tiempo compartiendo con él actividades, él tendría quizás hábitos más sanos en cuanto al uso de estos dispositivos, -y esto, pienso, es un mal general, o muy amplio, de la paternidad-.

La verdad es que intento estar lo más que puedo, pero ya saben, algunos podemos más y otros menos, depende de muchos factores y entre ellos uno que pesa mucho es la situación económica, entre más tranquilidad económica hay, más tiempo y de mejor calidad uno puede tener no sólo para con los hijos, también para con uno mismo y en otros aspectos.

De cualquier manera, lo importante es estar siempre atentos y cuidar a nuestros hijos lo mejor que podamos; si vamos a causarles alguna pequeña tristeza hoy, a cambio de asegurarles un mejor bienestar en el futuro de su  vida de adultos, yo creo que vale la pena. Esas pequeñas tristezas, además, se olvidan pronto y se curan fácil, con amor y compañía.

No olvidemos que es necesario que guiemos a nuestros hijos y que necesitamos en ello ser firmes y objetivos, fuertes y amorosos. Su bienestar general es el objetivo, su bienestar general para ahora y para el futuro.

La segunda cosa que al respecto me he puesto a pensar es que, si descuidamos un poco el asunto, los niños se vuelven verdaderamente adictos, con las implicaciones de sufrimiento que tiene en sí la patología de la adicción, y no queremos eso para nuestros hijos. 

La adicción es algo terrible, una adicción es una relación de dependencia, de necesidad indiscriminada, de necesidad eterna, por lo tanto, padecer una adicción significa carecer de libertad. La psique de nuestros hijos estaría secuestrada, sus pensamientos estarían siempre ocupados en una sola y única cosa: el celular, los juegos del celular, las aplicaciones de juegos. De verdad que eso me parece terrible.

Lo he vivido con mi hijo y me he sentido realmente mal de ver cómo no podía sustraerse de estar siempre pensando en Minecraft o en Plantas contra Zombies en su momento, o en los canales de Youtube que suele ver. Y si hablaba, en cualquier momento, siempre era para eso. 

Cuando lo recogía en el kinder lo primero que me contaba era una cierta forma de hacer alguna cosa en algún juego, ya una casa grande y bonita y segura en Minecraft, ya una estrategia o cosa parecida en Roblox. O me contaba las últimas cosas que había visto en el canal de Karim juega o con Plech (a quien ya no vemos porque se volvió muy grosero), o con Macoto, etcétera.

Esto estuvo sucediendo un tiempo corto porque puse inmediatamente manos a la obra, me puse en acción en todos los aspectos y ahora mi hijo controla mucho mejor eso, no es ya un dependiente y de pronto otra vez vuelve a jugar con sus carritos. Sigue jugando con el celular, por supuesto, y viendo videos, y habla de vez en cuando de ambas cosas, hablamos, pero ya no es lo único que hay siempre en su mente.

He visto, y esto es importante, que a pesar del grado de adicción que había llegado ya a desarrollar, está perfectamente dispuesto a dejar de ver videos y de jugar con aplicaciones del celular, si yo puedo estar más tiempo con él. A nuestros hijos, pues, les hacemos falta cerca, presentes, allí. Nuestros hijos nos necesitan con ellos.

Ellos tienen, ahora que son pequeños, una necesidad enorme de compartir lo que están aprendiendo, lo que descubren, lo que crean, lo que piensan, lo que desean, lo que les gusta, lo que los inquieta, lo que se les ocurre. Necesitan que les brindemos compañía y que les pongamos atención. 

Y cuando digo compañía hablo de compañía efectiva, real, total, práctica, interactiva. 

No es compañía interactiva, por ejemplo, estar cerca pero trabajando en la computadora o en cualquier otra cosa (taller, por ejemplo). No es compañía suficiente, porque no se genera la interacción que produzca la sensación de compañía efectivamente; se vuelve un acompañamiento físico sin acompañamiento emocional, y eso genera, a final de cuentas, la sensación de soledad. 

Nuestros hijos están interactuando en el mundo, en diferentes espacios y con diferentes personas, este cambio de escenarios y de personajes puede verse como un recorrido en tren, donde cada escenario o espacio diferente sea una estación, y se necesita, definitivamente, que en el espacio del hogar se genere el sentido de pertenencia, la sensación de seguridad, y eso sólo es posible si los individuos del hogar, es decir, nosotros, su familia, nos involucramos mucho más y de manera más personal y afectiva con ellos que todos los individuos de las otras estaciones en el camino del día.

No es suficiente compartir el mismo espacio por más tiempo que en la mayoría de los otros lugares, (lo que, por cierto, en tiempos de clases normales no sucede: los niños pasan más tiempo en la escuela y buena parte del tiempo en casa es durante la noche, en que no hay interacción). Los niños saben que somos su familia y que la casa es el lugar adonde se llega al final del día, eso ya es algo, pero no es suficiente, el hogar lo hace sobre todo la familia, la convivencia familiar, no el inmueble.

