Reflexión en torno a una publicación machista en Facebook

Reflexión en torno a una publicación machista en Facebook

Reflexión en torno a una publicación machista en Facebook
La captura del post

La mujer de hoy y el hombre de hoy son muy distintos, Espiridión, al concepto y a la forma del hombre y la mujer correspondientes a la concepción implícita en la mayoría de tus publicaciones.

Tú yo (y la mayoría de las personas de nuestro entorno) crecimos en un mundo y en un contexto cultural predominantemente machista, ignorante, cerrado y retrógrado, pero es nuestra responsabilidad observar el mundo en el que vivimos, tratar de entenderlo y, en la medida de nuestras posibilidades, tratar de influir en hacerlo mejor (simplemente porque somos sujetos pensantes con un mínimo grado de educación).

No podemos cerrar los ojos ni tapar los oídos a los hechos reales, a los contextos sociales, políticos y culturales que configuran nuestro momento histórico;  nosotros y nuestro tiempo somos parte y resultado de un devenir cultural y social que nos precede con mucho, pero que ha generado nuestra situación actual, y nosotros (tú y yo y toda la demás gente que ahora vive sobre la tierra) somos y seremos parte determinante del mundo que en su momento tendrán para vivir las siguientes generaciones (mis hijos, tus sobrinos y todos los demás), por lo tanto, tomar consciencia de nuestro momento histórico y de nuestro papel en este devenir es algo fundamental.

Una forma machista de vivir no es viable, no sirve, no la necesitamos, por el contrario, ha demostrado ser dañina, dolorosa, injusta, criminal, por ello no podemos seguir sustentándola, debemos abolirla.

Las mujeres no tienen porqué valorar al hombre de otra manera que lo que es, un ser humano igual que ellas, y los hombres lo mismo para con las mujeres.

Ya las cuestiones amorosas, sensuales, sexuales, románticas y demás cosas que en el contexto de una relación de pareja puedan darse, es cosa que dentro de la pareja se habrá de llevar a cabo y la manera en que ello suceda no tiene por qué responder a ninguna expectativa de sistemas ajenos al de la propia pareja, la diversidad es enorme y lo que uno puede hacer es estar donde se sienta bien y retirarse de lo que no le gusta, respetando siempre, desde luego, la diversidad y los derechos de los otros.

Nuestro mundo es megadiverso en todo, y eso es maravilloso, porque significa que hemos ganado mucho en libertad, ya que en realidad siempre ha sido megadiverso, pero antes estaba terriblemente reprimida esa diversidad.

Entiendo que sea duro abrirse a lo «nuevo» (lo pongo entre comillas, porque nada es nuevo en sí mismo, sino que cada cosa lo es para algunas personas), pero es un paso necesario. Para vivir con mejor calidad en el mundo, no hay nada como tratar de comprender el mundo. Cada uno de nosotros es, somos, sólo un individuo, y este mundo es nuestro mundo, y este tiempo es nuestro tiempo. Necesitamos estar aquí, ahora.

Un abrazo, querido Espiridión.

Ángel Gustavo Rivas

Poesía | Narrativa | Ensayo | Mi Blog de Papá


Ladrillos poema memoria de ángel gustavo rivas

Memoria, Ángel Gustavo Rivas

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MEMORIA

Ángel Gustavo Rivas


Recuerdo una infancia con ladrillos
enteros y mitades inexactas
partidos a golpe de cuchara.

La mezcla mal batida
que afanosamente me empeñaba en batir bien,
baldes de agua, de concreto,
de grava y arena.
“Hay que batir bote y medio”
“Prepara dos botes más” “una carretilla”.
Escuchaba la voz paternal en el trabajo.
Mezcla de padre y patrón.
Construimos casas.
Las manos pequeñas de un niño
destinado, parecía, a ser albañil.
Pero los libros llegaron y poco a poco
desplazaron de mis manos los ladrillos.
Tercamente me aferré a los pocos libros
tercamente los leí.
Tomé la pluma un día, hice garabatos
escribía en desorden mi propio desorden
y aislado me vi grande.
“Seré escritor”, me dije un día.

Y entonces llegaron los golpes del martillo
como cuando clavaba yo la cimbra.
Del mismo modo
la sociedad golpea.

Pero tenía yo cuerpo para absorber los golpes
salí resistente porque vengo de estirpe golpeada.

Golpe tras golpe avanzaba lento
mas no dejé de asistir otra vez al día siguiente
por mi golpe nuevo.

Ilusiones rotas que tercamente remendaba
ilusiones muchas para seguir el consejo
de Lupita Amor.

Recuerdo esa infancia de ropa sucia
y de manos pizcadas.
Bonitos me parecen los dibujos
de la cal en la piel de mis manos,
bonito el olor de la madera aceitada.

El lonche entre sacos de cemento.
“Saca al sol las bandejas pa que se vayan calentando”.
“Ve por las cocas”. “Pon la mesa”.
Dos cubetas y una tabla ancha:
un andamio, una mesa, una cama.

Qué poco se ocupa para ser feliz.
Recuerdo la infancia entre construcciones.
Artífice de ciudades mi padre albañil.

Juntos ampliamos Culiacán,
hicimos casas y hospitales,
hicimos la ciudad.

Nadie sabe bien lo que hemos hecho,
no seremos parte de la historia,
pero nosotros hicimos Culiacán más grande.

Ángel Gustavo Rivas

«Memoria» es el primer poema del libro Loca esperanza de la vida mía, con el que obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachiste 2018, y el cual está de venta en Amazon, tanto en formato eBook cono impreso en papel. Puedes conocer más del libro y el Premio aquí.

Otras publicaciones:
Veinte poemas de amor, o leer poesía para entendernos mejor…
La taza es compañera del café y hay que decirlo…
Poemas completos de Constantino Cavafis

Loca esperanza de la vida mía | Suscribirse a Jacalito


Visita la Biblioteca de Autores Mexicanos, de Altavoz México.



Loca esperanza de la vida mía, libro de poemas

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Loca esperanza de la vida mía, libro de poemas de Ángel Gustavo Rivas

Loca esperanza de la vida mía es un libro de poesía, el libro ha sido publicado de forma tradicional -es decir, impreso en papel- por el ISIC (Instituto Sinaloense de Cultura), y ahora está también disponible en Amazon, tanto impreso en papel como en forma electrónica. La edición disponible en Amazon es distinta un poco a la del ISIC, esta edición la he subido y publicado yo mismo a la plataforma de comercio electrónico, y algunas mínimas modificaciones le hice.

Los poemas que conforman Loca esperanza de la vida mía son diversos tanto en tema como en formato, hay desde el soneto hasta el poema largo fragmentado en verso libre, pasando por algunas variaciones de ocotsílabos que alguna reminiscencia tienen de la más antigua tradición de la lírica hispánica y, desde luego, poemas en verso libre de extensión diversa. Lo que principalmente los une y lo que sustenta la conformación del libro es que todos tienen que ver con la idea del entusiasmo y la esperanza, un tema común a todas las partes del poemario son la permanencia y el resurgimiento de La esperanza ante un panorama penumbroso y abrumador.

Este libro es una invitación, una propuesta para vivir la vida de buena forma, con esperanza y entusiasmo. Ambos elementos, para ser auténticos, deben generarse a partir de la propia voluntad, pero la voluntad, si falta o flaquea, puede producirse y fortalecerse y la poesía es -pienso yo- un medio, una herramienta muchas veces probada para lograrlo.

Loca esperanza de la vida mía obtuvo el Premio Interamericano de Poesía Navachiste 2018. 


