Mi último Navachiste, o cuando a la nostalgia le sobran los motivos, Ángel Gustavo Rivas

Vista del mar, la playa, la arena, el agua y aves marinas volando. Imagen de la Bahía de Navachiste
Visité el Festival internacional de las Artes Navachiste por primera vez en  la Semana Santa del 2008; en aquel tiempo tenía yo varios meses trabajando como peón de albañil desde que me despertaba hasta que era de noche, como ayudante de mi padre; en realidad, mi padre era algo explotador, y eso de ayudante estaba convertido en un puro decir, en una cortesía de forma. Antes de estos meses de trabajo intenso y con jornadas largas, había cursado algo así como 1.2 ciclos escolares en la escuela de Letras de la UAS, y durante ese tiempo que fui universitario trabajé de otras cosas.
El caso es que cuando llegó el Festival de Navachiste, bastante harto ya de esa especie de esclavismo, de esa saturación de sólo aislamiento y trabajo, me lancé para la Isla de los Poetas por primera vez, junto con el Cota, que por ese entonces vivía en la hoy desaparecida casa de estudiantes Julio Antonio Mella de las UAS, mejor conocida por el apellido, “La Mella”, le decían. Al Cota lo había conocido en la escuela de Letras y nos frecuentábamos  por esos días; él era un veterano de Navachiste, yo iba por primera vez.
Esa semana fui muy feliz, ni cruda tuve ningún día pese a todos los días tomar todo el día. No me bañé en los siete que duró el festival, estuve en la fogata oyendo música, leyendo y escuchando poesía, asistía al taller del maestro Ricardo Yáñez -a quien allí mismo conocí y con quien desde entonces tengo una amistad; conocí allí también a muchos amigos, a la poeta y dramaturga Zaría Abreu, al cantautor Franco Narro, al escultor y narrador Paulo Gregorio Martínez, “Gollito”, al poeta y dramaturgo Carlos Nóhpal, al poeta organizador, Antonio Coronado, a su pareja y compañera, Celia Cortés, o otros muchos amigos de varias partes de la República, incluida mi propia ciudad de Culiacán.
Navachiste resultó ser todo lo que necesitaba en ese momento, había lecturas de poesía todo el día, tanto en la palapa, que hacía las veces de auditorio, como en cualquier rincón de la playa; estaba el mar, me bañé en agua salada; estaba el mangle, la montaña, el monte; estaban los amigos pescadores, los amigos poetas, los amigos en general. En esta ocasión yo fui como trabajador, es decir, no pagué mi cuota por la semana con dinero, sino con trabajo, y eso me quitaba de vez en cuando de algo para ayudar con la descarga de una panga que traía hielo, o agua, o alguna otra mercancía.
El primer domingo, cuando llegamos, trasladamos muchas cosas: tomates, carrizos, papas, la gran hielera y muchos artículos más; la primera noche, la del domingo, dormí en esa hielera, en la costa, sobre las arenas de El Aparecido; a la mañana siguiente llevamos todo al punto exacto del festival, la pequeña playa de El Carrizo Colorado. La segunda noche, dormí tras la cocina, junto con otros chavos de los que estaban allí como trabajadores, nuestra casa era la lona que del techo de la cocina sobraba, yo llevaba sólo una o quizás dos cobijas, pero no casa de campaña; para la tercera noche, unos chilangos me brindaron casa y entonces dormí en casa de campaña. Conocí a una chica, estuvimos juntos esa semana y después nos vimos fuera de Navachiste, pero esa es otra historia.
Al terminarse el Festival, deseé volver siempre; y volví al año siguiente; no fue tan maravilloso como la primera vez, porque ahora ya sabía lo que era y porque ya no era nuevo, y porque… no sé por qué, pero de todos modos fue una experiencia muy buena, y nuevamente Navachiste fue bueno, y deseé de nuevo volver; el tercer año, 2010, la ida se dificultó, llegué el miércoles por la noche, medio festival transcurrido ya. En esta ocasión, después de que al llegar coloqué mi casa de campaña, amanecí tirado en el suelo, sobre la arena, bajo la palapa, desperté como a las seis de la mañana, y me fui a mi casita  a descansar un poco, casi todo el campamento dormía aún. De un Navachiste a otro había habido, en mis experiencias, una cierta decadencia. Esa fue la última vez que fui, o ha sido la última hasta ahora.