Necesitamos generar en nuestros hijos la sensación, la seguridad de que sus papás estamos siemprea allí y de que estaremos siempre allí, y esto no se logra con la sola presencia física, ni con salvarlos heroicamente de los perros en la calle y defenderlos siempre afuera; eso es indispensable también, pero es sólo una parte. La otra parte es la de la cotidianeidad en el hogar, estar no es estar si no nos involucramos con ellos y con sus emociones de manera interactiva. El amor es práctico o es como si no existiera, no puede ser sólo teoría.

Entonces, qué hacer. Bueno, creo que una forma de empezar es darse siempre un tiempo para jugar con ellos, de preferencia con juguetes tradicionales, (carritos, muñecos, juegos de mesa…), pero si no se tienen o no es factible aún por alguna razón (como la mucha insistencia del  niño o niña de que sea un videojuego) se puede empezar con videojuegos, y poco a poco ir convenciendo al peque de utilizar los juguetes de nuevo. 

Ver videos juntos también es bueno, pero para fortalecer los lazos, para fortalecer la relación entre padres e hijos y generar esas sensaciones que deseamos generar de seguridad y confianza, son mejores los juguetes, y aún los videojuegos, que los videos, puesto que de las tres cosas los videos son los que menos interacción permiten, es una actividad mucho más pasiva que la de jugar.

Si hay tiempo para hacer las tres cosas, mejor, si no, hay que priorizar en este orden: juguetes tradicionales, videojuegos, videos o películas. 

Cuando se hayan visto videos o películas juntos, siempre debe procurarse la interacción posterior a la visualización: se puede platicar el actuar de un personaje, se puede jugar a que cada quien es alguno de los personaje y actuar una escena o bien inventar otra, pero siempre es de suma importancia generar interacción, tener actividad, usar los sentidos juntos.

A veces nuestros hijos no se sienten seguros de contarnos lo que les sucede, y eso es porque no hemos creado esa relación de confianza, no los hemos ayudado a confiar en nosotros; a lo mejor no saben que lo mejor es contarnos las cosas que les pasan para que nosotros podamos ayudarlos, y entonces se guardan sus experiencias negativas y no reciben de nosotros la orientación y el apoyo que podría irlos formando desde su infancia para afrontar mejor cada situación complicada de la vida. Esto, desde luego, resta a su calidad de vida. No estarán siendo todo lo felices que podrían ser.

No podemos esperar que nuestros hijos entiendan que pueden o deben confiar en nosotros si ellos simplemente no sienten esa confianza; la confianza no se logra dando explicaciones, sino generando sensaciones. Por eso la forma correcta de lograr su confianza es desarrollando una relación afectiva cercana. Y esa relación afectiva cercana se logra con la interacción diaria, por ejemplo como he descrito arriba.

Muy bien, volviendo al tema del uso del celular y para cerrar este artículo, ya sólo comentaré porque dije al principio que una de mis razones era acaso romántica, y es porque entre más los niños juegan con el celular, menos juegan con los juguetes tradicionales. A mí realmente me gustaría que mi hijo jugara más tiempo con los carritos, por ejemplo, que con el celular. Pero los tiempos cambian y cada uno debe de vivir en el tiempo suyo. También nuestros abuelos habrán sentido nostalgia al ver que nosotros jugábamos con autos de control remoto y otros juguetes modernos en detrimento del valero, por ejemplo. Eso es ya meramente una sensación personal.

Por ahora, pues, es todo. Pero sigo por acá escribiendo. Si te ha gustado este texto,  te sugiero suscribirte al blog y así te enteras de cada vez que publique otro. 

También, desde luego, me encantaría leer tus comentarios, si quisieras compartir un poco de tu experiencia, tus percepciones y tus métodos.

Gracias.

Ángel Gustavo Rivas


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El poema de “El miedo”, de mi hijo Ángel Teodoro Rivas

Ayer grabamos este poema de “El miedo”. Teodoro, como siempre, escribía sobre la mesa en su cuarto y yo escribía en el vejestorio de computadora de la sala, cuando de pronto escucho su voz que me llama: “Papá, ya escribí otro poema, se llama “El miedo”; acto seguido, yo me levanto de mi silla y voy hacia donde está él, para que me lo lea.

Le dije que lo grabaría y estuvo de acuerdo, quise esta vez grabarlo desde su primera lectura, porque siempre me encanta, aunque se equivoque más, aunque titubee más, aunque lo que sea, siempre la primera lectura que hace en voz alta es única, más espontánea, desde luego, que todas las posteriores.

Pero bueno, no sé qué tanto habrán influido mis comentarios, que no todos fueron precisamente sobre su poema o la creación literaria, sino que hablamos también de insectos y de su presencia en las casas, el hecho es que después de que hicimos la grabación Teodoro escribió un poco más y, por lo tanto, el poema que en este video se muestra no está completo, lo completó más tarde. Quise de todos modos compartirlo para que vayan viendo un poquito más o menos como lee mi hijo sus propios textos. Lo que escribe mi hijo cuando escribe poesía es muy variado, este es un texto con cierta tendencia narrativa, pero a veces el nivel de abstracción en sus poemas es realmente admirable, para que lo vean ustedes mismos, visiten el enlace de su primera lectura pública, que al momento en que esto escribo no ha tenido lugar aún, pero ya habrá sucedido probablemente ahora que tú lo lees. El video se habrá de encontrar aquí.