Para conocer un poco más este poemario, te comparto algunos breves fragmentos que de él he publicado en diversos lugares, empezando por este mismo Jacalito Literario, algunos poemas en imágenes en redes sociales, uno o dos videos donde leo en Facebook y en Youtube y algún comentario de lectores que ya han leído el libro:


«Memoria» (el poema en texto publicado en este Jacalito)
«Memoria» (video alojado en Facebook)
«Hay un ojo en el papel» (poema en texto publicado en este Jacalito)
«Ayer posó una máscara en el día» (poema en texto publicado en El Jacalito del Fondo)
«Ayer posó una máscara en el día» (lectura en video en Youtube)
«Es vivir indigno el vivir con miedo» (poema en texto publicado en El Jacalito del Fondo)
«Es vivir indigno el vivir con miedo» (lectura en video alojado en Youtube)

Presentación online del libro Loca esperanza de la vida mía (evento que se realizó el 09 de agosto de 2020 )





Mi tercer Navachiste con hijo… Ángel Gustavo Rivas

Mi tercer Navachiste con hijo

Ángel Gustavo Rivas

Visité Navachiste por primera vez en 2008, fue una experiencia maravillosa, fui realmente un hombre feliz durante toda esa semana. Quise volver, desde luego, y he vuelto, en esta Semana Santa que acaba de pasar he tenido mi Navachiste número seis, hubiera sido el doce si nunca hubiera faltado, pero he faltado. He escrito sobre el Festival esta nota descriptiva, esta Invitación a Navachiste y esta como crónica nostálgica.

A veces, cuando se ha escrito tres veces sobre un asunto, uno se plantea realmente si debe escribir una cuarta vez, y a esta pregunta yo me he respondido que sí. Cada experiencia es diferente, cada festival es diferente, siempre hay nuevas personas, nuevos libros, nuevos talleres, nuevas lecturas, nuevas experiencias y nuevos aprendizajes. El Festival Navachiste es anual, y por lo tanto uno siempre vuelve otro, el mismo, pero otro, porque en un año algo cambia en uno necesariamente, aunque uno siga siendo el mismo.

Este es mi tercer Navachiste con hijo, un hijo pequeño. Navachiste en adelante siempre será, creo, un Navachiste con hijo, menos pequeño cada vez, como han venido siendo los últimos tres. Teodoro asistió por primera vez al Festival en la Isla de los Poetas en la semana santa del 2017; fue, según todo parece indicar y él mismo declara, inmensamente feliz.

Se quemó el pecho con café caliente desde el lunes, el primer día en el calendario oficial de Navachiste, el segundo día de nuestra estancia; se le despellejó y sufrió mucho dolor. Se durmió temprano ese lunes, con el pecho herido, con dolor, tranquilito, triste y feliz a un mismo tiempo. Tenía tres años de edad recién cumplidos el último día de enero.

En ese momento no había médico en el campamento del Festival, pero Javier Palacios Neri y su esposa nos proporcionaron un ungüento de sábila con lidocaína y eso le pusimos en un primer momento. Al día siguiente salimos en una panga a El Aparecido, y desde ahí en una camioneta al pueblo de Corerepe primero y a la ciudad de Guasave después, compramos sulfadiazina de plata y paracetamol o ibuprofeno. 

En el Centro de Guasave, Teodoro se nos perdió por unos cuantos minutos; estábamos en un ciber y yo me quedé a esperar unas impresiones, su mamá salió a buscar una tienda para comprar ni me acuerdo qué; ella entendió que yo me quedaba con el niño y de hecho entendió bien, eso es lo que, digamos, decidimos, pero yo me distraje, me descuidé y no sé qué dios malévolo me puso por algunos momentos nubes oscuras en el pensamiento. De pronto no miré a mi hijo por ninguna parte, pensé que quizás se había ido con ella pero recordaba oscuramente que ella se había ido sin él; lo busqué por todo el lugar, no lo hallé, salí a la calle y el mundo afuera era inmenso; no lo miraba ni por aquí ni por allá y no sabía muy bien qué hacer con esa inmensidad enfrente. Lo que hice fue simplemente caminar hacia una esquina, mirando para todas partes todo lo mejor y más atento que podía; ya ni me acuerdo, la verdad, si encargué en el ciber algo por si reaparecía allí; salí a buscarlo. Lo busqué y lo busqué: le di vueltas a la manzana por uno y por otro lado. Al dar vuelta en una esquina alcancé a verlo a lo lejos, una señora lo llevaba de la mano, eran para mí inconfundibles su figura y su ropa, traía puesta además todavía su gorra roja del Rayo McQueen. Alcancé a verlos apenitas, porque casi al instante de que los vi doblaron a la izquierda más o menos a mitad de la cuadra, lo que significaba que estaban entrando a algún domicilio. Corrí veloz y entré detrás de ellos, el lugar era una clínica de no sé qué, la señora estaba anunciando en la recepción al niño perdido que se encontró en la calle —había un policía municipal y personal de la clínica escuchándola y viéndola— yo entré antes de que ella terminara de contar lo que contaba. Entré con la boca abierta tomando aire, sin decir palabra apunté al niño «¿Es suyo?» preguntó alguien, asentí y me lo dieron, lo tomé y salí con él. Así de simple, nadie se encargó de verificar que en verdad yo fuera el padre o si quiera familiar del niño, nadie cuestionó ni indagó nada; si en lugar de encontrarlo yo algún robaniños hubiera entrado a fingir ser su padre, lo habría robado sin batallar.

Tomé a mi hijo en los brazos y empecé a consolarlo de su llanto, íbamos caminando, ya había dado la vuelta en la esquina de la que antes salí, al pasar por una tienda grande estilo súper mercado, salió su mamá de allí y se nos unió, yo no sabía dónde estaba ella, nuestro encuentro fue una coincidencia, «Aquí estoy», dijo, y seguimos caminando juntos. No se había enterado de nada, uno o dos minutos adelante le conté. Sólo Teodoro y yo padecimos la angustia de no vernos y no encontrarnos, a su mamá la historia le llegó en forma de relato, en mi voz, ya con el niño a salvo.

Llegamos al estacionamiento donde el Chiquillo había estacionado la camioneta, ya todos estaban allí, nos esperaban, pedimos disculpas por nuestro retardo y emprendimos el camino de regreso. En ese camino de regreso, parado en la caja de la pickup, con el viento dándome en el pecho y en la cara, me tomé la primera cerveza de la semana.

En esa edición del Festival yo participé en las Cápsulas Literarias leyendo una crónica y luego unas minificciones y hasta unos poemas breves. Teodoro participó en talleres: el de pintura de Anel Ávila, en el de instrumentos musicales de Flor Chavarría, en el de arte con reciclaje del señor Marco Canizales y en no sé cuántos más, y estuvo muchas horas jugando en la arena gruesa del Carrizo Colorado.

Ya no recuerdo si en esa primera ocasión lo metimos al agua del mar; en la segunda, en 2018, lo metimos, y lloró cuando yo lo zambullí completo para que se mojara la cabeza (ideas locas, ahora pienso, que heredé de la generación anterior; no volveré a hacerlo nunca más, ni con él ni con otro niño, si no quieren, no y ya). En este 2019, ya con cinco años de edad, se metió por propia voluntad al mar, primero con su mamá y luego conmigo y luego otra vez con su mamá. No sólo se metió al mar de buen grado esta vez, sino que él mismo lo propuso. Nuevamente lo zambullí, en esta ocasión no se negó y no lloró, lo hice como tres veces, le explicaba cómo tomar y retener aire, pero no pude evitar que las tres veces le entrara agua, no sé si tragó pero creo que sí. A la tercera vez me contestó «es que yo no sé hacer eso» y fue la última zambullida.

Hubo muchos picados de mantarraya este año, dos o tres en la parte del Festival y otros cinco o seis al otro extremo de la playita. Teodoro era consciente de que las mantarrayas andaban por allí y cuando nos metimos juntos al agua decía «ojalá que la mantarraya no venga», pero no se negó a entrar pese a la posibilidad de que una mantarraya pudiera aparecer, ya es un niño grande mi hijo, y es valiente.

Nos costó entrar, el agua estaba algo fría al principio, entramos bastante adentro, el agua tranquila de la bahía, sin olas, permite mojarse con bastante paz. Lo cargaba en los brazos cuando estábamos en lo más hondo, y trataba siempre de que el agua le diera al cuello, para que no le diera frío; poco a poco fue perdiendo los restos de miedo que le quedaban, entendió que yo lo estaba cuidando y confió en ello, así me pareció a mí.

