La victoria del libro, Ángel Gustavo Rivas




En un ensayo titulado “¿Qué es el libro hoy?”[1], Alejandro Katz se pregunta sobre el futuro del libro y su posible suplantación o sustitución por parte de otros recursos de manejo de información, y propone la posibilidad de que esto suceda debido a numerosos factores que parecen presentar como más prácticos y viables otros soportes para el conocimiento e inclusive para la literatura. En este trabajo Katz revisa varios aspectos de la convivencia del libro con las nuevas tecnologías de la información, y dedica uno de los apartados al e-book o libro electrónico, pero concluye finalmente que “el atractivo aparente de este nuevo soporte de lectura quedó rápidamente desmentido por diversas y fundadas razones”  y, citando a Jerome S. Rubin, dice que “era equivalente a las viejas tablillas donde en la Antigüedad se inscribían los textos; era, incluso, una tecnología más rudimentaria que aquella, y la lectura en ese medio adolecía de un sinnúmero de defectos”[2]
 
Poniéndolos aparte de todos los demás elementos en cuestión (bases de datos, páginas web, e-books, etc.) dedica también un aparatado a la tinta y el papel electrónicos, herramienta de la que sugiere que “se inscribe en la cadena evolutiva del libro, mientras los e-books pertenecen a otra familia de la evolución técnica”[3]. Afirma, pues, que, al ser prácticamente idéntico el libro de tinta y papel electrónicos al tradicional, estos elementos son parte de la evolución del libro, como lo fue en su momento la portada por ejemplo. Pareciera aquí sugerir que estos libros sí están en posibilidades de suplantar al libro tradicional. Sin embargo, este artículo fue publicado en el año 2002, es decir, han pasado hoy dieciséis años y este tipo de libros no ha quitado su protagonismo al libro impreso en papel y con tinta tradicionales. Aquí es importante recordar otras palabras suyas: “el efecto que sobre las prácticas culturales tienen los cambios tecnológicos es siempre diferido”[4]. Esto puede hacer que dieciséis años sin la cristalización de los cambios presentidos no parezcan en realidad gran cosa y que toda amenaza acusada desde que empezó este ya viejo debate pueda considerarse vigente todavía.
 
No obstante, en su último apartado apunta que “todo parecería indicar que el libro, hoy, es algo radicalmente diverso de aquello que fue […] Empero, aunque parezca paradójico, esta presentación intentó demostrar que, en verdad, todo es razonablemente igual a como era.”[5]
 
Otro argentino, Gregorio Weinberg, escribe en 2006: “convengamos en que el libro sigue siendo el soporte sobre el que se construye la sociedad de la información; más aún, es inadmisible aceptar que exista una tensión entre el libro y la computadora; en última instancia, los espacios virtuales como internet sólo son posibles por la preexistencia de la letra impresa”[6]. Es decir, ambos ensayistas y editores están de acuerdo en que el libro impreso permanecerá. Podríamos unir sus voces, junto con las de Umberto Eco y Jean-Claude Carriere en la oración que le da título a un libro en el que se publica una entrevista realizada por Jean-Philippe de Tonnac a los últimos dos: Nadie acabará con los libros.[7]
 
       En este libro, a manera de charla, los dos personajes entrevistados, en un discurso lleno de digresiones sobre los más diversos temas, hacen un somero recuento de la historia de la destrucción de los libros y los numerosos enemigos que han tenido. Jean-Claude Carriere muestra un incunable de finales del siglo XV y dice: “aún podemos leer un texto impreso hace seis siglos. Pero ya no podemos ver una cinta de video o un CD-ROM de hace apenas algunos años. A menos que conservemos nuestros ordenadores en el trastero.”[8]
 
Una de las características de la tecnología es la rapidez con que se vuelve obsoleta, hay que estar constantemente cambiando de equipos y de dispositivos, ante esto, el libro ofrece la gran ventaja de mantenerse accesible de la misma forma y con la misma facilidad a través de los siglos, como lo ilustra bien el ejemplo del incunable. “No hay nada más efímero que los soportes duraderos”[9], “objetos que podrían quedarse mudos”.[10]
 