En esa ocasión, justamente la primera vez que no vivo el festival completo, sino de la mitad pa delante, Celia Cortés, quien por entonces se encargaba de la sección cultural de Río Doce, me pidió que escribiera una nota sobre el Festival, cosa que  yo hice con mucho gusto: pregunté, me enteré y redacté; la nota salió publicada en el semanario con el título “Navachiste, festival sui generis”, una de las cosas que en ella dije del Festival y que seguramente se habrá dicho y se seguirá diciendo muchas veces; cada vez que haya un visitante que llega por primera vez deberá sin duda darse cuenta de ello, y lo diga o no, lo entenderá así.
Seis años han pasado desde entonces, seis festivales, seis semanas santas en que no he vuelto a pisar la arena gruesa de Navachiste, en que no he vuelto a comer pescado frito sacado del mar un ratito antes, en que no saludo a muchos amigos navachisteros que sólo en Navachiste solía ver, seis años de no estrechar sus manos ni abrazarlos. A uno de esos amigos, a una amiga navachistera, ya no podré estrecharle nunca más la mano ni podré abrazarla nunca, Celia Cortés murió y yo me enteré a la distancia, por internet, creo. La tristeza que sentí, ni qué decirlo, fue profunda. Pensé inmediatamente en los amigos Juan David, hijo de Celia, y Antonio, esposo. Fue difícil para mí -siempre lo ha sido- dirigirme a ellos para decirles que lo siento mucho, que también yo lo siento mucho y que me conduelo con ellos. Lo hice, sin embargo; otro trago triste.
Esta es la clase de cosas tristísimas que no pueden dejar de pasar, la muerte de los amigos, un día seremos el amigo muerto y otros sentirán tristeza. Lo que me pesa sobremanera son esos seis años sin Navachiste, esos seis años en que tantas veces no vi a los amigos.  Sin embargo, la ausencia también permite a veces componer las cosas, y éste es el caso, mi ausencia fue larga pero me sirvió para recuperar una experiencia navachistera feliz, rompí la racha de decadencia progresiva y ahora estoy mejor. Hasta el párrafo anterior este texto lo escribí en el sexto año de ausencia, en el año 2016, lo he retomado y he decidido terminarlo porque he vuelto a Navachiste, volví el año pasado, en 2017, y volví otra vez en este 2018, y espero poder volver cada año, espero no volver a tener esas ausencias, no tan prolongadas al menos.
En 2018 obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachiste, ese Premio que es piedra angular del Festival; me siento sumamente feliz de ello; el libro estará publicado entrando el año 2019, lo presentaremos por primera vez en el propio Festival, en la próxima Semana Santa; y quiero agradecerle a Celia la confianza que siempre tuvo en mí, las invitaciones que siempre me hizo para ser parte del devenir cultural en ese Sinaloa nuestro que vivimos a pie, en que creamos arte y en que compartimos arte, en que el sol nos forjó fuertes las almas y también los cuerpos, para seguir andando, para hacer festivales, cuadros, libros. Por invitación de Celia participé las primeras veces presentando revistas, leyendo; ahora no hace falta que nadie me invite, como Navachiste es parte de mi vida de cierto modo, yo llevo siempre mis lecturas listas, yo me apunto, yo participo. Y de alguna forma Celia participa también, pues si es parte de nuestros pensamientos navachisteros, es entonces parte de nuestra actividad navachsitera, de nuestro Festival Navachiste.
Mi último Navachiste, ahora, es siempre el Navachiste próximo, el que está adelante.
Ángel Gustavo Rivas

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Para que entiendas un poco más de lo que se trata, lee esta invitación y reseña del Festival Internacional de las Artes Navachiste.

En tiempos más recientes también escribí esta nota con amplia información sobre el Festival Navachiste.

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Nota: así como el texto de este artículo, la imagen de la bahía también es mía, y la tomé durante la semana del Festival Internacional de las Artes Navachiste 2018.

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