La versión completa de este poema seguramente la leerá en directo en la transmisión del próximo domingo 01 de agosto, allí los esperamos, ojalá puedan acompañarnos.

Si no pudieren asistir a la lectura en vivo, o si llegan a este texto en el futuro, cuando esta lectura sea ya parte del pasado y no del porvenir, pues vayan de todos modos al enlace de la lectura “Ángel y Ángel: lectura de poemas”, que el video quedará grabado y disponible allí. El enlace es éste.

Esto otro ya no se lo dije a mi hijo, porque no quiero meterle ideas estorbosas en la cabeza, pero el riesgo de compartir este video es que la gente va a pensar que tenemos cucarachas en la casa, jajajaja, y peor los que ya conozcan mi propio poema sobre las cucarachas, pero en fin, qué más da, ése es un riesgo que corremos permanentemente los escritores: que haya gente que piense que todo lo que decimos en nuestros textos es algo que nos pasa y que nos sigue pasando, jajaja.

La verdad es que hemos luchado contra la plaga de las cucarachas en diversos domicilios, y siempre que se aparezcan estaremos listos para la batalla, con miedo o sin miedo, estaremos listos, jeje.

Y ahora, la lectura del poema por el mismo Teodoro:

Había escrito un párrafo o dos más sobre el final que luego de esta grabación agregó Teodoro a su poema, pero no he dado con ellos, si aparecen, los traeré.

Por ahora es todo, muchas gracias por pasar.

Ángel Gustavo Rivas
Ángel Teodoro Rivas


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Teodoro ayer empezó a escribir su primer libro (dice que a las 3 de la tarde)

Teodoro, mi hijo de siete años, ayer empezó a escribir su primer libro, es una novela infantil que relata un viaje desde Baja California hasta Acapulco, y en el transcurso, desde luego, hay situaciones entre los personajes y aventuras de viaje que son lo que constituye, básicamente, el asunto del relato.

Teodoro tiene pocos libros infantiles, me tendré que esforzar por comprarle más en esta crisis que nos trajo la pandemia. Tiene pocos, pero todos los ha leído muchas veces, algunos probablemente diez veces, el que menos ha leído, de los más breves, lo ha leído cuatro veces como mínimo, y creo que es Nana María, de Ethel Krauze; y el que menos ha leído, de los más largos, lo ha leído dos veces, que es El Principito, de Antoine de Saint Exupery.

Ha leído montones de veces Los asustadores del ruido, de Claudia Islas Coronel; Una bicicleta para el cocodrilo de David Martín del Campo, libro que le regaló la maestra Laura Cázares Hernández, (ahora me acaba de informar que le ha puesto ya un nombre al conductor, se llama Emilio, hace ratito me dijo que había agregado un nuevo personaje, un constructor que viaja a Acapulco para construir un departamento; mientras escribo este artículo en la computadora de la sala, Teodoro avanza en su novela en la mesa del cuarto); ha leído varias veces una versión de El gato con botas que le compré en el súper; tiene un libro que se llama Costras, de Georgina Martínez, que le compró directamente a la autora en el Festival Navachiste, de 2019 creo, esa fue la primera vez que mi hijo me pidió dinero, me pidió cien pesos para comprar el libro. 

El libro de Los asustadores del ruido se lo regaló la autora, también en Navachiste, es un libro ilustrado, igual que el de Costras, y además, Claudia Islas le regaló también una antología de literatura infantil sinaloense, donde Teodoro ha leído a un montón de escritores sinaloenses, mis paisanos, como Ernestina Yépiz, Aleyda Rojo, Rubén Rivera, Glafira Rocha, Juan José Rodríguez, Enrique Corral, etc., poetas y narradores, además de, claro está, a la propia Claudia Islas, a mi querida amiga la doctora Dina Grijalva y allí mismo viene también, pero sin ilustraciones, el cuento de “Costras”, de Georgina Martínez. Este es quizás el único libro que tiene de literatura infantil sin ilustraciones, todos los demás las tienen, algunos muchas, como Una bicicleta parta el cocodrilo y Los asustadores del ruido, algunos bastante menos, como Nana María.

Hace una semana o semana y media, Teodoro terminó de leer el libro más largo que ha leído hasta ahora, la novela infantil Autopista Sanguijuela, escrita por Juan Villoro e ilustrada por El Fisgón, una novela de ciento setenta y nueve páginas -según el mismo Teodoro me ha informado-, y es de esa lectura de la que hay mayores rastros en su escritura. Ahora Teodoro escribe con toda naturalidad intervenciones del lenguaje directo de los personajes acotadas con frases como “preguntó el papá”, “dijo Renata”, etcétera; frases que pronuncia el narrador para señalar, precisamente, esas intervenciones. Eso lo da la lectura, por supuesto.

Hace apenas unos días, en una tarea escolar apareció la pregunta de si se entendía con suficiente claridad cuando hablaba el narrador y cuándo hablaban los personajes, Teodoro no sabía que era el narrador, se lo expliqué lo mejor que pude y creo que lo entendió muy bien porque ayer, luego de que había escrito su primer capítulo, me dijo “Casi toda mi novela la dice la voz del narrador, pero también hablan a veces los personajes”.

