“La sangre de Antígona” de José Bergamín

La sangre de Antígona, de José Bergamín, portada



Libro La sangre de Antígona, del escritor español José Bergamín




La sangre de Antígona de José Bergamín
Ángel Gustavo Rivas
 
La Antígona de Bergamín manifiesta, como su mayor constante, el lamento por la vida que quiere ser y no puede por la imposición externa de la fuerza; Antígona aclara que no es la ley, sino la fuerza la que la sofoca, la que le aplasta la garganta y la ahoga. Ella no quiere vivir ni morir, quiere ser. Antígona es el instrumento de expresión que Bergamín utiliza en el contexto de la dictadura española y el consecuente exilio (dictadura que se ha instalado tras una cruenta guerra); pero antes del exilio está la muerte, por supuesto injusta, de sus compatriotas, los partidarios de la República, entre ellos amigos, familiares y miles de españoles desconocidos, pero unidos por el mismo dolor.

La nostalgia real adelantada de lo que ya no será, no sólo de lo que habiendo sido ya no es, sino también de lo que pudo haber sido, lo que podría ser y no es ni será. A la Antígona de Sófocles la muerte de sus hermanos le da su propia muerte, a la Antígona de Bergamín también. “No quiero morir matando… No quiero matar”, dice Antígona a sus hermanos, y es que a los españoles, como a Antígona, la muerte de sus hermanos a manos de la injusticia, y la subida y permanencia en el poder del tirano, pareciera exigirles matar, pero ninguno quiere hacerlo. A ambos se les roba la vida no vivida, a ambos la injusticia los humilla, los hiere, los afrenta, pero desean el fin de la cadena de violencia y muerte; no quieren venganza, anhelan justicia, anhelan paz: “Ustedes con su ley, con sus murallas, con su fuerza, quieren prolongar el odio, más allá de la muerte, separando sus cuerpos desangrados cuando ya la tierra ha bebido, juntándolas en una sola, esa sangre suya. Yo no derramaré más esta sangre. Yo vuelvo de entre las sombras infernales, luminosamente, con el alma encendida de amor”.

El diálogo de Antígona con las sombras de sus hermanos manifiesta esa lucha interna de quien no desea continuar la violencia; la sangre de los caídos pareciera presionar a la hermana, al hermano, al compatriota vivo a comprometerse con ella, a encargarse de ella, “ustedes me arrancan la libertad del amor. Y ahora estoy prisionera de sus sombras” “¿Qué quieren que haga?”, les pregunta Antígona, “Vivir por nosotros”, le contesta uno, he ahí la presión, “Y no morir en vano”, se repite la exigencia. Es decir, tanto su vida como su muerte se le exigen en función no de sí misma, si no de los otros, los muertos.

Aquí la expresión de la propia voluntad, del deseo propio, la rebelión y la resistencia a ser un eslabón más en la cadena de muerte: “¿Por ustedes también debo matar? No, no quiero morir como ustedes, matando. No quiero matar. No quiero tener que matar para que otros vivan de mi muerte. Yo no quiero morir ni vivir, sino ser.” He ahí su deseo sincero: ser. Y es que morir para que otros vivan de su muerte es el destino previa e implícitamente aceptado de un soldado que lucha por la libertad de su pueblo. Antígona no es exactamente un soldado, pero sus hermanos sí, y ellos le dicen “nuestro destino es el tuyo. Es el destino de nuestro pueblo.” También es significativo el hecho de que Antígona se viste aquí con el uniforme militar de su hermano Polinices. Y esa es la exigencia que se le impone. Los dos hermanos le piden, le exigen o la cuestionan por sí mismos, en función de sí mismos y nunca de ella: “¿Por qué viniste a sepultarme?” dice uno, “¿Por qué no vienes a libertarme del sepulcro?” dice el otro, y en ese diálogo estas dos preguntas se repiten y se repiten.
 
Pero una exigencia más propia le impide aceptar ese destino: quiere ser. El deseo de ser, la voluntad de ser generan esa rebeldía, no logra sin embargo salvarla, pues “su libertad es esa llama que destruye aquello mismo que la sustenta”, he ahí lo trágico: el destino fatal, ineludible. Paradoja: su libertad es su condena,  la vida le desgarra las entrañas.
 
La última participación del niño (hay un niño) es un tanto sorpresiva y sorprendente: además de irónica, luego de pronunciar un discurso en el que declara la inutilidad de la muerte, del derramamiento de sangre, uno de cuyos versos dice literalmente “no se maten ya más, mis hermanos”, el niño saca una pistola que traía oculta y mata a todas las mujeres que, para reforzar el contraste o lo irracional, lo inentendible, acaban de pronunciar la misma estrofa que él terminó de cantar, estrofa que parecía recomendar y procurar la paz. En esta escena puede verse un actuar irracional y contradictorio, una cosa se dice, otra cosa se hace; hay, pues, un discurso falso, contradicho por los hechos, por las acciones, como suelen ser los discursos de los tiranos. El hecho de que la acción sea realizada por un niño aumenta la sensación del absurdo, de que algo está muy mal.
 
La muerte de Antígona en estas circunstancias, ante estas presiones, representa el triunfo de la injusticia, de la fuerza impuesta; la muerte no tiene sentido, parece recordarnos la frase “ni aun matando pudieron encontrar su patria”; un triunfo que sin embargo no puede sentirse contento de serlo, y no lo es del todo, pues, aunque muere, Antígona eligió no matar, no morir matando, y con esto ejerce una modificación en esa cadena de muerte que parecía presentarse como destino también impuesto e ineludible; no puede evitar morir, pero puede evitar matar, y de este modo, ejerce la única libertad que le quedaba posible y se impone también, de cierta manera, su propia voluntad.
 
 
Libro la sangre de Antígona de José Bergamín



 
 
 
 
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