Teodoro logró encontrar un huevo de pascua en 2018, era el niño más pequeño 😊

Por ser este su tercer Navachiste, ya mucha gente conoce a Teodoro, lo conocen en la cocina, Pilar —quien atiende el bar— y muchos visitantes reincidentes de distintas partes del país; en 2018 alguien me preguntó allí  «¿él es el niño que se quemó el año pasado?».

Pese a la quemada en 2017, Teodoro toda la semana anduvo sonriente y feliz. El médico del Festival, Gerardo Alvarado, le preparó una mezcla de cremas y toda la semana se la estuvimos poniendo. Yo siempre he dicho que se quemó el lunes, pero ahora que escribo he llegado a dudar si no habrá sido el domingo, porque el médico siempre suele llegar desde el lunes. En fin.

Ya luego, al parecer sin dolor, Teodoro de vez en cuando le mostraba a la gente, como curiosidad, su herida. Así, con la herida abierta, anduvo jugando en la arena, corriendo por allá y por acá, buscando huevos de pascua, actividad que dirigió, si recuerdo bien, Beatriz Camacho, de la sala de lectura La Vagabunda, cuyo esposo, el fotógrafo Victor Hugo Castro, se llevó a mi Teodoro unos minutos hacia su casa de campaña, junto con su hija Azalea, para darle una lechita de chocolate, minutos en que anduve por todo el paraje del Carrizo Colorado buscándolo. Luego Víctor se disculpó, pero bueno.

Ese año, 2017, estando en Ciudad México, nos decidimos a irnos un par de horas antes de que saliera el camión de Cabeza de Juárez, la Caravana a Navachiste que desde Ciudad de México organiza Anastacia Huautla, con ellos nos fuimos directamente hasta Navachiste, sin pasar por Culiacán; Anastacia nos prestó una casita de campaña en la que, con algunas dificultades, vivimos esa semana.

En 2018 Teodoro y yo nos fuimos en avión un par de días antes, llegamos a Culiacán y llevamos nuestra propia casa de campaña, en Guasave nos encontramos con la caravana, donde venía Paola, su mamá, y nos unimos a ella allí, llegamos juntos al Festival. Y en 2019 los tres volamos juntos  a Culiacán, descansamos allí tres días, nos fuimos en camión a Guasave, un Norte de Sinaloa, pero llegamos un poco tarde y no alcanzamos al camión del Festival hacia la playa; por suerte nos encontramos allí con Alina Zapata, artista sinaloense de la danza, y con Adalberto Denis, otro amante de las artes y navachistero desde hace varios años. Todos nos fuimos de nuevo a la Central Regional de Guasave, subimos las maletas al camión del Cerro Cabezón —por sugerencia del mismo chofer—; faltaba más de una hora para que el camión saliera, así que nos fuimos a comer pollo asado y a tomar cerveza.

En el camión encontramos a dos corerepenses, sólo recuerdo el nombre de uno, el del más platicador, Eliseo Vega, quien nos contó algunos cuentos y nos hizo más ameno el camino. También encontramos a un par de viajeros culichis que iban al Festival por primera vez. En el Cerro conseguimos una lancha y así llegamos, finalmente, a El Carrizo Colordo, ya con el ánimo navachistero iniciado desde Guasave, con el ecnuentro de Alina y Denis.

Lamentablemente la edición del 2020 ha sido cancelada debido a la contingencia sanitaria por Covid-19, la cuarentena en el país nos tiene a todos en casa, habrá que esperar a 2021 —y esperaremos amorosamente— para estar de nuevo en la Bahía de Navachiste leyendo poesía, tomando cerveza, mirando el mar, subiendo montañas, viendo a Teodoro pintar, dibujar y participar en diversas actividades que lo hacen feliz.

En 2018, el viernes, unas horas antes de que saliera nuestro vuelo (llegamos en la mañanita a Culiacán, volamos de madrugada) preparé algunos textos, escribí algunos nuevos y armé un conjunto que ya desde antes traía en mente, participé en el Premio, imprimí en Culiacán el archivo: felizmente, obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachsite con el poemario Loca esperanza de la vida mía. En este 2019 presentamos el libro, y de esa experiencia libresca les voy a contar otro día. Gracias por llegar hasta aquí, yo acá sigo escribiendo, nos vemos, pues, pronto.

Ángel Gustavo Rivas

Otros textos:
Veinte poemas de amor… O leer poesía para entendernos mejor
Poemas completos de Constantino Cavafis (reseña)
La sangre de Antígona, de José Bergamín (comentario)

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La taza es compañera del café, y hay que decirlo, Ángel Gustavo Rivas

 
 
Todo mundo piensa que el café es genial, y yo pienso eso mismo también, de hecho lo consumo a diario. Pero nadie le ha dado el mérito a las tazas que merecen. Ciertamente la sustancia es el café, y todo lo que a nuestro cuerpo introducimos es el agua y el café. Cualquiera efecto que nos pueda producir se debe al café por lo tanto.
Sin embargo, pónganse a pensar nada más por un minuto, hasta por treinta segundos si quieren: cuando toman el café en un recipiente distinto, siempre notan alguna diferencia. También influyen los tamaños y las formas, pero acaso lo más determinante sean los materiales. No estoy muy seguro de eso, porque además hay también tazas de diversos materiales. Lo que sí es cierto es que, al menos en mi experiencia y por lo tanto en mi opinión, nuestra forma preferida de tomar café, es en tazas.
Si un vaso de plástico, ni nos sabe igual y ni psicológicamente estamos satisfechos, no nos sentimos a gusto, no  nos sentimos contentos, y si estamos a la vista de otras gentes, dependiendo del caso y del contexto, podríamos quizás hasta sentirnos ridículos, avergonzados.
Hay miles -o quizás millones- de líneas literarias, ya sea de cuentos novelas o poemas, dedicadas al café, pero pocas, muchas menos, dedicadas a las tazas. Ciertamente, esto constituye una clara injusticia en contra de la personalidad de la taza.
¿Por qué la taza es importante? Muy simple: configura la experiencia perfecta de tomar café: podría faltarnos el lugar al que llamamos café, ése donde hay mesitas a veces lindas, a veces coquetas, a veces feas, a veces equis, con sillitas igual, donde nos venden el café diez o veinte veces más caro que su costo de producción (o treinta, yo qué sé de economía); podría faltarnos el azúcar (yo no uso azúcar, pero quiero que este texto sea incluyente, no sea que me denuncien en DDHH); podría faltarnos el clásico libro de los tomadores de café lectores; podrían faltarnos, en suma, todos los elementos accesorios de la experiencia de tomar café, pero no la taza, que no nos falte la taza, porque si nos falta la taza, la experiencia se vería modificada verdaderamente.
Esto en cuanto a ciertos parámetros de cafeceros; pero veamos otros contextos, aunque en estos otros se trate más a menudo de café soluble: en los desayunos de la gente de rancho (hablo, claro está, desde mi experiencia, refiriéndome mentalmente a los referentes que he tenido y que tengo; sí, por supuesto, no hay otro modo de hablar) es muy raro, difícil o imposible que falte la taza de café; en estos casos no suele haber libritos, ni mesas o sillas coquetas, sino mesas y sillas muy mesas y muy sillas respectivamente, es decir, con personalidades no saloneras ni palaciegas, sino muy entregadas a su vocación, soportan, son fuertes y útiles, no pretenden, la mayoría de las veces, ser más parte del ornamento que de la utilidad: pues bien, el café se toma en taza. Así como los muebles son muebles y cumplen su función, las tazas son tazas y en tazas se toma el café.
Ciertamente hay allí, como en todas partes, cafeceros muy distintos, desde el viejito madrugador que toma café antes de que salga el sol, y si le ofrecen de nuevo más tarde dice «ya tomé»; hasta el cafecero empedernido que toma y toma cantidades no medidas. Estas variaciones las hay lo mismo en los cafeceros urbanos.
No importan, pues, las diferencias entre cafés y cafeceros, la taza es siempre el contenedor protagonista, el estelar por excelencia, y ya va siendo hora de que se le reconozca. Existen los estudios cafecísticos, supongo yo, pero, ¿existen acaso los estudios tazísticos? Ciertamente yo lo ignoro, pero ojalá que sí, y si no, ojalá que surjan pronto. Quizás podríamos ganar bastante con ellos, en cuanto al mejoramiento de nuestras experiencias, si se considera que ha pasado así con los estudios y experimentaciones del café, sin duda pasaría lo mismo si a las tazas se prestare la misma atención.
Y dicho lo dicho y hecho lo hecho, me voy a descansar al lecho. Que estén muy bien y, recuérdenlo: la taza es compañera del café, y hay que decirlo.
 