*

Ayer mismo, lunes siete de junio de 2021, Teodoro se planteó que podría ser escritor, un rato más tarde se decidió y empezó a serlo. Yo estaba en la computadora escribiendo un artículo que publiqué en Altavoz México, artículo que inicié como un post en Facebook pero se me hizo largo y lo llevé a Altavoz; mientras lo escribía, Teodoro vino muchas veces a mí, me comentaba cosas, me preguntaba cosas, yo le ponía poca atención, porque estaba escribiendo, pero  le contestaba siempre, le pedía que me esperara, le decía que enseguida iría.

Teodoro siempre se acerca cuando me ve escribiendo, hace unos diez días lo hizo mientras yo escribía algo que no deseaba que leyera, así que le pedí que no lo leyera, pero no me obedecía, de modo que tuve que poner la letra en tamaño dos y seguir escribiendo así, la escritura avanzaba pero era imposible leer; me pareció que no era justo para el chiquitín, él quería estar cerca, acompañarme, compartir, así que intenté darle alguna explicación y pedirle disculpas, le dije que se lo enseñaría cuando fuera más avanzado, que quería escribir un libro de sesenta páginas –aunque nunca he escrito un relato tan largo, mi cuento más largo tiene 13 o 15 páginas–. A Teodoro le satisfizo la explicación y se fue contento a hacer otras cosas; más tarde, cuando estaba con su mamá, le dijo “Mi papá está escribiendo un libro de sesenta páginas”; y después, todos los días me ha preguntado que si cómo voy con mi libro. Vaya lío en el que me metí, desde aquel día no he vuelto a escribir una sola línea de eso.

Ayer, Teodoro me hizo preguntas nuevas sobre ese libro de sesenta páginas, primero me preguntó que si cuantas páginas llevaba, luego me preguntó que si cual sería el título, y no me acuerdo qué más sobre los capítulos; le contesté que no tenía título todavía, que lo vería después, que primero intentaría escribirlo. Muy serio, él me dijo, “si yo escribiría un libro, primero le pondría el título”; luego, con no sé qué libro en la mano y el librero del cuarto medio echado en la cama y en la mesa, me preguntó: “Papá, qué es prólogo”, intenté contestarle, o más bien le contesté intentando explicar: es un texto, le dije, que se pone en los libros, al principio, y que habla un poco sobre el libro, puede hablar sobre el contenido o sobre el autor, o sobre las circunstancias de escritura, o sobre el tema y otros libros de ese tema, etcétera.

 Uno o dos días antes, Teodoro, mientras empezaba la relectura de Autopista sanguijuela, me había dicho: «papá, soy un lector, y después a lo mejor voy a ser un escritor»; y ayer, mientras yo escribía ese articulillo y él me visitaba y me preguntaba y me daba explicaciones y reflexionaba, se decidió; en una de sus intervenciones en que le puse un poco más de atención o en que me agarró menos clavado, lo escuché decir, con emoción verdadera “No sé por qué me emociona mucho que estoy escribiendo mi primer libro”, me di cuenta que debía poner más atención, fui allá con él y me leyó lo que llevaba. Me sorprendió, lo que lleva realmente me parece bueno, incluyo en este post un video donde lo lee. Noté por supuesto que ha tomado como referente para su creación la novela que acaba de leer, Autopista sanguijuela, pero, la verdad, ha construido un buen discurso, está imaginando su propia historia y ahí la lleva.

Anoche, después de que me leyó varias veces su primer capítulo, lo escuché por allá leyendo una parte nueva, que no estaba en las veces que me leyó, y escuché que mencionó un “coordinador de actividades”, ese personaje sin nombre está en la novela de Villoro, pero no le dije nada. Antes de eso, –y también después de eso– me estuvo diciendo que tal vez después yo podía ayudarle a seguir con su libro, –a veces dice mi libro y a veces dice mi novela– le dije que sí pero no lo hice; le dije que yo podía ayudarle a platicar sobre lo que quiere escribir, pero que deberá escribirlo él, me dijo que sí; lo que él quiere, me parece, es que estemos juntos, aunque él escriba solo. Ahora mismo está escribiendo en el cuarto, me acaba de preguntar cómo se llama el lugar en el que le echan gasolina a los carros –gasolinera o estación de gasolina, le dije– recordé el debate sobre si gasolinera o gasolinería, casi cometo el error de citarlo, pero me contuve.

Hoy lo llamé, hace rato, y le comenté que escuché que anoche leía una parte nueva donde apareció un coordinador de actividades, le sugerí que lo llamáramos ayudante del chofer o segundo chofer –que hubiera dos choferes– para que no se llamara igual que el de Villoro, pero él me dijo que prefería que se quedara así; y agregó que esa novela (la de Villoro) también le sirve mucho para saber qué puede escribir porque es una novela que se parece un montón. No dije más, lo he dejado y ahora mismo él sigue escribiendo.