A pesar de la maravilla que representan el papel y la tinta electrónicos –verdaderamente un hecho de ciencia ficción vuelto realidad– no parece que vaya a quitar de escena al libro de papel y tinta tradicionales, otro fenómeno que apoya esta aseveración es la revaloración que desde el gobierno y otras instancias tanto del sector público como del privado  –al menos en apariencia– se le está otorgando al libro: bibliotecas de aula y escolares, concursos a escritores para entrar en estas bibliotecas, premios nacionales e internacionales de literatura que incluyen la publicación –en modo tradicional, claro–  del libro ganador, el Programa Nacional de Salas de Lectura, concursos de lectura, el surgimiento en las últimas décadas de montones de editoriales “independientes” que, independientemente de su calidad, el hecho es que imprimen libros.[11]
 
Internet y los archivos electrónicos (PDF,Word, etc.) tiene verdaderamente un cierto y creciente protagonismo, sin embargo, no es mayor al que desde hace mucho tiempo ha tenido la fotocopia: aún no es demasiada la gente que está dispuesta a leer un libro completo, o un texto de más de 40 páginas, a través de la pantalla iluminada de una computadora, incluso se suelen imprimir los textos largos para su lectura en papel.
 
Las comparaciones papel vs pantalla (necesidad / no necesidad de suministro de energía eléctrica, portabilidad, comodidad, daños a la salud del ojo, etc.) son ya muy famosas y conocidas, podría decirse que constituyen un lugar común en el debate sobre las nuevas tecnologías y el libro. El uso del internet, en cambio, sí ofrece, me parece, algunos puntos discutibles que no han sido parte central del análisis, de los cuales mencionaré dos a continuación, partiendo ambos de la premisa de que, independientemente de cómo puedan afectar al mundo del libro, tienen al menos un aspecto positivo para él, hay una forma en la que funcionan más como aliados o auxiliares que como enemigos:
 
1) Internet y la venta de libros. Si bien con la llegada de Internet se privilegió la copia descontrolada de contenidos cuya distribución era antes exclusiva del papel impreso –el caso de Google Books es emblemático– esto, como mencioné antes, no es mayor al problema que sigue siendo en materia de derechos patrimoniales la fotocopia. En cambio, Internet vino a ser una herramienta nueva al servicio de las grandes librerías para la venta de libros, con lo cual lo es también para las editoriales: los catálogos en línea  de las editoriales y de las librerías, independientemente de en qué proporción, han colaborado para la venta de libros –ventas en línea– en territorios donde no tienen sucursales, libros que son comprados mediante la red y enviados por medio de correo postal.[12]
 
2) Bases de datos. Básicamente existen dos tipos de bases de datos, de acuerdo con el servicio que proporcionan, o dos tipos de servicios, más exactamente: a) los datos bibliográficos de libros, artículos o revistas sin el contenido de éstos, y b) los libros y los artículos con el texto completo. En el primer caso, lo que las bases de datos hacen es justamente facilitar, propiciar la llegada de los lectores al libro, con lo cual son exactamente un aliado del libro, no un enemigo; en el segundo caso la cuestión es distinta, pero puede ser vista también como un elemento a favor del mundo del libro o mundo editorial si se tiene en cuenta que dichos contenidos suelen ser de una especialización significativa, a tal grado que el hecho de que dejen de imprimirse en grandes cantidades es algo que resulta también positivo para el dicho mundo del libro. Los lectores para este tipo de materiales suelen ser muy reducidos, razón por la cual su publicación no suele ser un acierto editorial, al menos en lo que al aspecto comercial se refiere, por lo tanto, que su disponibilidad íntegra en internet limite su existencia física impresa, es más bien una ventaja, y no al revés. Que una editorial, aunque sea universitaria, deje de publicar un n número de ejemplares de un libro del tipo de –es un ejemplo hipotético– Los zapatos rojos en la obra de Alejandro Dumas, porque su publicación en medios electrónicos hace que esté disponible para cualquier posible lector interesado en el tema, no puede ser sino un avance. El número de lectores de un libro o una publicación de este tipo es verdaderamente reducido y se limita a investigadores de literatura, profesores, estudiantes o algún apasionado de la obra de Dumas, lo cual no justifica una impresión del material. En este sentido, el mundo del libro gana con las bases de datos y con los ebooks, no pierde.
 