Ángel Gustavo Rivas


Compra una taza a tu gusto para darte gusto con tu café, y
un buen libro para seguir leyendo.
Hay otros textos de Ángel Gustavo Rivas en El Jacalito del Fondo.


Jacalito Literario / Lengua y Literatura

La soledad de la palma en “Palma sola”, de Nicolás Guillén, por Ángel Gustavo Rivas

Aunque los seres humanos somos gregarios, es decir, vivimos en comunidad, no dejamos de ser individuos particulares cada uno, y cada uno con su propia subjetividad, con su propia forma de ver y de sentir el mundo, y estos sentires o sentimientos pueden ser comunicados sólo de una forma artificial, exterior, y necesariamente parcial, pues nadie puede sentir con nosotros porque nadie tiene nuestras fibras, ni nuestro sistema nervioso ni nuestro corazón; y es en este sentido que, aunque seamos gregarios y estemos rodeados de personas, estamos solos.
 
Esta soledad del individuo es el tema del poema “Palma sola”, de Nicolás Guillen. La palma es en el poema un ser solitario, un símbolo de soledad. La palma, por su propia fisonomía (o morfología o taxonomía) resulta de aspecto solitario, pues es delgada y alta, y es allá arriba, lejos, donde están sus hojas y sus frutos, donde está su vida, todo lo demás es un palo solitario con aspecto de estar seco, muerto, sin hojas, sin ramas, sin nada que conviva o haga contacto con otras posibles vegetaciones. Ramón Gómez de la Serna, en una de sus greguerías, dice: “Las palmeras se levantan más temprano que los demás árboles”, en lo cual hay implicada también una cierta soledad.
 

 
Tanto el título del poema como la oración que es la greguería de Gómez de la Serna, permiten un doble sentido o interpretación; el sintagma “Palma sola”, además de denotar soledad, falta de compañía en el más recto y literal sentido, puede también interpretarse como palma única, palma sin competencia, sin igual; y “Las palmeras se levantan más temprano que los demás árboles”, puede también entenderse o interpretarse por lo menos de dos formas, bien en el sentido prosopopéyico de levantarse a iniciar el día, bien en un sentido recto de crecer hacia las alturas. Como puede verse, las cuatro lecturas hechas aluden o implican finalmente la soledad. La palma es, pues, un símbolo adecuado para representar la soledad.
 
Tres estrofas tiene el poema, tres estrofas que pueden verse acaso como tres pequeños bloques temáticos, sobre la soledad todos: primera estrofa, soledad respecto a lo otro; segunda estrofa, el tema de la soledad desarrollado respecto (en torno) a la figura de la misma palma; tercera estrofa, el sueño como consecuencia y como posibilidad única de cambio.
 
Ángel Gustavo Rivas
 
Libro Summa poética, de Nicolás Guillén, en editorial Cátedra
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Este es un análisis del poema «Palma sola», desde luego subjetivo, como no podía ser de otra manera, puesto que se trata de un análisis del significado simbólico, y no de la forma -donde alguna objetividad todavía es posible-. Pero a pesar de ser una propuesta subjetiva, una serie de deliberaciones, en algo podremos quizá estar de acuerdo, en tanto que se basa en la significación de las palabras y de las cosas en cuanto signo, en cuanto representación. De cualquier manera, escucho cualquier opinión, podemos usar el área de comentarios o el email (formulario de contacto) para comunicarnos. Gracias por pasar a este Jacalito.
Puedes leer el poema en esta página; y puedes escucharlo en voz de Nicolás guillén en esta otra.


Más sobre poesía:
 
Jacalito Literario  /  Lengua y Literatura

La victoria del libro, Ángel Gustavo Rivas

 




En un ensayo titulado “¿Qué es el libro hoy?”[1], Alejandro Katz se pregunta sobre el futuro del libro y su posible suplantación o sustitución por parte de otros recursos de manejo de información, y propone la posibilidad de que esto suceda debido a numerosos factores que parecen presentar como más prácticos y viables otros soportes para el conocimiento e inclusive para la literatura. En este trabajo Katz revisa varios aspectos de la convivencia del libro con las nuevas tecnologías de la información, y dedica uno de los apartados al e-book o libro electrónico, pero concluye finalmente que “el atractivo aparente de este nuevo soporte de lectura quedó rápidamente desmentido por diversas y fundadas razones”  y, citando a Jerome S. Rubin, dice que “era equivalente a las viejas tablillas donde en la Antigüedad se inscribían los textos; era, incluso, una tecnología más rudimentaria que aquella, y la lectura en ese medio adolecía de un sinnúmero de defectos”[2]
 
Poniéndolos aparte de todos los demás elementos en cuestión (bases de datos, páginas web, e-books, etc.) dedica también un aparatado a la tinta y el papel electrónicos, herramienta de la que sugiere que “se inscribe en la cadena evolutiva del libro, mientras los e-books pertenecen a otra familia de la evolución técnica”[3]. Afirma, pues, que, al ser prácticamente idéntico el libro de tinta y papel electrónicos al tradicional, estos elementos son parte de la evolución del libro, como lo fue en su momento la portada por ejemplo. Pareciera aquí sugerir que estos libros sí están en posibilidades de suplantar al libro tradicional. Sin embargo, este artículo fue publicado en el año 2002, es decir, han pasado hoy dieciséis años y este tipo de libros no ha quitado su protagonismo al libro impreso en papel y con tinta tradicionales. Aquí es importante recordar otras palabras suyas: “el efecto que sobre las prácticas culturales tienen los cambios tecnológicos es siempre diferido”[4]. Esto puede hacer que dieciséis años sin la cristalización de los cambios presentidos no parezcan en realidad gran cosa y que toda amenaza acusada desde que empezó este ya viejo debate pueda considerarse vigente todavía.
 
No obstante, en su último apartado apunta que “todo parecería indicar que el libro, hoy, es algo radicalmente diverso de aquello que fue […] Empero, aunque parezca paradójico, esta presentación intentó demostrar que, en verdad, todo es razonablemente igual a como era.”[5]
 
Otro argentino, Gregorio Weinberg, escribe en 2006: “convengamos en que el libro sigue siendo el soporte sobre el que se construye la sociedad de la información; más aún, es inadmisible aceptar que exista una tensión entre el libro y la computadora; en última instancia, los espacios virtuales como internet sólo son posibles por la preexistencia de la letra impresa”[6]. Es decir, ambos ensayistas y editores están de acuerdo en que el libro impreso permanecerá. Podríamos unir sus voces, junto con las de Umberto Eco y Jean-Claude Carriere en la oración que le da título a un libro en el que se publica una entrevista realizada por Jean-Philippe de Tonnac a los últimos dos: Nadie acabará con los libros.[7]
 
       En este libro, a manera de charla, los dos personajes entrevistados, en un discurso lleno de digresiones sobre los más diversos temas, hacen un somero recuento de la historia de la destrucción de los libros y los numerosos enemigos que han tenido. Jean-Claude Carriere muestra un incunable de finales del siglo XV y dice: “aún podemos leer un texto impreso hace seis siglos. Pero ya no podemos ver una cinta de video o un CD-ROM de hace apenas algunos años. A menos que conservemos nuestros ordenadores en el trastero.”[8]
 
Una de las características de la tecnología es la rapidez con que se vuelve obsoleta, hay que estar constantemente cambiando de equipos y de dispositivos, ante esto, el libro ofrece la gran ventaja de mantenerse accesible de la misma forma y con la misma facilidad a través de los siglos, como lo ilustra bien el ejemplo del incunable. “No hay nada más efímero que los soportes duraderos”[9], “objetos que podrían quedarse mudos”.[10]
 
A pesar de la maravilla que representan el papel y la tinta electrónicos –verdaderamente un hecho de ciencia ficción vuelto realidad– no parece que vaya a quitar de escena al libro de papel y tinta tradicionales, otro fenómeno que apoya esta aseveración es la revaloración que desde el gobierno y otras instancias tanto del sector público como del privado  –al menos en apariencia– se le está otorgando al libro: bibliotecas de aula y escolares, concursos a escritores para entrar en estas bibliotecas, premios nacionales e internacionales de literatura que incluyen la publicación –en modo tradicional, claro–  del libro ganador, el Programa Nacional de Salas de Lectura, concursos de lectura, el surgimiento en las últimas décadas de montones de editoriales “independientes” que, independientemente de su calidad, el hecho es que imprimen libros.[11]
 
Internet y los archivos electrónicos (PDF,Word, etc.) tiene verdaderamente un cierto y creciente protagonismo, sin embargo, no es mayor al que desde hace mucho tiempo ha tenido la fotocopia: aún no es demasiada la gente que está dispuesta a leer un libro completo, o un texto de más de 40 páginas, a través de la pantalla iluminada de una computadora, incluso se suelen imprimir los textos largos para su lectura en papel.
 