Cuando su mamá escuchó el capítulo uno, me preguntó si no lo había copiado de alguna parte, le dije que no –aunque lo ignoro, es lo que creo– es la influencia de la lectura, le dije, así uno se va apropiando sin darse cuenta de nuevas formas de usar el lenguaje, descubre y empieza  usar estructuras, palabras, fórmulas. (Pero si alguien que lea esto identifica en su novela algo de notar, dígamelo, por favor).

Bueno, ahora debo irme a guisar nuestra comida, los escritores necesitamos comer también; con hambre se escribe bien, pero sin hambre se vive mejor.

Antes de esto, Teodoro había escrito un par de cuentos, ambos como tareas escolares, se los comparto en próximas publicaciones.

Les dejó acá, por supuesto, a mi hijo leyendo el primer capítulo de su novela recién escrito:

Ángel Gustavo Rivas

Martes 08.06.2021

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Un poema para mi hijo y breve reflexión sobre el trabajo de escribir, Ángel Gustavo Rivas


Poema que improvisé con Teodoro una vez que no quería hacer una planita que le encargué:

Hijo mío bonito, no quiero que llores,
yo quiero que aprendas a vivir feliz;
si duele la espina, perfuman las flores;
si el trabajo cansa, permite vivir. 

Rompe tus barreras para ver mejor.
Recuerda aquel salto de las escaleras:
por ir adelante, el miedo se fue.
No querías saltar, pero al fin saltaste
y cuando saltaste lo hiciste muy bien.
Parecían muy grandes los tres escalones,
como si imposibles de poder saltar,
pero con tus plantas, puntas y talones
bien aterrizaste después de brincar.

Te quitaste el miedo, que era la barrera,
y ya al destruirla pudiste saltar,
porque aquella barda que tanto estorbaba
no te permitía la verdad mirar.

Deja la flojera, no digas “no puedo”,
deja la flojera y ponte a escribir,
porque de que puedes, sabemos que puedes,
todo es empezar y después seguir. 

Ángel Gustavo Rivas

 


Breve reflexión tipo ensayo que sobre la escritura me aventé con el pretexto de los versos precedentes 

Al releer estos versos encuentro que algunos de ellos quizás no sean muy aptos para ser dirigidos a un niño, no por nada malo, sino simplemente por el registro del lenguaje y por el significado. Desde la primera estrofa, los versos 2 y 4 ya no parecen versos para un niño, que lo son, escribí este poema para mi hijo, con él a mi lado, y le leí estrofa por estrofa conforme las iba escribiendo. Sin embargo, y es por esto que he decidido escribir esta reflexión, creo que también los escribí para mí. No es la primera vez que siento esto, aunque ahora el ejercicio reflexivo, el ejercicio de análisis lo inicié realmente en la relectura, no ahora que transcribo esto a documento digital, sino desde antes, cuando releí el poema en el mismo texto manuscrito original, ese que escribí con pluma y sobre el reverso de la misma hoja en que Teodoro escribía aquella planita inconclusa y cuya fotografía acompaña esta publicación.

Todos los consejos o las aseveraciones en esos versos contenidas van, desde luego, realmente sinceras de mí para mi hijo, pero mi hijo es pequeño y en estos momentos muchas de ellas nada le dirán; a esta situación he decidido responderme que de este modo el poema más le dura: seguirá teniendo versos nuevos para etapas posteriores de la vida, no nuevos, sino de nueva comprensión acaso, de utilidad futura, utilidad que entrará en vigor más adelante, aunque los versos estén escritos ya, desde ahora.

Luego he observado también los versos de la última estrofa, toda, habla de la escritura y, al menos por ahora, el que de eso se ocupa principalmente -aunque mucho menos de lo que quisiera- soy yo, y digo principalmente porque justo esta semana Teodoro escribió su primer cuento, se llama “Caperucita con el conejo” (lo publicaré, junto a video donde lo lee, en este mismo Jacalito), lo escribió por encargo de su maestra, pero igual vale porque es de todos modos su primer cuento y fue él con sus manos, su lápiz y su imaginación quien lo ha creado. También yo, de hecho, escribí mi primer cuento, como tal, por encargo de una maestra, bastante más grande ya, de la edad de 14 años, en primero de prepa. 

Bueno, retomando la estrofa, es un llamado a escribir, a dejar la flojera, a vencer las barreras mentales que nos dicen que no podemos; Teodoro no quería escribir, es cierto, pero en ese caso la escritura era un encargo que tenía el fin de practicar el ejercicio mecánico de la escritura, no era escritura creativa, tenía que copiar lo que ya antes yo había escrito, por lo tanto, quizás esa estrofa resulte, aún más que los dos versos primero citados, una estrofa en la que me hablo, en la que intento quizás comunicarme conmigo. Podría parecer una locura, pero los recursos del espíritu nos pueden sorprender, las salidas del subconsciente son diversas. 

Es un hecho, y no es nuevo desde luego, que quienes escribimos escribimos para nosotros, pero también para los otros, y en poemas como éste, que son exprofeso, según la intención de uno, escritos para un otro, quizás valga la pena, en general, ponerle atención a estos detalles. Lo digo, ahora sí, también para los otros, para quienes me leen, para quienes escriben, para quienes quieren escribir.