 El libro, además, es por excelencia el símbolo de la cultura, tanto en el amplio sentido antropológico de conjunto de obras, objetos y acciones no propias de la naturaleza que forman nuestra vida cotidiana, como en el reducido de conjunto de conocimientos; no parece posible, pues, que esto cambie ni siquiera en un futuro conformado ya por las generaciones que han nacido con el mundo electrónico-tecnológico a cuestas, sino que parece inevitable que continuará vigente como lo que es a pesar de cualquier cosa. Lo cual por supuesto no puede tampoco afirmarse de manera inequívoca.
 
Estamos, pues, ante una cuestión extremadamente incierta en donde lo único evidente e irrefutable es que la industria alrededor del libro ha seguido una línea de crecimiento a pesar de todo, evidente ésta tanto en el ya mencionado brote de nuevas editoriales como en la apertura de nuevas sucursales de librerías, que se ha venido dando a la par del desarrollo en las nuevas tecnologías de la información. Parece, en estas condiciones, imposible hacer ningún pronóstico ni aportar nada nuevo al debate, sin embargo, hablamos de una victoria del libro en tanto que “sigue siendo el rey” de la vida cultural, académica y, sobre todo, literaria.
 
Este último campo de acción o existencia del libro, el de la literatura, parece perfilarse para ser el que mantendrá en existencia incaducable la presencia del libro en formato tradicional (tinta y papel). En el citado artículo de Alejandro Katz hay también un apartado titulado “La literatura: el buen vino se toma en copas de cristal (sólido)”, donde afirma “que el mejor soporte para ese tipo de obras y ese tipo de lecturas es y seguirá siendo, por largo tiempo, el libro, tal como lo hemos conocido hasta hoy”.[13]También Umberto Eco y Jean-Claude Carriere, en la citada entrevista, dejan ver con claridad su inclinación hacia esta idea.
 
Tiene mucho de lógica, los contenidos a que más convienen los soportes y las ventajas de los medios electrónicos son los que están sujetos a cambios rápidos y que adquieren fácilmente obsolescencia: el ámbito de la investigación científica, principalmente; para ello es ideal el conjunto de propiedades de la edición y la distribución por medio de las nuevas tecnologías, no así para los contenidos literarios: El Quijote será siempre El Quijote, y no requerirá de modificaciones de última hora, como una determinada teoría científica que puede publicarse hoy y descartarse mañana:
 
“No es difícil imaginar que la primera categoría mencionada –la producción de conocimientos de vanguardia– se oriente a una circulación en el medio electrónico, básicamente por dos razones: la primara tiene que ver con la velocidad, la segunda con la cantidad. […] En sentido inverso, tampoco es difícil comprender por qué el conocimiento ensayístico se continúa editando […] al igual que las obras literarias, en los formatos tradicionales.”[14]
 
José Antonio Vázquez, en un artículo sobre “El futuro de las librerías…”[15]manifiesta algo similar, aunque con mucha mayor ambigüedad y con menor osadía: no se atreve a afirmar nada en concreto, sino que seguirán conviviendo por mucho tiempo ambos tipos de soporte, sin embargo, deja claro que su preferencia es hacia el libro tradicional y, en un intento por mantener objetividad, deja la responsabilidad de la decisión a las futuras generaciones; hablando de los dos formatos en cuestión, dice en la primera página de su texto: “cada uno tiene sus ventajas e inconvenientes con respecto al otro, y serán las generaciones futuras las que terminarán pronunciándose. De manera que decir que los dos formatos convivirán durante mucho tiempo –lo cual es cierto– ya no es añadir mucho.” Algo quizá más relevante que señala también en su página inicial es, “sobre la desaparición o el cierre de las librerías […] Las razones pueden ser muy diferentes según el tipo de librería del que estemos hablando: la actual crisis, estrategia comercial, pocas ventas, etc. En ningún caso podemos asegurar […] que al día de hoy una librería cierre por la aparición del libro digital”.
 