Las comparaciones papel vs pantalla (necesidad / no necesidad de suministro de energía eléctrica, portabilidad, comodidad, daños a la salud del ojo, etc.) son ya muy famosas y conocidas, podría decirse que constituyen un lugar común en el debate sobre las nuevas tecnologías y el libro. El uso del internet, en cambio, sí ofrece, me parece, algunos puntos discutibles que no han sido parte central del análisis, de los cuales mencionaré dos a continuación, partiendo ambos de la premisa de que, independientemente de cómo puedan afectar al mundo del libro, tienen al menos un aspecto positivo para él, hay una forma en la que funcionan más como aliados o auxiliares que como enemigos:
 
1) Internet y la venta de libros. Si bien con la llegada de Internet se privilegió la copia descontrolada de contenidos cuya distribución era antes exclusiva del papel impreso –el caso de Google Books es emblemático– esto, como mencioné antes, no es mayor al problema que sigue siendo en materia de derechos patrimoniales la fotocopia. En cambio, Internet vino a ser una herramienta nueva al servicio de las grandes librerías para la venta de libros, con lo cual lo es también para las editoriales: los catálogos en línea  de las editoriales y de las librerías, independientemente de en qué proporción, han colaborado para la venta de libros –ventas en línea– en territorios donde no tienen sucursales, libros que son comprados mediante la red y enviados por medio de correo postal.[12]
 
2) Bases de datos. Básicamente existen dos tipos de bases de datos, de acuerdo con el servicio que proporcionan, o dos tipos de servicios, más exactamente: a) los datos bibliográficos de libros, artículos o revistas sin el contenido de éstos, y b) los libros y los artículos con el texto completo. En el primer caso, lo que las bases de datos hacen es justamente facilitar, propiciar la llegada de los lectores al libro, con lo cual son exactamente un aliado del libro, no un enemigo; en el segundo caso la cuestión es distinta, pero puede ser vista también como un elemento a favor del mundo del libro o mundo editorial si se tiene en cuenta que dichos contenidos suelen ser de una especialización significativa, a tal grado que el hecho de que dejen de imprimirse en grandes cantidades es algo que resulta también positivo para el dicho mundo del libro. Los lectores para este tipo de materiales suelen ser muy reducidos, razón por la cual su publicación no suele ser un acierto editorial, al menos en lo que al aspecto comercial se refiere, por lo tanto, que su disponibilidad íntegra en internet limite su existencia física impresa, es más bien una ventaja, y no al revés. Que una editorial, aunque sea universitaria, deje de publicar un n número de ejemplares de un libro del tipo de –es un ejemplo hipotético– Los zapatos rojos en la obra de Alejandro Dumas, porque su publicación en medios electrónicos hace que esté disponible para cualquier posible lector interesado en el tema, no puede ser sino un avance. El número de lectores de un libro o una publicación de este tipo es verdaderamente reducido y se limita a investigadores de literatura, profesores, estudiantes o algún apasionado de la obra de Dumas, lo cual no justifica una impresión del material. En este sentido, el mundo del libro gana con las bases de datos y con los ebooks, no pierde.
 
 El libro, además, es por excelencia el símbolo de la cultura, tanto en el amplio sentido antropológico de conjunto de obras, objetos y acciones no propias de la naturaleza que forman nuestra vida cotidiana, como en el reducido de conjunto de conocimientos; no parece posible, pues, que esto cambie ni siquiera en un futuro conformado ya por las generaciones que han nacido con el mundo electrónico-tecnológico a cuestas, sino que parece inevitable que continuará vigente como lo que es a pesar de cualquier cosa. Lo cual por supuesto no puede tampoco afirmarse de manera inequívoca.
 
Estamos, pues, ante una cuestión extremadamente incierta en donde lo único evidente e irrefutable es que la industria alrededor del libro ha seguido una línea de crecimiento a pesar de todo, evidente ésta tanto en el ya mencionado brote de nuevas editoriales como en la apertura de nuevas sucursales de librerías, que se ha venido dando a la par del desarrollo en las nuevas tecnologías de la información. Parece, en estas condiciones, imposible hacer ningún pronóstico ni aportar nada nuevo al debate, sin embargo, hablamos de una victoria del libro en tanto que “sigue siendo el rey” de la vida cultural, académica y, sobre todo, literaria.
 
Este último campo de acción o existencia del libro, el de la literatura, parece perfilarse para ser el que mantendrá en existencia incaducable la presencia del libro en formato tradicional (tinta y papel). En el citado artículo de Alejandro Katz hay también un apartado titulado “La literatura: el buen vino se toma en copas de cristal (sólido)”, donde afirma “que el mejor soporte para ese tipo de obras y ese tipo de lecturas es y seguirá siendo, por largo tiempo, el libro, tal como lo hemos conocido hasta hoy”.[13]También Umberto Eco y Jean-Claude Carriere, en la citada entrevista, dejan ver con claridad su inclinación hacia esta idea.
 
Tiene mucho de lógica, los contenidos a que más convienen los soportes y las ventajas de los medios electrónicos son los que están sujetos a cambios rápidos y que adquieren fácilmente obsolescencia: el ámbito de la investigación científica, principalmente; para ello es ideal el conjunto de propiedades de la edición y la distribución por medio de las nuevas tecnologías, no así para los contenidos literarios: El Quijote será siempre El Quijote, y no requerirá de modificaciones de última hora, como una determinada teoría científica que puede publicarse hoy y descartarse mañana:
 
“No es difícil imaginar que la primera categoría mencionada –la producción de conocimientos de vanguardia– se oriente a una circulación en el medio electrónico, básicamente por dos razones: la primara tiene que ver con la velocidad, la segunda con la cantidad. […] En sentido inverso, tampoco es difícil comprender por qué el conocimiento ensayístico se continúa editando […] al igual que las obras literarias, en los formatos tradicionales.”[14]
 
José Antonio Vázquez, en un artículo sobre “El futuro de las librerías…”[15]manifiesta algo similar, aunque con mucha mayor ambigüedad y con menor osadía: no se atreve a afirmar nada en concreto, sino que seguirán conviviendo por mucho tiempo ambos tipos de soporte, sin embargo, deja claro que su preferencia es hacia el libro tradicional y, en un intento por mantener objetividad, deja la responsabilidad de la decisión a las futuras generaciones; hablando de los dos formatos en cuestión, dice en la primera página de su texto: “cada uno tiene sus ventajas e inconvenientes con respecto al otro, y serán las generaciones futuras las que terminarán pronunciándose. De manera que decir que los dos formatos convivirán durante mucho tiempo –lo cual es cierto– ya no es añadir mucho.” Algo quizá más relevante que señala también en su página inicial es, “sobre la desaparición o el cierre de las librerías […] Las razones pueden ser muy diferentes según el tipo de librería del que estemos hablando: la actual crisis, estrategia comercial, pocas ventas, etc. En ningún caso podemos asegurar […] que al día de hoy una librería cierre por la aparición del libro digital”.
 