La reflexión sobre la escritura propia es, en mi opinión, la primera y la más importante herramienta para mejorar como escritores, y, de hecho, la única imprescindible (la lectura es requisito previo y permanente). Yo siempre he pensado que el taller más importante al que puede asistir un escritor o alguien que desea serlo, es el taller con uno mismo, el autotaller, el trabajo propio con el trabajo propio, es decir, el trabajo propio sobre la escritura propia. La postproducción escritural, podríamos llamarle, aunque en realidad la postproducción escritural sería sólo una parte de este trabajo del que hablo, que tendría -tiene- muchas más áreas de acción, por ejemplo la sola reflexión, más allá del llamado “pulimiento” de los textos, pulimiento que consiste en actividades como revisar la pertinencia de algunas palabras y decidir si se quedan, se cambian o se van, revisar si conviene algún cambio en la estructura de tal o cual frase u oración, detectar palabras que acaso se repitan más de lo conveniente o rimas involuntarias que quizás convenga eliminar u otra cantidad de cosas por el mismo estilo.

La reflexión sobre la escritura, por otra parte, puede ejercitarse largamente y con mucho provecho incluso sobre textos que hayan ya sido descartados después de mucho trabajo en el intento de su pulimiento. Yo tengo, literalmente, miles de páginas en documentos de word y en libretas de textos que he descartado y que lo más probable es que nunca publicaré, pero con todos ellos he aprendido, incluso  a eso, a descartar, porque no se trata de publicar absolutamente todo lo que a uno le sale al escribir.

Hay textos también que, a pesar de ser ya textos descartados, de repente me encuentro hojeando alguna vieja libreta o explorando documentos digitales y, pese a que no serán nunca publicados, en la relectura les hago cambios ocasionalmente, es decir, los sigo trabajando, tallereando, editando, aún tratándose ya irrevocablemente de textos fallidos. El texto no saldrá, pero el trabajo que sobre él se haga beneficia al escritor, abona a su oficio, agranda su experiencia, aguza su capacidad de observación, refuerza su capacidad crítica, aumenta sus posibilidades de escribir mejores versos a futuro.

Si un texto de tanto tallerear desaparece, está bien, no se pierde con ello, se gana; la eliminación de ese texto mediante el trabajo, la reflexión, la crítica y la honestidad, será parte en la escritura en el futuro de mejores textos, ese texto vivirá en otros, quizás no el texto en sí mismo, pero sí el trabajo, el aprendizaje, el mejoramiento del autor con ese texto. 

Nota: aunque lo publico apenas, de la escritura de este poema improvisado han pasado más de un año y medio y cerca de dos; Teodoro en aquel entonces no escribía, es decir, no escribía literatura, sólo yo; ahora Teodoro es también un creador, tiene siete años y está a punto de terminar su primero en la primaria -desde casa por la pandemia- y escribe, desde hace una semana, una historia de ficción a la que él mismo se refiere como su novela y que será, que es, sin duda, su primer libro, como él mismo dice también. De esa novela publicaré aquí, muy pronto, el primer capítulo.

Ángel Gustavo Rivas


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Mi tercer Navachiste con hijo… Ángel Gustavo Rivas

Mi tercer Navachiste con hijo

Ángel Gustavo Rivas

Visité Navachiste por primera vez en 2008, fue una experiencia maravillosa, fui realmente un hombre feliz durante toda esa semana. Quise volver, desde luego, y he vuelto, en esta Semana Santa que acaba de pasar he tenido mi Navachiste número seis, hubiera sido el doce si nunca hubiera faltado, pero he faltado. He escrito sobre el Festival esta nota descriptiva, esta Invitación a Navachiste y esta como crónica nostálgica.

A veces, cuando se ha escrito tres veces sobre un asunto, uno se plantea realmente si debe escribir una cuarta vez, y a esta pregunta yo me he respondido que sí. Cada experiencia es diferente, cada festival es diferente, siempre hay nuevas personas, nuevos libros, nuevos talleres, nuevas lecturas, nuevas experiencias y nuevos aprendizajes. El Festival Navachiste es anual, y por lo tanto uno siempre vuelve otro, el mismo, pero otro, porque en un año algo cambia en uno necesariamente, aunque uno siga siendo el mismo.

Este es mi tercer Navachiste con hijo, un hijo pequeño. Navachiste en adelante siempre será, creo, un Navachiste con hijo, menos pequeño cada vez, como han venido siendo los últimos tres. Teodoro asistió por primera vez al Festival en la Isla de los Poetas en la semana santa del 2017; fue, según todo parece indicar y él mismo declara, inmensamente feliz.

Se quemó el pecho con café caliente desde el lunes, el primer día en el calendario oficial de Navachiste, el segundo día de nuestra estancia; se le despellejó y sufrió mucho dolor. Se durmió temprano ese lunes, con el pecho herido, con dolor, tranquilito, triste y feliz a un mismo tiempo. Tenía tres años de edad recién cumplidos el último día de enero.