       Y sobre este tema de las librerías podríamos decir lo mismo que de los libros hemos dicho: las librerías electrónicas no han hecho ni parece que harán desaparecer a las tradicionales, a pesar del tamaño y la potencia de Amazon Libros; también las librerías “tradicionales” se están subiendo a la red, y podemos comprar en Internet cualquier libro del inventario de La Casa del Libro, de Gandhi, de Porrúa, de El Péndulo, del Fondo de Cultura Económica o El Sótano. La cosa, pues, parece ser la mezcla, la fusión, una vez más, la adaptación para la victoria.
 
Por último, cabría decir que un cibernauta y un lector no son precisamente lo mismo, todo lector será seguramente un cibernauta también, pero no al revés, es difícil imaginar a un lector cuyos hábitos de lectura se limiten al uso de una computadora u otros recursos electrónicos. En gran medida, el internet funciona como un conector del libro con su lector. Muchos de los libros que hemos leído, o que un nuevo lector empieza a leer, suelen ser libros que llegaron a nuestras manos sin que lo hayamos ido a buscar, un libro que tomamos en casa, que nos regalaron, que nos prestó un amigo, y esta labor de acercar libros y lectores, también suele cumplirla Internet, sobre todo ahora con las redes sociales. Aunque quizá pueda parecer conclusión ilógica ante tanta ambigüedad, me parece que, al menos de momento (y permanentemente quizá en el caso de la literatura), puede declararse la victoria del libro.
 
 


 

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Más de libros:
Poemas completos de Cavafis, reseña de Ángel Gustavo Rivas.

Bibliografía.
Eco, Umberto, y Jean-Claude Carriere, Nadie acabará con los libros, Helena Lozano                                   Millares, traducción, con la colaboración de Jean-Philippe de Tonnac (entrevistador),  Random House Mondadori, México, 2010.
 
Katz, Alejandro, “¿Qué es el libro hoy?”, en Sagastizábal, Leandro de, y Estevez Fros, Fernando, El mundo de la edición de libros, Paidós Diagonales, Buenos Aires, 2002.
 
Vázquez, José Antonio, “El futuro de las librerías. Sobre tendencias, marketing y las nuevas tecnologías.”: http://libreriamichelena.blogspot.com/2010/07/el-futuro-de-las-librerias-sobre.html, consulta: 06 de marzo de 2011.
 
Weinberg, Gregorio, El libro en la cultura latinoamericana, Juan Pablos Editor, México 2010.
 
 
 
 


[1] Katz, Alejandro, “¿Qué es el libro hoy?”, en Sagastizábal, Leandro de, y Estevez Fros, Fernando, El mundo de la edición de libros, Paidós Diagonales, Buenos Aires, 2002, pp. 15-32. Todas las referencias a este autor serán de este artículo y en adelante citaré sólo el número de página.
[2] Ibid, p. 26.
[3] Ibid. p. 28.
[4] Ibid. p. 30.
[5] Ibid. p. 30.
[6] Weinmberg, Gregorio, El libro en la cultura latinoamericana, Juan Pablos Editor, México 2010, pp. 90-91.
[7]Eco, Umberto y Jean-Claude Carriere, Nadie acabará con los libros, Helena Lozano Millares, traducción, con la colaboración de Jean-Philippe de Tonnac (entrevistador), Random House Mondadori, México, 2010.
[8] Ibid. p. 30.
[9] Ibid. p. 29.
[10] Ibid. p. 40.
[11]La Cabra Ediciones, Ediciones El Viaje, Anónimo Drama Ediciones, además de un importante número de Cartoneras son buenos ejemplos.
[12] En todo el estado de Sinaloa, por ejemplo, no hay una sucursal de Gandhi o del FCE, por Internet, sin embargo, es posible comprar en estas librerías y los productos adquiridos llegan por correo postal o por paquetería hasta el domicilio del comprador.
[13] Katz, Alejandro, p. 22.
[14] Ibid. pp. 24-25.
[15] Vázquez, José Antonio, “El futuro de las librerías. Sobre tendencias, marketing y las nuevas tecnologías.”: http://libreriamichelena.blogspot.com/2010/07/el-futuro-de-las-librerias-sobre.html, consulta: 06 de marzo de 2011.