       Y sobre este tema de las librerías podríamos decir lo mismo que de los libros hemos dicho: las librerías electrónicas no han hecho ni parece que harán desaparecer a las tradicionales, a pesar del tamaño y la potencia de Amazon Libros; también las librerías «tradicionales» se están subiendo a la red, y podemos comprar en Internet cualquier libro del inventario de La Casa del Libro, de Gandhi, de Porrúa, de El Péndulo, del Fondo de Cultura Económica o El Sótano. La cosa, pues, parece ser la mezcla, la fusión, una vez más, la adaptación para la victoria.
 
Por último, cabría decir que un cibernauta y un lector no son precisamente lo mismo, todo lector será seguramente un cibernauta también, pero no al revés, es difícil imaginar a un lector cuyos hábitos de lectura se limiten al uso de una computadora u otros recursos electrónicos. En gran medida, el internet funciona como un conector del libro con su lector. Muchos de los libros que hemos leído, o que un nuevo lector empieza a leer, suelen ser libros que llegaron a nuestras manos sin que lo hayamos ido a buscar, un libro que tomamos en casa, que nos regalaron, que nos prestó un amigo, y esta labor de acercar libros y lectores, también suele cumplirla Internet, sobre todo ahora con las redes sociales. Aunque quizá pueda parecer conclusión ilógica ante tanta ambigüedad, me parece que, al menos de momento (y permanentemente quizá en el caso de la literatura), puede declararse la victoria del libro.
 
 


 

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Más de libros:
Poemas completos de Cavafis, reseña de Ángel Gustavo Rivas.

Bibliografía.
Eco, Umberto, y Jean-Claude Carriere, Nadie acabará con los libros, Helena Lozano                                   Millares, traducción, con la colaboración de Jean-Philippe de Tonnac (entrevistador),  Random House Mondadori, México, 2010.
 
Katz, Alejandro, “¿Qué es el libro hoy?”, en Sagastizábal, Leandro de, y Estevez Fros, Fernando, El mundo de la edición de libros, Paidós Diagonales, Buenos Aires, 2002.
 
Vázquez, José Antonio, “El futuro de las librerías. Sobre tendencias, marketing y las nuevas tecnologías.”: http://libreriamichelena.blogspot.com/2010/07/el-futuro-de-las-librerias-sobre.html, consulta: 06 de marzo de 2011.
 
Weinberg, Gregorio, El libro en la cultura latinoamericana, Juan Pablos Editor, México 2010.
 
 
 
 

 


[1] Katz, Alejandro, “¿Qué es el libro hoy?”, en Sagastizábal, Leandro de, y Estevez Fros, Fernando, El mundo de la edición de libros, Paidós Diagonales, Buenos Aires, 2002, pp. 15-32. Todas las referencias a este autor serán de este artículo y en adelante citaré sólo el número de página.
[2] Ibid, p. 26.
[3] Ibid. p. 28.
[4] Ibid. p. 30.
[5] Ibid. p. 30.
[6] Weinmberg, Gregorio, El libro en la cultura latinoamericana, Juan Pablos Editor, México 2010, pp. 90-91.
[7]Eco, Umberto y Jean-Claude Carriere, Nadie acabará con los libros, Helena Lozano Millares, traducción, con la colaboración de Jean-Philippe de Tonnac (entrevistador), Random House Mondadori, México, 2010.
[8] Ibid. p. 30.
[9] Ibid. p. 29.
[10] Ibid. p. 40.
[11]La Cabra Ediciones, Ediciones El Viaje, Anónimo Drama Ediciones, además de un importante número de Cartoneras son buenos ejemplos.
[12] En todo el estado de Sinaloa, por ejemplo, no hay una sucursal de Gandhi o del FCE, por Internet, sin embargo, es posible comprar en estas librerías y los productos adquiridos llegan por correo postal o por paquetería hasta el domicilio del comprador.
[13] Katz, Alejandro, p. 22.
[14] Ibid. pp. 24-25.
[15] Vázquez, José Antonio, “El futuro de las librerías. Sobre tendencias, marketing y las nuevas tecnologías.”: http://libreriamichelena.blogspot.com/2010/07/el-futuro-de-las-librerias-sobre.html, consulta: 06 de marzo de 2011.

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Mi último Navachiste, o cuando a la nostalgia le sobran los motivos, Ángel Gustavo Rivas

Visité el Festival internacional de las Artes Navachiste por primera vez en  la Semana Santa del 2008; en aquel tiempo tenía yo varios meses trabajando como peón de albañil desde que me despertaba hasta que era de noche, como ayudante de mi padre; en realidad, mi padre era algo explotador, y eso de ayudante estaba convertido en un puro decir, en una cortesía de forma. Antes de estos meses de trabajo intenso y con jornadas largas, había cursado algo así como 1.2 ciclos escolares en la escuela de Letras de la UAS, y durante ese tiempo que fui universitario trabajé de otras cosas.
El caso es que cuando llegó el Festival de Navachiste, bastante harto ya de esa especie de esclavismo, de esa saturación de sólo aislamiento y trabajo, me lancé para la Isla de los Poetas por primera vez, junto con el Cota, que por ese entonces vivía en la hoy desaparecida casa de estudiantes Julio Antonio Mella de las UAS, mejor conocida por el apellido, “La Mella», le decían. Al Cota lo había conocido en la escuela de Letras y nos frecuentábamos  por esos días; él era un veterano de Navachiste, yo iba por primera vez.
Esa semana fui muy feliz, ni cruda tuve ningún día pese a todos los días tomar todo el día. No me bañé en los siete que duró el festival, estuve en la fogata oyendo música, leyendo y escuchando poesía, asistía al taller del maestro Ricardo Yáñez -a quien allí mismo conocí y con quien desde entonces tengo una amistad; conocí allí también a muchos amigos, a la poeta y dramaturga Zaría Abreu, al cantautor Franco Narro, al escultor y narrador Paulo Gregorio Martínez, “Gollito”, al poeta y dramaturgo Carlos Nóhpal, al poeta organizador, Antonio Coronado, a su pareja y compañera, Celia Cortés, o otros muchos amigos de varias partes de la República, incluida mi propia ciudad de Culiacán.
Navachiste resultó ser todo lo que necesitaba en ese momento, había lecturas de poesía todo el día, tanto en la palapa, que hacía las veces de auditorio, como en cualquier rincón de la playa; estaba el mar, me bañé en agua salada; estaba el mangle, la montaña, el monte; estaban los amigos pescadores, los amigos poetas, los amigos en general. En esta ocasión yo fui como trabajador, es decir, no pagué mi cuota por la semana con dinero, sino con trabajo, y eso me quitaba de vez en cuando de algo para ayudar con la descarga de una panga que traía hielo, o agua, o alguna otra mercancía.
El primer domingo, cuando llegamos, trasladamos muchas cosas: tomates, carrizos, papas, la gran hielera y muchos artículos más; la primera noche, la del domingo, dormí en esa hielera, en la costa, sobre las arenas de El Aparecido; a la mañana siguiente llevamos todo al punto exacto del festival, la pequeña playa de El Carrizo Colorado. La segunda noche, dormí tras la cocina, junto con otros chavos de los que estaban allí como trabajadores, nuestra casa era la lona que del techo de la cocina sobraba, yo llevaba sólo una o quizás dos cobijas, pero no casa de campaña; para la tercera noche, unos chilangos me brindaron casa y entonces dormí en casa de campaña. Conocí a una chica, estuvimos juntos esa semana y después nos vimos fuera de Navachiste, pero esa es otra historia.
Al terminarse el Festival, deseé volver siempre; y volví al año siguiente; no fue tan maravilloso como la primera vez, porque ahora ya sabía lo que era y porque ya no era nuevo, y porque… no sé por qué, pero de todos modos fue una experiencia muy buena, y nuevamente Navachiste fue bueno, y deseé de nuevo volver; el tercer año, 2010, la ida se dificultó, llegué el miércoles por la noche, medio festival transcurrido ya. En esta ocasión, después de que al llegar coloqué mi casa de campaña, amanecí tirado en el suelo, sobre la arena, bajo la palapa, desperté como a las seis de la mañana, y me fui a mi casita  a descansar un poco, casi todo el campamento dormía aún. De un Navachiste a otro había habido, en mis experiencias, una cierta decadencia. Esa fue la última vez que fui, o ha sido la última hasta ahora.
En esa ocasión, justamente la primera vez que no vivo el festival completo, sino de la mitad pa delante, Celia Cortés, quien por entonces se encargaba de la sección cultural de Río Doce, me pidió que escribiera una nota sobre el Festival, cosa que  yo hice con mucho gusto: pregunté, me enteré y redacté; la nota salió publicada en el semanario con el título “Navachiste, festival sui generis”, una de las cosas que en ella dije del Festival y que seguramente se habrá dicho y se seguirá diciendo muchas veces; cada vez que haya un visitante que llega por primera vez deberá sin duda darse cuenta de ello, y lo diga o no, lo entenderá así.
Seis años han pasado desde entonces, seis festivales, seis semanas santas en que no he vuelto a pisar la arena gruesa de Navachiste, en que no he vuelto a comer pescado frito sacado del mar un ratito antes, en que no saludo a muchos amigos navachisteros que sólo en Navachiste solía ver, seis años de no estrechar sus manos ni abrazarlos. A uno de esos amigos, a una amiga navachistera, ya no podré estrecharle nunca más la mano ni podré abrazarla nunca, Celia Cortés murió y yo me enteré a la distancia, por internet, creo. La tristeza que sentí, ni qué decirlo, fue profunda. Pensé inmediatamente en los amigos Juan David, hijo de Celia, y Antonio, esposo. Fue difícil para mí -siempre lo ha sido- dirigirme a ellos para decirles que lo siento mucho, que también yo lo siento mucho y que me conduelo con ellos. Lo hice, sin embargo; otro trago triste.
Esta es la clase de cosas tristísimas que no pueden dejar de pasar, la muerte de los amigos, un día seremos el amigo muerto y otros sentirán tristeza. Lo que me pesa sobremanera son esos seis años sin Navachiste, esos seis años en que tantas veces no vi a los amigos.  Sin embargo, la ausencia también permite a veces componer las cosas, y éste es el caso, mi ausencia fue larga pero me sirvió para recuperar una experiencia navachistera feliz, rompí la racha de decadencia progresiva y ahora estoy mejor. Hasta el párrafo anterior este texto lo escribí en el sexto año de ausencia, en el año 2016, lo he retomado y he decidido terminarlo porque he vuelto a Navachiste, volví el año pasado, en 2017, y volví otra vez en este 2018, y espero poder volver cada año, espero no volver a tener esas ausencias, no tan prolongadas al menos.
En 2018 obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachiste, ese Premio que es piedra angular del Festival; me siento sumamente feliz de ello; el libro estará publicado entrando el año 2019, lo presentaremos por primera vez en el propio Festival, en la próxima Semana Santa; y quiero agradecerle a Celia la confianza que siempre tuvo en mí, las invitaciones que siempre me hizo para ser parte del devenir cultural en ese Sinaloa nuestro que vivimos a pie, en que creamos arte y en que compartimos arte, en que el sol nos forjó fuertes las almas y también los cuerpos, para seguir andando, para hacer festivales, cuadros, libros. Por invitación de Celia participé las primeras veces presentando revistas, leyendo; ahora no hace falta que nadie me invite, como Navachiste es parte de mi vida de cierto modo, yo llevo siempre mis lecturas listas, yo me apunto, yo participo. Y de alguna forma Celia participa también, pues si es parte de nuestros pensamientos navachisteros, es entonces parte de nuestra actividad navachsitera, de nuestro Festival Navachiste.
Mi último Navachiste, ahora, es siempre el Navachiste próximo, el que está adelante.
Ángel Gustavo Rivas