En ese momento no había médico en el campamento del Festival, pero Javier Palacios Neri y su esposa nos proporcionaron un ungüento de sábila con lidocaína y eso le pusimos en un primer momento. Al día siguiente salimos en una panga a El Aparecido, y desde ahí en una camioneta al pueblo de Corerepe primero y a la ciudad de Guasave después, compramos sulfadiazina de plata y paracetamol o ibuprofeno. 

En el Centro de Guasave, Teodoro se nos perdió por unos cuantos minutos; estábamos en un ciber y yo me quedé a esperar unas impresiones, su mamá salió a buscar una tienda para comprar ni me acuerdo qué; ella entendió que yo me quedaba con el niño y de hecho entendió bien, eso es lo que, digamos, decidimos, pero yo me distraje, me descuidé y no sé qué dios malévolo me puso por algunos momentos nubes oscuras en el pensamiento. De pronto no miré a mi hijo por ninguna parte, pensé que quizás se había ido con ella pero recordaba oscuramente que ella se había ido sin él; lo busqué por todo el lugar, no lo hallé, salí a la calle y el mundo afuera era inmenso; no lo miraba ni por aquí ni por allá y no sabía muy bien qué hacer con esa inmensidad enfrente. Lo que hice fue simplemente caminar hacia una esquina, mirando para todas partes todo lo mejor y más atento que podía; ya ni me acuerdo, la verdad, si encargué en el ciber algo por si reaparecía allí; salí a buscarlo. Lo busqué y lo busqué: le di vueltas a la manzana por uno y por otro lado. Al dar vuelta en una esquina alcancé a verlo a lo lejos, una señora lo llevaba de la mano, eran para mí inconfundibles su figura y su ropa, traía puesta además todavía su gorra roja del Rayo McQueen. Alcancé a verlos apenitas, porque casi al instante de que los vi doblaron a la izquierda más o menos a mitad de la cuadra, lo que significaba que estaban entrando a algún domicilio. Corrí veloz y entré detrás de ellos, el lugar era una clínica de no sé qué, la señora estaba anunciando en la recepción al niño perdido que se encontró en la calle —había un policía municipal y personal de la clínica escuchándola y viéndola— yo entré antes de que ella terminara de contar lo que contaba. Entré con la boca abierta tomando aire, sin decir palabra apunté al niño «¿Es suyo?» preguntó alguien, asentí y me lo dieron, lo tomé y salí con él. Así de simple, nadie se encargó de verificar que en verdad yo fuera el padre o si quiera familiar del niño, nadie cuestionó ni indagó nada; si en lugar de encontrarlo yo algún robaniños hubiera entrado a fingir ser su padre, lo habría robado sin batallar.

Tomé a mi hijo en los brazos y empecé a consolarlo de su llanto, íbamos caminando, ya había dado la vuelta en la esquina de la que antes salí, al pasar por una tienda grande estilo súper mercado, salió su mamá de allí y se nos unió, yo no sabía dónde estaba ella, nuestro encuentro fue una coincidencia, «Aquí estoy», dijo, y seguimos caminando juntos. No se había enterado de nada, uno o dos minutos adelante le conté. Sólo Teodoro y yo padecimos la angustia de no vernos y no encontrarnos, a su mamá la historia le llegó en forma de relato, en mi voz, ya con el niño a salvo.

Llegamos al estacionamiento donde el Chiquillo había estacionado la camioneta, ya todos estaban allí, nos esperaban, pedimos disculpas por nuestro retardo y emprendimos el camino de regreso. En ese camino de regreso, parado en la caja de la pickup, con el viento dándome en el pecho y en la cara, me tomé la primera cerveza de la semana.

En esa edición del Festival yo participé en las Cápsulas Literarias leyendo una crónica y luego unas minificciones y hasta unos poemas breves. Teodoro participó en talleres: el de pintura de Anel Ávila, en el de instrumentos musicales de Flor Chavarría, en el de arte con reciclaje del señor Marco Canizales y en no sé cuántos más, y estuvo muchas horas jugando en la arena gruesa del Carrizo Colorado.

Ya no recuerdo si en esa primera ocasión lo metimos al agua del mar; en la segunda, en 2018, lo metimos, y lloró cuando yo lo zambullí completo para que se mojara la cabeza (ideas locas, ahora pienso, que heredé de la generación anterior; no volveré a hacerlo nunca más, ni con él ni con otro niño, si no quieren, no y ya). En este 2019, ya con cinco años de edad, se metió por propia voluntad al mar, primero con su mamá y luego conmigo y luego otra vez con su mamá. No sólo se metió al mar de buen grado esta vez, sino que él mismo lo propuso. Nuevamente lo zambullí, en esta ocasión no se negó y no lloró, lo hice como tres veces, le explicaba cómo tomar y retener aire, pero no pude evitar que las tres veces le entrara agua, no sé si tragó pero creo que sí. A la tercera vez me contestó «es que yo no sé hacer eso» y fue la última zambullida.

Hubo muchos picados de mantarraya este año, dos o tres en la parte del Festival y otros cinco o seis al otro extremo de la playita. Teodoro era consciente de que las mantarrayas andaban por allí y cuando nos metimos juntos al agua decía «ojalá que la mantarraya no venga», pero no se negó a entrar pese a la posibilidad de que una mantarraya pudiera aparecer, ya es un niño grande mi hijo, y es valiente.