Mi último Navachiste, o cuando a la nostalgia le sobran los motivos, Ángel Gustavo Rivas

Visité el Festival internacional de las Artes Navachiste por primera vez en  la Semana Santa del 2008; en aquel tiempo tenía yo varios meses trabajando como peón de albañil desde que me despertaba hasta que era de noche, como ayudante de mi padre; en realidad, mi padre era algo explotador, y eso de ayudante estaba convertido en un puro decir, en una cortesía de forma. Antes de estos meses de trabajo intenso y con jornadas largas, había cursado algo así como 1.2 ciclos escolares en la escuela de Letras de la UAS, y durante ese tiempo que fui universitario trabajé de otras cosas.
El caso es que cuando llegó el Festival de Navachiste, bastante harto ya de esa especie de esclavismo, de esa saturación de sólo aislamiento y trabajo, me lancé para la Isla de los Poetas por primera vez, junto con el Cota, que por ese entonces vivía en la hoy desaparecida casa de estudiantes Julio Antonio Mella de las UAS, mejor conocida por el apellido, “La Mella”, le decían. Al Cota lo había conocido en la escuela de Letras y nos frecuentábamos  por esos días; él era un veterano de Navachiste, yo iba por primera vez.
Esa semana fui muy feliz, ni cruda tuve ningún día pese a todos los días tomar todo el día. No me bañé en los siete que duró el festival, estuve en la fogata oyendo música, leyendo y escuchando poesía, asistía al taller del maestro Ricardo Yáñez -a quien allí mismo conocí y con quien desde entonces tengo una amistad; conocí allí también a muchos amigos, a la poeta y dramaturga Zaría Abreu, al cantautor Franco Narro, al escultor y narrador Paulo Gregorio Martínez, “Gollito”, al poeta y dramaturgo Carlos Nóhpal, al poeta organizador, Antonio Coronado, a su pareja y compañera, Celia Cortés, o otros muchos amigos de varias partes de la República, incluida mi propia ciudad de Culiacán.
Navachiste resultó ser todo lo que necesitaba en ese momento, había lecturas de poesía todo el día, tanto en la palapa, que hacía las veces de auditorio, como en cualquier rincón de la playa; estaba el mar, me bañé en agua salada; estaba el mangle, la montaña, el monte; estaban los amigos pescadores, los amigos poetas, los amigos en general. En esta ocasión yo fui como trabajador, es decir, no pagué mi cuota por la semana con dinero, sino con trabajo, y eso me quitaba de vez en cuando de algo para ayudar con la descarga de una panga que traía hielo, o agua, o alguna otra mercancía.
El primer domingo, cuando llegamos, trasladamos muchas cosas: tomates, carrizos, papas, la gran hielera y muchos artículos más; la primera noche, la del domingo, dormí en esa hielera, en la costa, sobre las arenas de El Aparecido; a la mañana siguiente llevamos todo al punto exacto del festival, la pequeña playa de El Carrizo Colorado. La segunda noche, dormí tras la cocina, junto con otros chavos de los que estaban allí como trabajadores, nuestra casa era la lona que del techo de la cocina sobraba, yo llevaba sólo una o quizás dos cobijas, pero no casa de campaña; para la tercera noche, unos chilangos me brindaron casa y entonces dormí en casa de campaña. Conocí a una chica, estuvimos juntos esa semana y después nos vimos fuera de Navachiste, pero esa es otra historia.
Al terminarse el Festival, deseé volver siempre; y volví al año siguiente; no fue tan maravilloso como la primera vez, porque ahora ya sabía lo que era y porque ya no era nuevo, y porque… no sé por qué, pero de todos modos fue una experiencia muy buena, y nuevamente Navachiste fue bueno, y deseé de nuevo volver; el tercer año, 2010, la ida se dificultó, llegué el miércoles por la noche, medio festival transcurrido ya. En esta ocasión, después de que al llegar coloqué mi casa de campaña, amanecí tirado en el suelo, sobre la arena, bajo la palapa, desperté como a las seis de la mañana, y me fui a mi casita  a descansar un poco, casi todo el campamento dormía aún. De un Navachiste a otro había habido, en mis experiencias, una cierta decadencia. Esa fue la última vez que fui, o ha sido la última hasta ahora.