Conoce la poesía de los poetas que han obtenido el Premio Interamericano de Poesía Navachiste desde 1992 hasta 2017, todos están incluidos en esta Antología poética de Navachiste, disponible para su compra -baratísima- en Amazon.
Antología de poesía de los poetas que han obtenido el Premio de Poesía Navachiste hasta 2017


Para que entiendas un poco más de lo que se trata, lee esta invitación y reseña del Festival Internacional de las Artes Navachiste.

En tiempos más recientes también escribí esta nota con amplia información sobre el Festival Navachiste.

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Nota: así como el texto de este artículo, la imagen de la bahía también es mía, y la tomé durante la semana del Festival Internacional de las Artes Navachiste 2018.

«La sangre de Antígona» de José Bergamín



Libro La sangre de Antígona, del escritor español José Bergamín




La sangre de Antígona de José Bergamín
Ángel Gustavo Rivas
 
La Antígona de Bergamín manifiesta, como su mayor constante, el lamento por la vida que quiere ser y no puede por la imposición externa de la fuerza; Antígona aclara que no es la ley, sino la fuerza la que la sofoca, la que le aplasta la garganta y la ahoga. Ella no quiere vivir ni morir, quiere ser. Antígona es el instrumento de expresión que Bergamín utiliza en el contexto de la dictadura española y el consecuente exilio (dictadura que se ha instalado tras una cruenta guerra); pero antes del exilio está la muerte, por supuesto injusta, de sus compatriotas, los partidarios de la República, entre ellos amigos, familiares y miles de españoles desconocidos, pero unidos por el mismo dolor.

La nostalgia real adelantada de lo que ya no será, no sólo de lo que habiendo sido ya no es, sino también de lo que pudo haber sido, lo que podría ser y no es ni será. A la Antígona de Sófocles la muerte de sus hermanos le da su propia muerte, a la Antígona de Bergamín también. “No quiero morir matando… No quiero matar”, dice Antígona a sus hermanos, y es que a los españoles, como a Antígona, la muerte de sus hermanos a manos de la injusticia, y la subida y permanencia en el poder del tirano, pareciera exigirles matar, pero ninguno quiere hacerlo. A ambos se les roba la vida no vivida, a ambos la injusticia los humilla, los hiere, los afrenta, pero desean el fin de la cadena de violencia y muerte; no quieren venganza, anhelan justicia, anhelan paz: “Ustedes con su ley, con sus murallas, con su fuerza, quieren prolongar el odio, más allá de la muerte, separando sus cuerpos desangrados cuando ya la tierra ha bebido, juntándolas en una sola, esa sangre suya. Yo no derramaré más esta sangre. Yo vuelvo de entre las sombras infernales, luminosamente, con el alma encendida de amor”.

El diálogo de Antígona con las sombras de sus hermanos manifiesta esa lucha interna de quien no desea continuar la violencia; la sangre de los caídos pareciera presionar a la hermana, al hermano, al compatriota vivo a comprometerse con ella, a encargarse de ella, “ustedes me arrancan la libertad del amor. Y ahora estoy prisionera de sus sombras” “¿Qué quieren que haga?”, les pregunta Antígona, “Vivir por nosotros”, le contesta uno, he ahí la presión, “Y no morir en vano”, se repite la exigencia. Es decir, tanto su vida como su muerte se le exigen en función no de sí misma, si no de los otros, los muertos.

Aquí la expresión de la propia voluntad, del deseo propio, la rebelión y la resistencia a ser un eslabón más en la cadena de muerte: “¿Por ustedes también debo matar? No, no quiero morir como ustedes, matando. No quiero matar. No quiero tener que matar para que otros vivan de mi muerte. Yo no quiero morir ni vivir, sino ser.” He ahí su deseo sincero: ser. Y es que morir para que otros vivan de su muerte es el destino previa e implícitamente aceptado de un soldado que lucha por la libertad de su pueblo. Antígona no es exactamente un soldado, pero sus hermanos sí, y ellos le dicen “nuestro destino es el tuyo. Es el destino de nuestro pueblo.” También es significativo el hecho de que Antígona se viste aquí con el uniforme militar de su hermano Polinices. Y esa es la exigencia que se le impone. Los dos hermanos le piden, le exigen o la cuestionan por sí mismos, en función de sí mismos y nunca de ella: “¿Por qué viniste a sepultarme?” dice uno, “¿Por qué no vienes a libertarme del sepulcro?” dice el otro, y en ese diálogo estas dos preguntas se repiten y se repiten.
 