Nos costó entrar, el agua estaba algo fría al principio, entramos bastante adentro, el agua tranquila de la bahía, sin olas, permite mojarse con bastante paz. Lo cargaba en los brazos cuando estábamos en lo más hondo, y trataba siempre de que el agua le diera al cuello, para que no le diera frío; poco a poco fue perdiendo los restos de miedo que le quedaban, entendió que yo lo estaba cuidando y confió en ello, así me pareció a mí.

Teodoro logró encontrar un huevo de pascua en 2018, era el niño más pequeño 😊

Por ser este su tercer Navachiste, ya mucha gente conoce a Teodoro, lo conocen en la cocina, Pilar —quien atiende el bar— y muchos visitantes reincidentes de distintas partes del país; en 2018 alguien me preguntó allí  «¿él es el niño que se quemó el año pasado?».

Pese a la quemada en 2017, Teodoro toda la semana anduvo sonriente y feliz. El médico del Festival, Gerardo Alvarado, le preparó una mezcla de cremas y toda la semana se la estuvimos poniendo. Yo siempre he dicho que se quemó el lunes, pero ahora que escribo he llegado a dudar si no habrá sido el domingo, porque el médico siempre suele llegar desde el lunes. En fin.

Ya luego, al parecer sin dolor, Teodoro de vez en cuando le mostraba a la gente, como curiosidad, su herida. Así, con la herida abierta, anduvo jugando en la arena, corriendo por allá y por acá, buscando huevos de pascua, actividad que dirigió, si recuerdo bien, Beatriz Camacho, de la sala de lectura La Vagabunda, cuyo esposo, el fotógrafo Victor Hugo Castro, se llevó a mi Teodoro unos minutos hacia su casa de campaña, junto con su hija Azalea, para darle una lechita de chocolate, minutos en que anduve por todo el paraje del Carrizo Colorado buscándolo. Luego Víctor se disculpó, pero bueno.

Ese año, 2017, estando en Ciudad México, nos decidimos a irnos un par de horas antes de que saliera el camión de Cabeza de Juárez, la Caravana a Navachiste que desde Ciudad de México organiza Anastacia Huautla, con ellos nos fuimos directamente hasta Navachiste, sin pasar por Culiacán; Anastacia nos prestó una casita de campaña en la que, con algunas dificultades, vivimos esa semana.

En 2018 Teodoro y yo nos fuimos en avión un par de días antes, llegamos a Culiacán y llevamos nuestra propia casa de campaña, en Guasave nos encontramos con la caravana, donde venía Paola, su mamá, y nos unimos a ella allí, llegamos juntos al Festival. Y en 2019 los tres volamos juntos  a Culiacán, descansamos allí tres días, nos fuimos en camión a Guasave, un Norte de Sinaloa, pero llegamos un poco tarde y no alcanzamos al camión del Festival hacia la playa; por suerte nos encontramos allí con Alina Zapata, artista sinaloense de la danza, y con Adalberto Denis, otro amante de las artes y navachistero desde hace varios años. Todos nos fuimos de nuevo a la Central Regional de Guasave, subimos las maletas al camión del Cerro Cabezón —por sugerencia del mismo chofer—; faltaba más de una hora para que el camión saliera, así que nos fuimos a comer pollo asado y a tomar cerveza.

En el camión encontramos a dos corerepenses, sólo recuerdo el nombre de uno, el del más platicador, Eliseo Vega, quien nos contó algunos cuentos y nos hizo más ameno el camino. También encontramos a un par de viajeros culichis que iban al Festival por primera vez. En el Cerro conseguimos una lancha y así llegamos, finalmente, a El Carrizo Colordo, ya con el ánimo navachistero iniciado desde Guasave, con el ecnuentro de Alina y Denis.

Lamentablemente la edición del 2020 ha sido cancelada debido a la contingencia sanitaria por Covid-19, la cuarentena en el país nos tiene a todos en casa, habrá que esperar a 2021 —y esperaremos amorosamente— para estar de nuevo en la Bahía de Navachiste leyendo poesía, tomando cerveza, mirando el mar, subiendo montañas, viendo a Teodoro pintar, dibujar y participar en diversas actividades que lo hacen feliz.

En 2018, el viernes, unas horas antes de que saliera nuestro vuelo (llegamos en la mañanita a Culiacán, volamos de madrugada) preparé algunos textos, escribí algunos nuevos y armé un conjunto que ya desde antes traía en mente, participé en el Premio, imprimí en Culiacán el archivo: felizmente, obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachsite con el poemario Loca esperanza de la vida mía. En este 2019 presentamos el libro, y de esa experiencia libresca les voy a contar otro día. Gracias por llegar hasta aquí, yo acá sigo escribiendo, nos vemos, pues, pronto.

Ángel Gustavo Rivas

Otros textos:
Veinte poemas de amor… O leer poesía para entendernos mejor
Poemas completos de Constantino Cavafis (reseña)
La sangre de Antígona, de José Bergamín (comentario)

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