En esa ocasión, justamente la primera vez que no vivo el festival completo, sino de la mitad pa delante, Celia Cortés, quien por entonces se encargaba de la sección cultural de Río Doce, me pidió que escribiera una nota sobre el Festival, cosa que  yo hice con mucho gusto: pregunté, me enteré y redacté; la nota salió publicada en el semanario con el título “Navachiste, festival sui generis”, una de las cosas que en ella dije del Festival y que seguramente se habrá dicho y se seguirá diciendo muchas veces; cada vez que haya un visitante que llega por primera vez deberá sin duda darse cuenta de ello, y lo diga o no, lo entenderá así.
Seis años han pasado desde entonces, seis festivales, seis semanas santas en que no he vuelto a pisar la arena gruesa de Navachiste, en que no he vuelto a comer pescado frito sacado del mar un ratito antes, en que no saludo a muchos amigos navachisteros que sólo en Navachiste solía ver, seis años de no estrechar sus manos ni abrazarlos. A uno de esos amigos, a una amiga navachistera, ya no podré estrecharle nunca más la mano ni podré abrazarla nunca, Celia Cortés murió y yo me enteré a la distancia, por internet, creo. La tristeza que sentí, ni qué decirlo, fue profunda. Pensé inmediatamente en los amigos Juan David, hijo de Celia, y Antonio, esposo. Fue difícil para mí -siempre lo ha sido- dirigirme a ellos para decirles que lo siento mucho, que también yo lo siento mucho y que me conduelo con ellos. Lo hice, sin embargo; otro trago triste.
Esta es la clase de cosas tristísimas que no pueden dejar de pasar, la muerte de los amigos, un día seremos el amigo muerto y otros sentirán tristeza. Lo que me pesa sobremanera son esos seis años sin Navachiste, esos seis años en que tantas veces no vi a los amigos.  Sin embargo, la ausencia también permite a veces componer las cosas, y éste es el caso, mi ausencia fue larga pero me sirvió para recuperar una experiencia navachistera feliz, rompí la racha de decadencia progresiva y ahora estoy mejor. Hasta el párrafo anterior este texto lo escribí en el sexto año de ausencia, en el año 2016, lo he retomado y he decidido terminarlo porque he vuelto a Navachiste, volví el año pasado, en 2017, y volví otra vez en este 2018, y espero poder volver cada año, espero no volver a tener esas ausencias, no tan prolongadas al menos.
En 2018 obtuve el Premio Interamericano de Poesía Navachiste, ese Premio que es piedra angular del Festival; me siento sumamente feliz de ello; el libro estará publicado entrando el año 2019, lo presentaremos por primera vez en el propio Festival, en la próxima Semana Santa; y quiero agradecerle a Celia la confianza que siempre tuvo en mí, las invitaciones que siempre me hizo para ser parte del devenir cultural en ese Sinaloa nuestro que vivimos a pie, en que creamos arte y en que compartimos arte, en que el sol nos forjó fuertes las almas y también los cuerpos, para seguir andando, para hacer festivales, cuadros, libros. Por invitación de Celia participé las primeras veces presentando revistas, leyendo; ahora no hace falta que nadie me invite, como Navachiste es parte de mi vida de cierto modo, yo llevo siempre mis lecturas listas, yo me apunto, yo participo. Y de alguna forma Celia participa también, pues si es parte de nuestros pensamientos navachisteros, es entonces parte de nuestra actividad navachsitera, de nuestro Festival Navachiste.
Mi último Navachiste, ahora, es siempre el Navachiste próximo, el que está adelante.
Ángel Gustavo Rivas

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Para que entiendas un poco más de lo que se trata, lee esta invitación y reseña del Festival Internacional de las Artes Navachiste.

En tiempos más recientes también escribí esta nota con amplia información sobre el Festival Navachiste.

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Nota: así como el texto de este artículo, la imagen de la bahía también es mía, y la tomé durante la semana del Festival Internacional de las Artes Navachiste 2018.