Pero una exigencia más propia le impide aceptar ese destino: quiere ser. El deseo de ser, la voluntad de ser generan esa rebeldía, no logra sin embargo salvarla, pues “su libertad es esa llama que destruye aquello mismo que la sustenta”, he ahí lo trágico: el destino fatal, ineludible. Paradoja: su libertad es su condena,  la vida le desgarra las entrañas.
 
La última participación del niño (hay un niño) es un tanto sorpresiva y sorprendente: además de irónica, luego de pronunciar un discurso en el que declara la inutilidad de la muerte, del derramamiento de sangre, uno de cuyos versos dice literalmente «no se maten ya más, mis hermanos», el niño saca una pistola que traía oculta y mata a todas las mujeres que, para reforzar el contraste o lo irracional, lo inentendible, acaban de pronunciar la misma estrofa que él terminó de cantar, estrofa que parecía recomendar y procurar la paz. En esta escena puede verse un actuar irracional y contradictorio, una cosa se dice, otra cosa se hace; hay, pues, un discurso falso, contradicho por los hechos, por las acciones, como suelen ser los discursos de los tiranos. El hecho de que la acción sea realizada por un niño aumenta la sensación del absurdo, de que algo está muy mal.
 
La muerte de Antígona en estas circunstancias, ante estas presiones, representa el triunfo de la injusticia, de la fuerza impuesta; la muerte no tiene sentido, parece recordarnos la frase «ni aun matando pudieron encontrar su patria»; un triunfo que sin embargo no puede sentirse contento de serlo, y no lo es del todo, pues, aunque muere, Antígona eligió no matar, no morir matando, y con esto ejerce una modificación en esa cadena de muerte que parecía presentarse como destino también impuesto e ineludible; no puede evitar morir, pero puede evitar matar, y de este modo, ejerce la única libertad que le quedaba posible y se impone también, de cierta manera, su propia voluntad.
 
 
Libro la sangre de Antígona de José Bergamín



 
 
 
 
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«Veinte poemas de amor… o leer poesía para entendernos mejor», Ángel Gustavo Rivas

 



Veinte poemas de amor y una canción desesperada es verdaderamente un clásico latinoamericano, un clásico de la poesía de amor, un clásico, en definitiva, universal, como todo clásico verdadero. La primera vez que leí completo este libro escribí poemas de amor y de tristezas durante una semana, por ese entonces vivía en la colonia Tabacalera de Ciudad de México y asistía a un taller de poesía con Ricardo Yáñez.
      El libro es corto, como ya lo deja sospechar su título, pues está conformado, como el nombre lo dice, por veinte poemas y una canción (otro poema, al fin); aclaro esto por aquello de «la primera vez que lo leí completo», la oración, sin embargo, es pertinente y exacta; y no es que haya intentado leerlo varias veces y lo haya dejado hasta que una vez por fin lo leí completo; lo que sucede es que algunos de estos poemas son tan famosos y conocidos, que todo lector de poesía conoce uno o varios de ellos antes de llegar a tener por primera vez un ejemplar del libro entre las manos (o en la pantalla).
      Y con esto último retomo el tema del libro como un clásico; esas cosas le suelen suceder a los clásicos, se vuelven, en diferentes modos y medidas, patrimonio de la lengua, patrimonio común de los hablantes, aunque de esto no todos los usuarios de la lengua lleguen a tener conciencia. Hay muchas frases provenientes de la literatura y de los libros en general que la gente utiliza aunque desconozca su origen; sobre este asunto he escrito otro artículo, y pronto lo compartiré para profundizar en ello y comentar frases del lenguaje cotidiano que se integraron a él después de haber nacido en obras literarias; por ahora quiero decir algún par de cosas más sobre Veinte poemas de amor
      Quién no conoce, si le gusta la poesía (y a veces aunque no le interese) el verso «puedo escribir los versos más tristes esta noche», prácticamente no hay hablante mayor de trece años, alfabetizado, que lo desconozca (sin duda habrá, estoy usando una hipérbole); así como casi cualquier lector ha oído o leído la frase «En un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, sin haber leído la obra de Cervantes.
      Porque, de nuevo, estas cosas suelen suceder con los grandes libros, esos que denominamos clásicos.
      En mi opinión, no se ven las cosas igual antes y después de ser lector de poesía, antes y después de cada lectura; aunque todos nos enamoramos y somos felices y somos infelices y experimentamos toda una gama de sentimientos y de sensaciones a causa del amor, o del enamoramiento, todo esto se vive de formas muy distintas si se es o no lector de poesía. Es, claro está, una opinión, habrá otras y  muchas que difieran, pero la mías es ésta.
      Y es que los poemas nos hacen sentir que es posible que otros nos entiendan, es un extraño proceso de inversión de la idea de comprender: uno siente, al leer esas líneas abstractas y subjetivas que son los versos, uno siente a veces que entiende lo que dicen o lo que quieren decir, y entonces, casi de inmediato, uno siente, en sentido inverso, que uno es comprendido, y así nace en muchos casos -tengo esta teoría- el gusto y el amor por leer poemas: la sensación, acaso ilusoria, de que los hombres podemos entendernos, de que lo inefable se pude finalmente compartir.
      Como todos los procesos suceden más rápido a medida en que avanzan los tiempos, cada vez más, así como la tecnología se vuelve más pronto obsoleta, así también es más fácil y más rápido que la poesía de determinados tiempos, que las obras en general de determinados tiempos, sea percibida por mucha gente como algo anticuado; hoy, por ejemplo, hay una cantidad de poetas que desdeñan escribir en verso rimado, y claro que antes de pensar que entre las posibles causas esté una probable dificultad para crear buenas obras en rima, me inclino a pensar que se debe simplemente a que son personas de su tiempo, de este tiempo ya tan revolucionado, ya tan moderno y posmoderno y hasta ultraposmoderno; y las sensibilidades cambian, es obvio.
     El párrafo anterior es largo, quizás perdí unos lectores en su transcurso, pero a ti que sigues leyendo, te comento que quizás la poesía de este libro para muchas personas resulte algo del pasado, pero en realidad la poesía clásica no tiene cercos de tiempo, como la literatura universal no los tiene de idiomas.
      Tantos adjetivos pueden hacer que la literatura parezca algo muy técnico, cuando se trata de una materia muy humana, lo que sí se tecnifica es el estudio de la literatura, pero aquí te invito no  estudiarla con tecnicismos, con conceptos teóricos, si no a leerla, a disfrutarla, a vivirte en ella, con ella, porque la vida tiene una posibilidad de extensión sensitiva con el arte; la experiencia tiene una posibilidad de extensión en el arte; el aprendizaje empírico es posible leyendo libros.
      “Yo la quise, a veces ella también me quiso», ¿no te sientes identificado? Quizás, si eres un lector muy joven o con poca experiencia, pueda pasar que no, aunque aun siendo eso dudo que no; pero sigue leyendo: «Era la boina gris y el corazón en calma», oración adjetiva con gran capacidad evocadora y adaptativa: ¿qué o quién era la boina gris y el corazón en calma? Para Pablo Neruda no sabemos quién, o qué; pero es bueno el verso, quizás te sirva para vivir un recuerdo de tu pueblo, de tu abuela, de tu mascota, de un libro, de un tiempo, de un amor, de un juguete, de un árbol, de qué sé yo…
      Los hombres, estoy seguro, podemos entendernos mejor si leemos poesía.

      Hay ciertas sensaciones que vivimos -en el presente o en el pasado- que no logramos realmente decir, describir, compartir de manera objetiva, pero oraciones del tipo «era la boina gris y el corazón en calma» nos abren acaso una posibilidad, es abstracta la cosa, pero a veces nos proporcionan al menos las sensación de sentir que nos comunicamos.
      Para leer el libro puedes ir a una biblioteca, a un librería, o buscarlo en internet; en este blog encontrarás enlaces de Amazon y otras librerías, puedes comprarlo por aquí, desde luego yo lo recomiendo. Sigo escribiendo por acá, y nos seguimos leyendo, colega de la humanidad.

Veinte poemas de amor y una canción desesperada
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P.D. La imagen de esta página la he creado yo y no corresponde a ninguna edición existente, ¿no está nada mal, eh? Jejeje. Vuelve pronto! 😉


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